CAPÍTULO 2La vuelta cuando exista
La vuelta cuando exista
El dinosaurio cayó sobre la moqueta al abrir la maleta.
Rebotó una vez y terminó bajo la cama, con la pata doblada apuntando hacia la puerta. Me agaché para recogerlo. Martina lo había envuelto en uno de mis calcetines, pero el viaje había deshecho el nudo.
Robles dejó su carpeta sobre el escritorio del hotel.
—¿Eso forma parte del equipo?
—Control de calidad.
—Parece que ha perdido una pierna.
—Ya la tenía así.
Guardé el juguete en el bolsillo de la chaqueta. Afuera, la lluvia golpeaba el cristal en ráfagas cortas. Desde la ventana se veía la marquesina de la estación y una fila de taxis avanzando con las luces encendidas.
Robles consultó el teléfono.
—La responsable del instituto está intentando localizar a Varela. No consta ninguna baja, permiso ni cambio de turno.
—Vamos allí.
—No.
Dejó el móvil junto a la carpeta.
—Hasta que confirme que podemos acceder, nosotros esperamos.
—Seijas sabe que su usuario está bloqueado.
—Precisamente por eso no vamos a correr detrás de la primera ausencia.
Cerré la maleta. La cremallera se enganchó con una camisa. Tiré una vez. La tela quedó atrapada.
Robles observó mis manos.
—Puedes romperla. Así tendrás algo más sencillo que resolver.
Solté el tirador. Saqué la camisa y volví a cerrar despacio.
—Media hora.
—Una hora.
—Varela puede estar borrando archivos.
—O cenando sin avisarte.
—No ha ido a trabajar.
—Desde esta mañana. No desde hace doce años.
Cogió la llave de su habitación.
—Videollamada. Dijiste que la harías al llegar.
La miré.
—No sabía que también controlabas eso.
—Lo controla tu ubicación. Lleva veinte minutos señalando este hotel.
Salió antes de que pudiera responder. La puerta se cerró sin golpe.
Saqué el teléfono.
Tenía tres mensajes en el grupo familiar. Clara había preguntado si habíamos llegado. Lucas había enviado una captura del tren detenido en la estación. Martina había grabado un audio de cuatro segundos.
Lo reproduje.
—Enséñame al dinosaurio.
Abrí la videollamada.
Clara respondió desde la cocina. Solo se veía media cara y una lámpara demasiado blanca. Después giró el teléfono. Lucas estaba sentado a la mesa con un cuaderno abierto. Martina ocupaba dos sillas: una para ella y otra para los pies.
—Está vivo —dijo Lucas.
—El tren no era tan peligroso.
—Hablaba del dinosaurio.
Lo saqué del bolsillo y lo coloqué frente a la cámara.
Martina acercó la nariz a la pantalla.
—No le dobles más la pata.
—Él empezó.
—No habla.
—Cuando está contigo.
Clara apoyó el teléfono contra un vaso.
—¿Hotel?
Giré la cámara. Cama, escritorio, maleta cerrada.
—Cerca de la estación.
—La ventana.
Le enseñé el cristal mojado.
—No el tiempo. El cierre.
Fui hasta allí. Giré la manilla y comprobé el bloqueo.
—Cierra bien.
—¿Planta?
—Quinta.
—Número de habitación.
—Quinientos doce.
Lucas dejó el bolígrafo.
—Acabas de decirlo en voz alta.
Miré la puerta cerrada.
—Estamos solos.
—Eso dices porque no has mirado el pasillo.
Fui hasta la mirilla. Robles entraba en su habitación dos puertas más allá. No había nadie más.
—Vacío.
—Ahora —dijo Lucas.
Clara tocó el borde del vaso.
—¿Habéis encontrado a Seijas?
—Todavía no hemos ido al archivo.
—Entonces ¿qué habéis hecho?
—Revisar la fotografía.
Lucas levantó la cabeza.
—¿La completa?
No respondí enseguida.
Clara miró hacia él.
—¿Qué fotografía?
—La de Seijas —dijo Lucas—. Estaba cortada.
Saqué el portátil de la funda. No podía abrir el canal seguro sin Robles, pero conservaba la imagen inicial que Clara ya había recibido en Madrid.
—Encontramos más fotogramas.
—¿Y? —preguntó Lucas.
—Seijas entró en la habitación con el M-1 todavía conectado.
—Eso ya lo sospechabais.
—No estaba solo.
Clara retiró las manos de la mesa.
—¿Quién estaba?
—Un forense. Tomás Varela.
El nombre hizo un ruido pequeño dentro de la videollamada. No porque lo conocieran. Porque yo lo había dicho demasiado pronto.
Lucas cerró el cuaderno.
—¿Estás seguro?
—La acreditación coincide. También la altura y el destino temporal.
—Eso no es estar seguro.
—Es suficiente para preguntarle.
—No has contestado.
Clara intervino sin levantar la voz.
—Lucas.
—Siempre hace lo mismo.
Me apoyé en el escritorio.
—¿Qué hago?
—Convierte “puede ser” en “es” cuando habla.
—He dicho que la acreditación coincide.
—Has dicho “un forense, Tomás Varela”.
Martina giraba una cuchara entre los dedos. El metal golpeó dos veces el plato.
Cogí el dinosaurio y lo dejé sobre el teclado cerrado.
—Puede ser Tomás Varela.
Lucas abrió de nuevo el cuaderno.
—Mejor.
Clara acercó el teléfono.
—¿Y dónde está ese hombre?
—No ha acudido a trabajar. No consiguen localizarlo.
—Eso tampoco significa que haya desaparecido —dijo Lucas.
—No.
—Ni que Seijas le haya hecho algo.
—No.
—Ni que sea culpable.
—No.
Las tres respuestas me dejaron la boca seca. Cogí la botella de agua del minibar. El precinto crujió al romperse.
Clara siguió mirándome.
—¿Qué vais a hacer?
—Robles espera autorización para entrar en el instituto. Después iremos a su domicilio si existe motivo legal.
—¿Tú también entrarás?
—Dependerá de ella.
Lucas soltó una risa corta.
—Esa respuesta está preparada.
—Porque ya me la habéis preguntado.
—No. Te preguntamos si vas a obedecer cuando la respuesta no te guste.
Apreté la botella. El plástico cedió bajo los dedos y el agua subió por el cuello.
La dejé sobre la mesa.
—Si Robles me aparta, os llamo antes de decidir qué hago.
—Eso ya lo dijiste —respondió Clara.
—Sigue siendo verdad.
—Todavía no ha tenido que serlo.
Martina levantó la cuchara.
—¿Puedes enseñarme la lluvia?
Cogí el teléfono y fui hasta la ventana. En la calle, un autobús frenó junto a la estación. El agua formó una nube baja alrededor de las ruedas.
—Llueve de lado —dijo.
—Aquí la lluvia tiene prisa.
—¿El dinosaurio puede verla?
Coloqué el juguete sobre el alféizar. Su reflejo apareció en el cristal, partido por una gota que descendía lentamente.
Lucas se levantó detrás de la pantalla.
—Espera.
Volvió con su teléfono. Abrió la fotografía y amplió la zona donde aparecía Seijas.
—Enséñame los otros fotogramas.
—Están en el canal de Robles.
—Entonces pídeselos.
—Ahora no.
—Has dicho que no estaba solo.
—Lo hemos visto.
—Quiero ver cómo entra el otro.
Clara lo miró.
—No estás en el caso.
—Él nos metió cuando mandó la foto.
—Yo no la envié —dije.
—Pero no pediste que la borráramos.
Lucas sostuvo el teléfono frente a la cámara. Seijas miraba hacia el objetivo. La imagen se movía por el pulso de su mano.
—Dijiste que sabe que lo están grabando.
—Es una posibilidad.
—¿Dónde estaba la cámara?
—Frente al mueble.
—Entonces ¿por qué mira más alto?
Me acerqué a la pantalla.
—El ángulo puede engañar.
—O no mira la cámara.
—Puede mirar a Varela.
Lucas deslizó el dedo sobre la imagen.
—Varela entra por la derecha, según has dicho. Seijas mira hacia la izquierda.
No contesté.
Clara dejó de observar a Lucas y volvió la cara hacia mí.
—¿Es verdad?
Abrí mentalmente el quinto fotograma. La puerta estaba a la derecha. La cabeza de Seijas giraba hacia el objetivo, pero los ojos parecían desviados.
—Puede haber alguien detrás del receptor.
—Tres personas —dijo Lucas—. Seijas, Varela y alguien fuera del encuadre.
—O un reflejo.
—O la persona que controla la cámara.
La botella se deformó otra vez bajo mi mano.
Dejé el dinosaurio sobre la mesa.
—Voy a pedir la secuencia sin recortar.
—Ya deberíais tenerla —dijo Lucas.
—Tenemos fotogramas, no el archivo original.
—Entonces no sabes quién estaba mirando a quién.
No.
Pero tampoco lo dije.
Llamaron a la puerta.
Tres golpes. Pausa. Uno más.
Robles.
Clara lo oyó.
—Comprueba antes de abrir.
Fui hasta la mirilla. Robles sostenía el teléfono y una funda transparente.
—Es ella.
—No abras con la llamada terminada —dijo Lucas.
Giré la cámara para que vieran la puerta. Abrí sin cortar.
Robles entró y miró la pantalla.
—Buenas noches.
—Todavía no —respondió Clara.
Robles dejó la funda sobre el escritorio. Dentro había una hoja con un sello del Instituto de Medicina Legal.
—Han localizado el coche de Varela.
Lucas se acercó al teléfono.
—¿Y a él?
Robles me miró antes de responder.
—El vehículo salió del garaje ayer a las siete y diecisiete. Su tarjeta abrió la barrera.
—Entonces conducía él —dije.
—Su tarjeta estaba esta mañana en el bolsillo de la bata que dejó en el despacho.
Clara bajó la mirada. Martina seguía mirando el dinosaurio sobre la mesa.
Robles colocó otra imagen junto a la hoja. Un fotograma oscuro de un coche cruzando la barrera. El parabrisas devolvía la luz del garaje. No se distinguía la cara del conductor.
En el asiento del acompañante había algo blanco.
—¿Una bata? —pregunté.
—O una persona cubierta.
Lucas no apartó la vista de la pantalla.
—Amplía el espejo.
Robles acercó la fotografía.
El retrovisor interior reflejaba una parte del rostro del conductor. Frente estrecha. Pelo oscuro. Nada suficiente.
Entonces Lucas señaló otro punto.
—No el de dentro. El de la puerta.
En el espejo lateral aparecía una figura junto a la barrera.
Un hombre inmóvil.
Observando cómo salía el coche.
Robles amplió hasta romper la imagen en cuadrados. La cara desapareció, pero no la postura. Una mano en el bolsillo. La otra pegada al cuerpo.
La cabeza inclinada.
La misma forma de esperar que tenía Mateo Seijas en las fotografías.
Robles cerró el portátil.
—La llamada ha terminado.
Clara no discutió.
—La vuelta cuando exista —dijo.
—La vuelta cuando exista —respondí.
Lucas levantó una mano antes de que cortara.
—No llegues sabiendo quién conduce.
La pantalla se apagó.
Robles recogió la funda.
—Tenemos autorización para entrar en casa de Varela.
Guardé el dinosaurio en el bolsillo interior de la chaqueta.
Esta vez no olvidé comprobar que seguía allí.