CAPÍTULO 38
El último traslado
La barrera del muelle descendió delante de la furgoneta cuando Cid eligió el carril de salida.
No frenó.
El vehículo golpeó el brazo metálico, lo dobló sobre el capó y continuó hacia los contenedores, mientras dos coches cerraban la avenida por detrás. La sirena de un remolcador cubrió la orden de Robles.
—Equipo norte, no lo empujen hacia el agua. Sur, cierren la rotonda.
Yo iba en el vehículo de apoyo, sentado junto a Sonia y con un agente conduciendo. El puerto de A Coruña se abría delante de nosotros entre charcos que devolvían las luces amarillas.
Cid tomó una curva demasiado rápido.
La puerta lateral se abrió diez centímetros y una caja golpeó desde dentro. Después otra. No estaban sujetas.
—Va cargado —dijo Sonia.
Robles respondió por radio.
—Que nadie intente adelantarlo. Necesitamos el vehículo entero.
El agente redujo para mantener distancia. A nuestra derecha, una calle de servicio conducía directamente al siguiente cruce. Podíamos cortarle el paso antes que los coches principales.
Miré al conductor.
Él también había visto la entrada.
—Ni se te ocurra —dijo Sonia.
—No he dicho nada.
—Tu mano está en el cierre.
La retiré. El agente siguió la ruta asignada, aunque la calle lateral quedó abierta durante dos segundos.
Cid embistió un carro portuario vacío. El hierro giró sobre sí mismo y chocó contra una valla. La furgoneta perdió velocidad, pero continuó con una rueda delantera torcida.
Robles apareció por el carril contrario.
Su coche frenó atravesado a cuarenta metros. Dos agentes bajaron detrás de las puertas con las armas dirigidas al parabrisas.
Cid aceleró otra vez.
—Va a embestirlos —dije.
El agente a nuestro volante giró antes de recibir la orden. Colocó el vehículo de apoyo entre la furgoneta y el coche de Robles, con el lateral expuesto.
El impacto me lanzó contra el cinturón.
El cristal vibró. Sonia golpeó el salpicadero con el hombro y el airbag del conductor se abrió con un estampido seco. La furgoneta rebotó, cruzó el carril y terminó contra una hilera de bloques de hormigón.
Durante un segundo solo oí el siseo del airbag.
Después Robles gritó por radio.
—Nadie se acerca hasta que abra las manos.
Cid seguía al volante. Una mancha oscura le cruzaba la frente, pero levantó la cabeza y buscó algo dentro de la cabina.
El agente intentó abrir su puerta. Estaba hundida.
Sonia soltó el cinturón.
—¿Estás entero?
Moví los dedos. Luego las rodillas.
—Sí.
Un golpe llegó desde la parte trasera de nuestro coche.
La colisión había desplazado una caja policial contra el asiento. El cierre cedió y varias bolsas de evidencias cayeron al suelo. Sonia las cubrió con el cuerpo antes de que la puerta trasera se abriera.
—Precinto roto —dijo—. Nadie toca nada.
El conductor respiraba detrás del airbag. Sangraba por la nariz, pero seguía consciente.
Cid abrió su puerta.
Los agentes apuntaron.
—Manos visibles.
Bajó despacio, con una llave entre dos dedos. La dejó caer y levantó las palmas.
Robles se acercó hasta la cobertura del motor.
—Al suelo.
—Hay material judicial dentro —respondió Cid.
—Al suelo.
—Si lo dejan así, se mojará.
Una tubería rota por el choque expulsaba agua sobre la puerta lateral de la furgoneta. El chorro entraba por la abertura y golpeaba las cajas.
Cid miró hacia ellas.
Dos agentes lo redujeron cuando dio medio paso. Su rodilla chocó contra el asfalto y la sangre de la frente cayó sobre el agua.
—No estaba huyendo —dijo mientras le cerraban las esposas—. Estaba trasladando.
Robles recogió la llave con una bolsa.
—Eso tendrá que explicarlo sin conducir.
Los bomberos cortaron nuestra puerta. Salí por el lado contrario y ayudé a sostener la caja policial mientras Sonia comprobaba los números de cada bolsa. Una faltaba.
—¿Cuál? —pregunté.
—La copia de la hoja de Mercedes.
Miramos debajo de los asientos. El agua que entraba desde la calzada había alcanzado la alfombrilla, pero no había salido ninguna bolsa al exterior.
El agente señaló el hueco entre la consola y el respaldo.
La bolsa estaba encajada allí, con el precinto intacto.
Sonia la recuperó sin entregármela.
—Por esto no tomamos atajos.
No respondió a mi mirada. Tampoco hacía falta.
Científica abrió la furgoneta después de estabilizarla. Las cajas estaban numeradas con referencias reales, pero varias llevaban destinos portuarios falsos y documentación preparada para un embarque que no existía.
La primera contenía discos duros retirados de la casa de Seijas.
La segunda guardaba fotografías, precintos y muestras pertenecientes a procedimientos distintos.
En la tercera apareció la carpeta original de Mercedes, no solo la fotocopia hallada en el depósito. Una esquina coincidía con el fragmento conservado en su vivienda.
Robles la observó desde fuera de la cinta.
—No la abran aquí.
Cid estaba sentado contra un bloque, vigilado por dos agentes. Al ver la carpeta, dejó de pedir asistencia médica.
—Ella no debía regresar —dijo.
Robles se volvió.
—Mercedes vivía allí.
—Había aceptado protección.
—Pidió unas horas.
Cid apoyó la cabeza en el hormigón.
—Yo fui por el documento.
—Entró con una llave copiada.
—Seijas conservaba todas.
—Y usted sabía cuál abría su casa.
Cid cerró los ojos cuando un sanitario limpió la herida de su frente. No intentó apartarse.
—La puerta ya estaba abierta.
—La cámara del portal lo sitúa entrando con llave —dijo Sonia.
Era una mentira parcial. La grabación mostraba la entrada, pero no permitía ver el metal con claridad.
Cid abrió los ojos.
—Entonces ya tienen su historia.
Robles se agachó frente a él.
—Tenemos una mujer muerta contra una cómoda.
El sanitario dejó de presionar la gasa.
Cid miró la carpeta dentro de la furgoneta.
—Me agarró cuando salía. Tiró de la bolsa. La solté y cayó hacia atrás.
—Después movió la banqueta.
—No podía dejarla en medio.
—Ni pedir ayuda.
Cid apretó la mandíbula.
—Ya estaba muerta.
Robles se incorporó sin discutir la secuencia. La admisión había quedado registrada por tres cámaras policiales y dos agentes.
En otra caja encontraron la correa con hebilla que faltaba en el depósito. Conservaba una muesca compatible con la marca fotografiada en el cuello de Varela.
Junto a ella había una bolsa sanitaria con guantes, bridas y dos ampollas vacías.
Ferreiro recibió los números por teléfono.
Una pertenecía al lote penitenciario antiguo.
La otra, al pedido irregular de ocho meses antes.
—Dos lotes —dije.
Sonia sostuvo la fotografía sin acercarla a Cid.
—Una utilizada para practicar. Otra para matar, quizá. Toxicología tendrá que separarlas.
Cid soltó una risa breve.
—Siguen creyendo que el envase cuenta quién apretó el émbolo.
Robles se quedó delante de él.
—No. Lo cuenta Varela.
La autopsia había fijado la sedación, la inmovilización y la asfixia. El reloj, la correa, el vehículo y el trayecto cerraban el espacio que Cid había intentado llenar con conductores prestados.
—Fue a su casa antes de la cena —dijo Robles—. Preparó el coche, volvió al hotel para aparecer y salió otra vez por carga. Lo llevó al depósito o lo sedó durante el traslado. Después regresó para el postre.
Cid miró las grúas, quietas detrás de ella.
—No lo llevé al depósito.
—¿Dónde lo mató?
El agua seguía golpeando la chapa de la furgoneta.
—En su casa.
—¿Por qué sacó el coche?
—Para llevarme las cajas.
—Varela seguía vivo.
Cid giró las esposas hasta que el metal le cortó la piel.
—Dijo que iría a Fiscalía aunque tuviera que entregar también lo de Salamanca.
—Entonces lo sedó.
—Quería que durmiera.
—Lo ató.
—Se despertó antes.
Robles no elevó la voz.
—Y lo asfixió.
Cid sostuvo su mirada.
—No podía llegar al día siguiente.
El sanitario retrocedió un paso.
Nadie añadió una palabra. El puerto siguió trabajando detrás de las vallas, como si aquella frase no acabara de cerrar una muerte.
Robles ordenó su traslado y el precinto completo de la furgoneta. Cid se levantó con ayuda, pero se detuvo al pasar junto a mí.
—Los once minutos no están en ninguna caja.
—Eso ya lo sabemos.
—No. Saben dónde no están.
El agente tiró de su brazo.
Cid caminó dos pasos más.
—Seijas nunca confió en un transportista con el original.
La puerta del coche policial se cerró detrás de él.
Robles miró la carpeta de Mercedes, después las cajas recuperadas.
—Volvemos con Mateo.
La furgoneta permaneció abierta bajo el agua, llena de pruebas que Cid había intentado sacar de la ciudad y sin aquello por lo que todos habían empezado a buscar.