El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) BLOQUE 2
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Las huellas más útiles aparecieron en los documentos que Almarza decidió no incorporar a su reconstrucción principal.

Sebastián comprendió la diferencia al colocar el cuaderno mayor junto al repertorio menor.

El Cuaderno de Procedencias era limpio.

Cada nombre y cada tramo estaban respaldados por una fuente que Almarza consideraba suficientemente sólida.

El repertorio era otra cosa.

Allí permanecían los caminos que no había podido cerrar.

Personas descartadas.

Lugares provisionales.

Copias prometidas.

Referencias no comprobadas.

Relaciones cuya dependencia seguía sin poder establecer.

Mauro colocó ambos grupos en paralelo.

—En el cuaderno grande parece que llegó menos lejos.

—Porque ahí escribió solo lo que estaba dispuesto a sostener.

Sebastián señaló el repertorio.

—Acá está hasta dónde investigó realmente.

La distancia entre ambos conjuntos medía su prudencia.

Almarza había llegado documentalmente mucho más lejos de lo que se atrevió a convertir en historia.

Una pista lateral estaba marcada con una pequeña cruz.

La clave explicaba:

Noticia que no debe entrar todavía en relación principal.

La descripción decía:

Copia de entrega recibida de archivo exterior. Repite D. S. y añade remisión.

Era casi la misma clase de documento que ellos acababan de encontrar entre los papeles de Álvaro.

Almarza había escrito al lado:

¿Misma copia que la citada en 1893?

¿Deriva del extracto conocido?

¿Procedencia independiente?

No pudo resolver ninguna de las cuestiones.

La noticia quedó afuera.

La siguiente cruz decía:

Noticia de relación conservada en papeles de tránsito de libros.

Debajo:

No vista.

Otra:

Referencia comunicada por estudioso que asegura haber leído nombre posterior a D. S.

Almarza añadió:

No usar sin copia.

Una cuarta era especialmente frustrante:

Inventario antiguo menciona entrega a continuación de la conocida. Signatura moderna no localizada.

Mauro negó lentamente.

—Todo apunta al mismo tramo.

—Sí.

—Pero ninguna fuente lo deja incorporarlo.

Exactamente.

Ese era el verdadero drama documental.

No había una organización destruyendo pruebas para detener a Almarza.

Tampoco alguien cerrando puertas cada vez que se acercaba.

Había algo mucho más cotidiano y quizá más difícil de reparar.

Archivos reorganizados.

Copias parciales.

Signaturas desaparecidas.

Correspondencia lenta.

Descripciones modificadas.

Accesos que dependían de que otro entendiera correctamente qué debía buscar.

Irene examinó una de las respuestas.

—Además dependía de lo que otros decidían copiarle.

Ese era otro límite central.

Un corresponsal podía pensar que una línea previa no tenía importancia.

Podía desarrollar una abreviatura.

Resumir una fórmula.

Omitir el encabezamiento.

Almarza dependía del documento y también de la fidelidad de quien actuaba como intermediario.

Sebastián encontró una anotación extraordinariamente contenida:

La copia recibida resuelve demasiado. Pedir literal.

Mauro sonrió.

—Desconfiaba incluso cuando le daban una respuesta.

—Sobre todo entonces.

Una transcripción que resolvía exactamente una dificultad podía ser peligrosa si el copista había normalizado la escritura.

Otra nota decía:

No aceptar desarrollo del apellido sin ver abreviatura.

La identidad posterior a Diego seguía preocupándolo.

Sin embargo, con el paso del tiempo el nombre fue perdiendo centralidad.

Sebastián observó la evolución en las preguntas.

Al principio:

¿Quién?

Después:

¿Qué función?

Y finalmente:

¿Qué procedencia?

Irene se inclinó.

—Cambió la puerta de entrada.

—Sí.

Almarza comprendió que un nombre completo podía seguir siendo inútil si no sabía qué fuente probaba su intervención.

Un apellido sin procedencia era apenas otra pista.

Una relación correctamente situada, en cambio, podía dar valor incluso a una abreviatura incompleta.

Sebastián escribió:

ALMARZA DEJA DE BUSCAR PRIMERO EL NOMbrE. EMPIEZA A BUSCAR LA PROCEDENCIA QUE PUEDA DARLE VALOR.

Mauro preguntó:

—¿Entonces el nombre deja de importar?

—No. Deja de ser la primera respuesta.

Irene añadió:

—Antes necesita demostrar de dónde sale.

Sebastián asintió.

La tercera serie de huellas era geográfica.

Pero todavía no trabajaba con ciudades.

Trabajaba con direcciones documentales.

Almarza había preparado una tabla:

Rioja — comprobado en parte.

Camino — relaciones conocidas.

Fuera — copias y referencias.

Norte — procedencia repetida, falta localización segura.

Sebastián estudió la última línea.

—Acá ya usa “norte”.

Mauro preguntó:

—¿Es tardía?

—Sí. Aparece después de varias consultas exteriores.

Eso era importante.

Almarza no había comenzado suponiendo una dirección septentrional.

La orientación había surgido de las fuentes.

Otra frase lo confirmaba:

No ir al norte buscando el libro. Ir solo cuando sepa qué documento buscar.

Sebastián sintió que toda la investigación de aquel hombre se concentraba en esas palabras.

Ya sabía hacia dónde parecían apuntar algunos documentos.

Aun así, se negaba a viajar preguntando por un Códice perdido.

Quería una referencia concreta.

Una serie.

Una relación identificable.

Una procedencia capaz de orientar la consulta.

Mauro preguntó:

—¿Llegó a viajar?

Sebastián revisó las notas de ese período.

Existían referencias a desplazamientos anteriores.

Pero para esta fase no podían demostrar que hubiera llegado al archivo que intentaba localizar.

Varias frases indicaban lo contrario:

No he podido desplazarme.

Pedir cotejo por correspondencia.

Si mejora mi salud, comprobar personalmente.

Sebastián no dramatizó.

La limitación física existía.

Eso no significaba que explicara por sí sola el punto final de la investigación.

Incluso viajando, Almarza podía haber encontrado los mismos vacíos documentales.

Leandro preguntó:

—¿Eso fue lo que le hizo perder el rastro?

—No sabemos todavía dónde lo perdió.

Era importante mantener la distinción.

La salud pudo dificultar la búsqueda.

No podía convertirse, sin más, en su causa definitiva.

Irene encontró otra hoja.

Era una lista de tareas:

Antes de continuar:

Comprobar la relación exterior.

Separar copias dependientes.

Determinar si la remisión corresponde al volumen.

Buscar la procedencia anterior de la copia del norte.

No publicar nombres dudosos.

Y al final:

Dejar ordenado si no puedo terminar.

Sebastián guardó silencio.

Mauro también.

La frase no era una despedida.

Era algo mucho más sobrio.

Almarza había empezado a preparar la investigación para la posibilidad de que otra persona tuviera que retomarla.

Eso explicaba el cuidado con que estaban organizados los papeles enviados después a Valvanera.

No había dejado un acertijo.

Había intentado dejar un trabajo auditable.

El cuaderno mayor conservaba aquello que aceptaba.

El repertorio mantenía hipótesis y descartes.

Las hojas separadas indicaban lo que necesitaba comprobar.

Cada grado de certeza tenía un lugar.

Sebastián comprendió que aquello definía mejor a Almarza que cualquier descripción biográfica.

No quería que otro heredara sus certezas.

Quería que heredara sus dudas sin deformarlas.

Mauro encontró la última anotación:

Quien continúe debe poder saber por qué no incorporé cada noticia.

Sebastián permaneció mirando la frase.

Eso impedía que una hipótesis vieja pudiera perder, con el tiempo, el signo de interrogación y convertirse en tradición.

Almarza había intentado proteger a quien siguiera investigando de sus propios errores posibles.

Y sin saberlo, había preparado exactamente las instrucciones que ellos necesitaban.