BLOQUE 2
Las indicaciones siguientes eran todavía más precisas.
No formaban un código.
Tampoco una guía oculta.
Eran un orden de comprobación.
La primera decía:
Buscar la relación donde conste la remisión completa.
Después:
Comprobar si la relación es anterior a la copia de 1893.
Otra indicación exigía:
Determinar de qué archivo o casa procede, no dónde se encuentra hoy.
La siguiente:
Comparar nombres con los papeles de V.
Y al final:
Solo después seguir el lugar de la entrega.
Mauro apoyó las manos sobre la mesa.
—Es prácticamente un protocolo.
—Sí.
Sebastián comparó las instrucciones con lo que ya habían reconstruido.
La relación completa seguía sin aparecer.
La copia vinculada con 1893 solo podía conocerse mediante transcripción.
Los documentos Velasco habían permitido precisar funciones, pero no resolver el receptor.
La procedencia exterior empezaba a orientarse hacia el norte.
El lugar de la entrega seguía sin demostrarse.
Almarza no había conseguido completar aquella secuencia.
Ellos estaban intentando hacerlo ahora.
Irene dijo:
—Eso puede generar otra tentación.
Sebastián levantó la mirada.
—¿Cuál?
—Pensar que porque tenemos más fuentes estamos obligados a llegar donde él no pudo.
Sebastián negó.
—No estamos obligados a llegar a ningún lado.
—Ya sé.
—Si el documento no existe o no puede comprobarse, ahí termina.
Irene asintió.
Eso era lo importante.
No había destino.
No había una misión esperando a quienes encontraran los papeles.
Solo documentación que había sobrevivido por decisiones humanas ordinarias y accidentes archivísticos.
Podían avanzar porque, por primera vez, ciertos conjuntos separados durante décadas estaban reunidos.
Nada más.
Mauro señaló otra indicación:
Si aparece un documento de procedencia privada, comprobar primero cómo llegó a esa casa.
Sebastián miró a Leandro.
Él sonrió apenas.
—Nos anticipó.
Era exactamente lo que habían hecho con el archivo Velasco.
Antes de utilizar sus copias habían reconstruido la continuidad interna del fondo.
No porque el carácter privado volviera sospechosa una pieza.
Porque toda procedencia necesitaba demostrarse.
Otra instrucción lo confirmaba:
No rechazar por ser privada una copia que pueda cotejarse.
Irene levantó la hoja.
—También dejó esto.
Almarza no medía el valor histórico de una fuente por la naturaleza de su propietario.
Una pieza institucional podía estar mal catalogada.
Una copia familiar podía conservar una tradición válida.
La diferencia estaba en la procedencia y en la posibilidad de cotejarla.
Leandro dijo:
—Entonces no veía los archivos privados como un problema en sí mismos.
Sebastián respondió:
—Eso no significa que pensara que una pieza importante debía quedar fuera de cualquier acceso. Son cuestiones diferentes.
Leandro aceptó.
No hacía falta llevar la discusión más lejos.
Otra hoja estaba escrita como un diálogo consigo mismo.
¿Qué sé?
Debajo:
Que el volumen continuó después de los primeros tramos documentados.
Que las noticias sobre él sobrevivieron en copias distintas.
Que una relación posterior parece conservar una remisión más allá de D. S.
Que las copias exteriores no están todas explicadas por una misma tradición conocida.
Después:
¿Qué no sé?
Quién recibió con certeza después de D. S.
Si la remisión conservada por copia corresponde al volumen.
De dónde procede exactamente la relación exterior.
Dónde termina la última entrega comprobable.
Sebastián sintió que tenía delante el estado de la investigación en su forma más desnuda.
Almarza sabía mucho.
Pero sabía también dónde empezaba su ignorancia.
Mauro dijo:
—Esto es exactamente dónde estaba parado.
—Sí.
No físicamente.
Metodológicamente.
Irene observó la segunda parte.
—Casi todo depende de una misma cosa.
—La procedencia exterior.
Si conseguían establecerla, varias dudas podían reducirse a la vez.
Quizá la función de la remisión.
Tal vez la relación entre las copias.
Incluso el grado de continuidad material.
No necesariamente todo.
Pero sí una parte considerable.
La hoja terminaba:
No buscar más nombres hasta localizar la procedencia que los sostiene.
Sebastián la subrayó.
Era un cambio definitivo.
Durante años Almarza había perseguido nombres porque necesitaba reconstruir responsabilidades.
Al final comprendió que una identidad sin fuente no bastaba.
Ya no necesitaba otro apellido.
Necesitaba contexto documental.
Una serie.
Un archivo.
Una referencia institucional que permitiera colocar la noticia dentro de una genealogía de documentos.
Mauro preguntó:
—¿Hay alguna pista sobre qué clase de fondo buscaba?
Sebastián revisó las notas.
Encontró:
No parece fondo familiar.
Después:
La relación fue vista en conjunto de papeles de entregas y tránsito.
Y una tercera:
Probable archivo institucional o eclesiástico. Comprobar.
Nada más.
No ciudad.
No monasterio concreto.
No diócesis.
No institución identificada.
El espacio seguía abierto.
Irene dijo:
—Entonces al final ya no estaba buscando otra casa particular.
—Eso parece.
Los archivos familiares habían servido para reconstruir la tradición.
Pero la procedencia capaz de decidir el tramo siguiente debía buscarse en un fondo institucional.
Leandro preguntó:
—¿Y si esa institución ya no existe?
Sebastián respondió:
—Entonces hay que seguir su archivo.
Otra vez, el mismo método.
Un fondo podía moverse sin que el hecho documentado se desplazara con él.
La cuarta hoja contenía descartes:
No usar noticias basadas solo en memoria oral.
No usar lugares añadidos en genealogías posteriores.
No usar catálogos modernos que no indiquen fuente anterior.
No completar nombre por semejanza familiar.
No inferir propiedad por archivo actual.
Todo aquello que podía construir una ruta falsa aparecía deliberadamente excluido.
Mauro dijo:
—Si hubiera querido dejar una leyenda, hizo todo lo posible para impedirla.
Sebastián sonrió.
Era cierto.
Almarza no había dejado un misterio diseñado para impresionar.
Había dejado barreras contra la exageración.
La última prohibición resumía el problema entero:
No escribir que el libro estuvo donde solo estuvo la noticia.
Sebastián la copió aparte.
Cuando apareciera una localización concreta, esa sería la prueba decisiva.
No bastaría demostrar que una relación había sobrevivido allí.
Haría falta otra fuente que permitiera cruzar la frontera entre geografía documental y geografía material.