El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) CAPÍTULO 33 El destino escrito por Almarza
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CAPÍTULO 33 El destino escrito por Almarza

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La búsqueda de la carta comenzó en Valvanera con una ventaja que Julián de Almarza nunca había tenido: ellos sabían exactamente qué clase de documento necesitaban localizar.

No buscaban una carta donde apareciera el nombre del Códice.

Tampoco una referencia espectacular a un manuscrito perdido o a un custodio desconocido.

Necesitaban correspondencia tardía vinculada con la procedencia de la relación exterior, probablemente enviada cuando Almarza ya había conseguido establecer el origen documental de la primera relación pero seguía sin poder comprobar la pieza separada donde debía constar la entrega posterior.

Mauro había reducido la búsqueda a un intervalo de años.

Irene reconstruyó qué carpetas podían haber recibido la correspondencia después de las reorganizaciones posteriores.

Sebastián volvió al inventario utilizado cuando llegaron por primera vez a Valvanera.

Entonces apenas podían distinguir qué había formado parte del envío de 1902.

Ahora conocían la función de buena parte de aquellos papeles.

Descripciones que antes parecían genéricas adquirían otro sentido.

Una entrada decía:

Correspondencia de consultas sobre procedencias y libros antiguos. Varias manos. Finales del siglo XIX.

Otra:

Cartas separadas de cuadernos de investigación. Algunas con notas del receptor.

Más abajo:

Consultas no incorporadas a estudios principales.

Sebastián se detuvo.

—Puede estar ahí.

Mauro miró la referencia.

—¿Por qué?

—Porque Almarza nunca incorporó la procedencia siguiente a su reconstrucción principal.

Irene asintió.

Si la carta contenía una noticia que él había considerado insuficiente para continuar la cadena, resultaba lógico que hubiera terminado entre correspondencia auxiliar o documentación pendiente y no entre las fuentes aceptadas como seguras.

Pidieron la unidad.

Llegaron dos cajas estrechas.

No había nada extraordinario en ellas.

Cartas plegadas.

Borradores.

Consultas dirigidas a religiosos, archiveros y estudiosos locales.

Pequeños extractos copiados por terceros.

El desafío no consistía en encontrar algo sorprendente.

Consistía en encontrar la pieza correcta sin decidir previamente qué debía decir.

Sebastián comenzó por las fechas.

Las primeras cartas todavía pertenecían a la etapa filológica de Almarza.

Consultas sobre formas antiguas.

Manos.

Copias.

Textos.

Después, poco a poco, el vocabulario cambiaba.

Empezaban a aparecer relaciones de entrega y responsables.

Más adelante predominaban procedencia, remisión, cotejo y copia literal.

Era el mismo desplazamiento intelectual reconstruido en sus cuadernos.

Irene trabajaba a su lado.

Antes de leer cada carta comprobaba papel, tinta y correspondencia entre las hojas y sus sobres o carpetas.

En una de ellas encontró una marca utilizada también por Almarza en el repertorio.

—Esta pertenece a la serie.

Sebastián leyó.

El remitente respondía a una consulta sobre una relación de entregas conservada fuera de La Rioja.

Decía conocer el documento, pero no podía enviar reproducción.

Añadía que los papeles habían sido reorganizados y que una referencia anterior podía no corresponder ya con la clasificación vigente.

No era la carta que buscaban.

Pero pertenecía al mismo intercambio.

Almarza escribió al margen:

No basta. Preguntar de dónde ingresó.

Mauro sonrió apenas.

—Sigue retrocediendo.

Sí.

No quería saber únicamente dónde estaba la relación.

Quería saber cómo había llegado hasta allí.

La siguiente respuesta decía:

La pieza parece proceder de documentación reunida con papeles de entregas y tránsito.

Al margen:

¿Qué institución?

Otra respuesta insuficiente.

Después, varios meses sin noticias.

Entre las hojas apareció un borrador de Almarza:

No necesito saber todavía dónde fue llevado el libro. Necesito saber de dónde procede la relación que afirma que fue llevado.

Sebastián permaneció mirando la frase.

Allí estaba contenida toda la fase final de aquella investigación.

La prioridad no era localizar el manuscrito.

Era demostrar la procedencia de la fuente que hablaba de su movimiento.

Irene señaló una nota inferior:

Responder cuando se aclare el nombre del archivo.

Siguieron.

A mitad de la segunda caja apareció una carpeta pequeña.

Una etiqueta posterior decía:

Consultas sobre relaciones exteriores. J. A.

Dentro había ocho cartas.

La primera estaba incompleta.

Otra trataba sobre inventarios.

Una tercera aludía a una copia desaparecida de su antigua signatura.

Más adelante aparecía una referencia a una institución septentrional.

La sexta carta llevaba una anotación de Almarza:

Confirma procedencia.

Mauro dejó de mover los papeles.

Irene pidió examinarla antes de continuar.

El papel mostraba señales de uso.

Había sido doblado varias veces.

La nota marginal pertenecía a otra tinta y a la mano de Almarza.

Cuando Irene asintió, Sebastián empezó a leer.

El remitente explicaba que había podido consultar un registro que Almarza no conocía directamente.

La relación sobre entregas de libros había ingresado en un fondo mayor desde documentación procedente de una casa que, con el tiempo, había perdido autonomía archivística.

Parte de aquel material terminó vinculada a un archivo capitular donde fue reorganizada con otros papeles históricos.

Sebastián conocía ya la consecuencia.

Aun así siguió leyendo sin adelantarse.

El corresponsal advertía de manera expresa:

No puedo concluir que el libro siguiese a las relaciones que hoy se conservan.

Sebastián levantó apenas la mirada.

La fuente hacía la misma distinción que ellos habían aprendido a sostener.

Objeto y documentación.

La carta continuaba:

La procedencia de la relación puede darse por suficientemente comprobada hasta el fondo desde el que fue remitida para ordenación; lo posterior exige consultar la relación separada de entrega, que no he podido localizar.

Sebastián dejó de leer.

Ahí estaba.

No el destino del Códice.

La última procedencia documental que el corresponsal podía sostener.

Mauro preguntó:

—¿Nombra el fondo?

Sebastián volvió a la carta.

Esta vez no había iniciales.

El nombre estaba desarrollado.

Y aparecía asociado a una ciudad.

Burgos.

La palabra figuraba en una carta que Almarza había recibido.

No en una equivalencia moderna reconstruida por ellos.

No en un catálogo posterior.

En la propia correspondencia que había provocado sus anotaciones finales.

Irene dijo con cuidado:

—Entonces Almarza llegó a saberlo.

—Sí.

Eso podían demostrar ahora.

Almarza supo que la tradición documental que intentaba seguir alcanzaba, en su último tramo comprobable, un fondo institucional vinculado con Burgos.

La misma carta impedía convertir eso en destino del manuscrito.

Mauro miró la séptima.

En el margen, Almarza había escrito:

Procedencia confirmada. Destino no.

La carta explicaba que la relación separada a la que aludía la primera fuente no había podido localizarse.

Existían referencias indirectas.

Un inventario parecía describirla.

Otra noticia hablaba de una entrega posterior.

Pero no había modo de demostrar que aquella segunda relación perteneciera al mismo volumen y no hubiera sido incorporada temáticamente durante una reorganización posterior.

Almarza había subrayado:

La continuidad es posible, pero no demostrable con estos papeles.

Sebastián comprendió que el círculo se cerraba.

Almarza conocía el punto donde terminaba la procedencia comprobable.

También sabía que después existía una noticia.

Y se negó a unir ambas sin prueba.

La octava carta era una copia posterior de una respuesta que quizá nunca hubiera llegado a sus manos.

No aportaba nada que pudieran incorporar con seguridad.

Sebastián la dejó aparte.

Ya no necesitaban seguir buscando respuestas en la correspondencia.

Necesitaban saber qué había escrito Almarza después de recibir aquellas dos cartas.