A Coruña, el hombre del pasillo (Los casos de Julio Barral 9)
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CAPÍTULO 1El hombre de la fotografía
El hombre de la fotografía
La fotografía estaba mal recortada.
Apoyé dos dedos sobre el borde del portátil.
—Amplía eso.
Robles bajó la pantalla antes de que pudiera tocarla.
—Pídelo sin señalar.
Retiré la mano. El vaso de café vibró sobre la bandeja con cada unión de la vía.
—La esquina derecha —dije—. Junto al marco.
Robles amplió la imagen. Los píxeles se abrieron hasta convertir el guante en una mancha. Seijas seguía en el centro, mirando hacia la cámara. Su mano izquierda sujetaba el mueble vacío del inventario. La derecha quedaba oculta detrás del cuerpo.
No parecía sorprendido.
Lo nuevo era el hombre situado al otro lado de la puerta.
—No es Científica —dije.
—Científica llegó diecinueve minutos después.
Robles abrió la línea temporal. El fotograma estaba fechado once minutos después del disparo. Pulsó otra carpeta y colocó al lado la declaración de Seijas.
Permanecí en el pasillo para recibir material.
Mentía incluso en la preposición.
Cogí el café. Lo acerqué a la boca y lo dejé otra vez sin beber.
—Quiero la imagen completa.
—Esta es la imagen completa que conserva Madrid.
—Entonces quiero la anterior.
Robles me miró por encima de la pantalla.
—No estás pidiendo. Estás entrando.
El tren se inclinó en una curva. Una maleta golpeó el separador al fondo del vagón y su dueño la sujetó antes de que cayera. Robles cerró la declaración.
Tomé una decisión.
—Llama al laboratorio. Que revisen la secuencia, no solo el fotograma marcado.
—Eso sí es una petición.
Marcó desde su teléfono oficial. No puso el altavoz hasta que una técnica respondió. El ruido de teclas ocupó unos segundos.
—Necesitamos los fotogramas anteriores y posteriores al identificado —dijo Robles—. Sin estabilizar y sin recortar.
La técnica preguntó el número de diligencias.
Robles lo dio.
Yo giré el portátil hacia la ventana. El reflejo borró media cara de Seijas, pero dejó visible la mano enguantada. En la muñeca aparecía una línea oscura. No era piel.
—Es una manga —dije.
Robles cubrió el micrófono.
—Qué descubrimiento.
—Demasiado clara para un uniforme policial.
—También existen camisas.
—A esa hora nadie llevaba camisa limpia.
Soltó el micrófono.
La técnica regresó con una respuesta. Había siete imágenes más, generadas automáticamente por el receptor externo antes de perder señal. Las enviaría al canal seguro. Robles colgó y colocó el teléfono boca abajo.
—Siete —dije.
—No significa que tengamos siete respuestas.
El correo entró antes de que terminara. Robles descargó el paquete. La barra avanzó despacio por la cobertura inestable. Yo agarré el borde de la mesa para no abrirlo por ella.
Primer fotograma.
La puerta cerrada.
Segundo.
Una sombra cruzando el cristal.
Tercero.
Seijas entrando con una funda rectangular pegada al costado.
Robles detuvo la secuencia.
—La funda que sacó.
—Todavía no sabemos si salió con ella.
Pasó al cuarto.
Seijas se inclinaba sobre el mueble. El cable del M-1 seguía conectado. Detrás, la puerta empezaba a abrirse.
Quinto.
El hombre del guante entraba en la habitación.
No llevaba uniforme.
Vestía una bata corta, abierta sobre un jersey oscuro. Del bolsillo superior colgaba una tarjeta girada. La cara quedaba fuera del encuadre.
Me acerqué demasiado. La rodilla golpeó la bandeja y el café se derramó sobre la mesa. Robles levantó el portátil antes de que el líquido alcanzara el teclado.
—Joder, Julio.
Cogí servilletas. Presioné el charco con la palma.
—La tarjeta.
—Primero seca.
Obedecí.
Cuando la mesa quedó limpia, Robles amplió el bolsillo de la bata. La tarjeta era ilegible, pero mostraba una franja verde y dos letras impresas cerca del borde.
TV.
El sexto fotograma enseñaba la mano del desconocido sobre el hombro de Seijas. No parecía detenerlo. Tampoco ayudarlo. En el séptimo, los dos miraban hacia el mueble.
Después, negro.
Robles guardó las imágenes en una carpeta nueva.
—Puede ser sanitario —dije.
—O alguien que compró una bata.
—Con tarjeta.
—Las tarjetas también se compran.
Abrí la copia del inventario de la habitación. Médicos presentes. Técnicos. Agentes. Personal autorizado. Recorrí los nombres con el dedo.
Ningún TV.
Pasé a la relación de personas que declararon durante las dos semanas siguientes. Ciento doce nombres. Busqué las iniciales.
Tomás Varela.
Auxiliar forense en comisión temporal.
La garganta se me cerró antes de leer la línea siguiente.
Intervino en la recepción del cuerpo de David Mena.
El revisor apareció junto a la mesa y pidió los billetes. Robles mostró los dos códigos sin apartar la imagen. El hombre los escaneó, miró el café derramado y siguió por el vagón.
Abrí el anexo de personal de aquella noche. La fotografía de Varela tenía doce años menos, el pelo más largo y una expresión que parecía prestada para el documento. La oreja derecha quedaba oculta. La izquierda no coincidía con el ángulo del fotograma.
—Gíralo —dije.
—No es una figura.
—La ficha. Ponla junto a la imagen.
Robles dividió la pantalla. La línea del cuello encajaba. También la caída del hombro. Nada de aquello servía ante un juez. Sí servía para elegir una puerta.
La técnica de Madrid volvió a escribir en el canal seguro. Había localizado el registro original de la tarjeta que colgaba de la bata. La resolución no permitía abrir el expediente médico asociado, pero sí consultar el código institucional.
Robles leyó en silencio.
—Instituto de Medicina Legal de Salamanca.
—Varela estaba destinado allí.
—En comisión. Tres semanas.
—¿Cuáles?
Robles abrió el calendario.
La comisión terminaba dos días después de la muerte de David.
Pasé al séptimo fotograma. La mano enguantada ya no descansaba sobre Seijas. Señalaba el M-1. Seijas había girado la cabeza hacia él.
—No entró por casualidad.
—Nadie entra en una habitación así por casualidad —respondió Robles—. Eso no nos dice para quién trabajaba.
—Nos dice que mintieron dos.
Robles bloqueó la pantalla.
—Nos dice que uno mintió. Del otro todavía no tenemos declaración sobre esa habitación.
Me quitó el documento.
—No corras.
—Estaba allí.
—Estaba en el edificio.
—Llevaba bata.
—Eso suele pasar con los forenses.
Le señalé la fotografía sin tocarla.
—Misma altura. Mismo hombro.
—No has visto la cara.
—Él sí vio a Seijas.
Robles abrió el directorio profesional. Tomás Varela continuaba en activo. Médico forense. Destino actual: A Coruña. El tren redujo velocidad y el zumbido bajo el suelo cambió de tono.
Necesitábamos papeles.
Tomé otra decisión.
—No vamos primero a por Seijas.
Robles levantó la vista.
—Tenemos autorización para localizarlo.
—Y sabe que buscamos el M-1. Si entramos en su trabajo, verá el movimiento antes de que crucemos la puerta.
—Su acceso está bloqueado.
—Trabaja rodeado de gente con acceso.
Robles cerró el directorio y abrió el registro de Varela. No discutió.
—¿Qué propones?
—Preguntarle por qué estaba junto a Seijas.
—No sabemos que fuera él.
—Entonces podrá decirnos que nos equivocamos.
Robles sacó su libreta. No anotó mi frase. Escribió un número y llamó a la responsable del Instituto de Medicina Legal de Galicia. Se identificó, citó la resolución y preguntó por Varela.
Yo mantuve las manos lejos del portátil.
La conversación cambió cuando Robles dejó de escribir.
—¿Cuándo? —preguntó.
Esperó.
—No. No le avisen de nuestra llegada.
Colgó.
El tren entró en otro túnel. La ventana devolvió nuestras caras sobre el vagón oscuro. La mía parecía pegada al cristal de una sala que no recordaba entera.
—Ha reabierto cuatro informes antiguos —dijo.
—¿De David?
—No.
Sacó el bolígrafo de entre las páginas.
—Dos muertes en prisión. Un accidente durante un traslado. Una sobredosis en custodia.
—¿Qué tienen en común?
—Todavía nada.
Le quité la libreta. Esta vez no la apartó. Las fechas estaban separadas por años. Provincias distintas. Firmas diferentes.
Abajo había una quinta anotación.
Solicitud de acceso al inventario M-1.
La tinta de Robles aún brillaba.
—¿Cuándo la pidió?
—Ayer por la mañana.
El tren salió del túnel. La lluvia corría horizontal sobre el cristal y los edificios empezaban a cerrarse alrededor de las vías. Una voz anunció la llegada a A Coruña.
Me puse la chaqueta.
—Vamos al instituto.
Robles guardó el portátil, pero no se levantó.
—Varela no está allí.
La cremallera de mi maleta quedó a medio cerrar.
—¿Dónde está?
Robles sostuvo mi mirada mientras el tren frenaba.
—Desde anoche, nadie consigue localizarlo.