El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) BLOQUE 3
75%

BLOQUE 3

La cuestión habría terminado allí si Mauro no hubiese pedido revisar la procedencia contemporánea de la carpeta.

Hasta entonces habían estudiado el contenido histórico.

Pero una pieza privada que empezaba a adquirir semejante importancia exigía una pregunta adicional.

¿Podían demostrar que pertenecía realmente al fondo familiar y no había sido incorporada en tiempos recientes?

Leandro permitió revisar los registros disponibles.

No existía una secuencia perfecta que pudiera retroceder siglo por siglo.

Ningún archivo doméstico realista la tendría.

Pero sí había inventarios sucesivos y antiguas numeraciones, acompañados por referencias internas suficientes para seguir el conjunto a través de varias reorganizaciones.

La hoja aparecía primero dentro de una agrupación amplia descrita como:

relaciones y copias antiguas

Más tarde fue incluida entre los papeles utilizados por Álvaro.

En otra revisión pasó a figurar como:

extracto utilizado para cotejo de procedencias

Finalmente recibió una numeración moderna.

Las descripciones habían cambiado.

La asociación documental permanecía.

Irene comparó marcas de plegado y antiguas perforaciones de sistemas de sujeción ya retirados.

También revisó la numeración previa.

La historia material de la pieza era compatible con el recorrido archivístico sugerido por los inventarios.

—No puedo demostrar cada momento de su existencia —dijo—, pero no veo nada incompatible con una permanencia prolongada dentro del fondo.

Mauro preguntó:

—¿Alguna señal de incorporación reciente?

—Ninguna que pueda identificar.

No era una certificación absoluta.

Pero sí suficiente para descartar, por el momento, una inserción moderna evidente.

Sebastián miró a Leandro.

—¿Aceptarías que la pieza fuera examinada por una institución externa si hiciera falta?

—Sí.

—¿Aunque la datación no coincida con lo que pensás?

—Si es posterior, es posterior.

—¿Y si se demuestra que reproduce una tradición sin valor histórico?

—Entonces habrá que dejar de utilizarla como prueba.

Mauro observó a Sebastián.

Era exactamente la respuesta que necesitaban.

Aun así, Sebastián quería comprender algo más.

—¿Por qué ayudarnos?

Leandro había esquivado en parte la pregunta antes.

Esta vez respondió:

—Porque ustedes tienen algo que yo no tengo.

—¿El cuaderno de Almarza?

—Una reconstrucción que conecta archivos que mi familia nunca pudo reunir.

—Eso no explica por qué abrir el tuyo.

—Sí lo explica.

Leandro apoyó las manos sobre la mesa.

—Tengo documentos que por sí solos dicen poco. Ustedes tienen otros que pueden ayudarnos a saber qué significan. Si los mantengo cerrados, puedo conservarlos perfectamente y seguir sin comprenderlos.

Sebastián esperaba prestigio.

Tal vez control.

O alguna ventaja ante un hallazgo futuro.

Leandro continuó:

—Y prefiero saber que una interpretación sobre mi archivo es correcta, aunque no me favorezca, antes que seguir leyendo historias que lo convierten alternativamente en un conjunto de expolios o en una prueba de que el Códice perteneció a mi familia. Ninguna de esas dos cosas está demostrada.

Irene lo miró con atención.

La afirmación coincidía con lo que habían encontrado.

Mauro preguntó:

—¿Eso es todo?

Leandro sonrió.

—No.

Sebastián se tensó.

—También me interesa saber hasta dónde llegan las procedencias.

Eso no sorprendió.

—¿Para qué?

—Porque forman parte de la historia de los documentos que conservo y quiero saber qué significan.

Sebastián no quedó satisfecho.

—También sos coleccionista.

—Sí.

—Una procedencia nueva puede aumentar el valor de una pieza.

—A veces.

—Entonces existe un interés económico.

Leandro no lo negó.

—Puede existir.

El silencio cambió.

La ausencia de una defensa moral absoluta lo hacía, de manera extraña, más creíble.

Irene preguntó:

—¿Usarías lo que descubramos para vender alguna de estas piezas?

Leandro respondió:

—No tengo intención de vender las que están consultando.

—No te pregunté solo por ahora.

Él pensó.

—Entonces te respondo de otra forma. Si ustedes aportan información sensible o una atribución que pueda aumentar el riesgo sobre un documento, acepto que establezcamos condiciones sobre cómo utilizar esa información.

Sebastián intervino:

—“Establezcamos” no significa que vos decidas.

—Entonces definí qué querés.

Ahí estaba el verdadero problema.

Hasta ese momento trabajaban mediante un entendimiento provisional.

Acceso.

Registro.

Análisis independiente.

Cautela con datos sensibles.

Ya no alcanzaba.

El archivo Velasco contenía documentación que ellos necesitaban.

Ellos, a su vez, podían generar información capaz de modificar el valor histórico y económico de esas piezas.

Ambas partes tenían intereses diferentes.

Necesitaban reglas.

Mauro lo formuló:

—Si seguimos, tenemos que fijar un acuerdo antes de abrir más cajas.

Leandro asintió.

—Me parece razonable.

Sebastián aclaró:

—No un intercambio donde vos nos mostrás documentos y nosotros te entregamos nuestras conclusiones.

—Entonces decime qué proponés.

Irene intervino:

—Primero, lo que no se negocia.

Todos la miraron.

—La autenticidad no se negocia. Tampoco las conclusiones. Si una pieza no sirve, lo decimos. Si contradice una interpretación familiar, también. Y si una procedencia no puede demostrarse, no se presenta como cierta.

Leandro respondió:

—De acuerdo.

Mauro añadió:

—Las piezas se documentan dentro de su contexto. Nada de fotografías aisladas sin inventario.

—De acuerdo.

Sebastián continuó:

—Toda información que surja del archivo puede contrastarse con instituciones externas.

—De acuerdo.

Irene agregó:

—Las localizaciones sensibles no se difunden automáticamente. Primero se evalúan conservación y seguridad.

Leandro asintió.

Sebastián notó la coincidencia.

Irene quería proteger patrimonio vulnerable.

Leandro quería proteger el archivo familiar.

Llegaban a la misma regla desde lugares diferentes.

Mauro dejó para el final la cuestión más delicada.

—Acceso.

Leandro esperó.

—Si una pieza remite a otra documentación del mismo fondo necesaria para comprobarla, no podés mostrarnos únicamente lo que te convenga y cerrar la rama.

Leandro pensó.

—Con límites.

Sebastián endureció la expresión.

—¿Cuáles?

—Privacidad de terceros vivos. Documentación patrimonial contemporánea que no tenga relación con esta investigación. Papeles familiares personales sin relevancia para la procedencia que están siguiendo.

Mauro asintió.

—Eso es razonable siempre que no seas vos solo quien decida qué tiene relevancia cuando una referencia archivística indique lo contrario.

—Podemos resolverlo caso por caso.

Sebastián miró a Irene.

Ella asintió.

No era confianza.

Era un procedimiento posible.

Leandro cerró el inventario.

—Entonces parece que estamos llegando a algo.

—Todavía no —respondió Sebastián.

Pero estaban mucho más cerca.

Antes de levantarse, Irene pidió volver a ver la hoja que mencionaba las copias conservadas en distintos lugares después de que el volumen hubiera seguido su camino.

La examinó una vez más bajo la luz.

Después indicó que regresara a su carpeta.

—No quiero que salga de acá.

Leandro pareció sorprendido.

—No pensaba sacarla.

—Lo digo por nosotros también. No hace falta trasladarla. Podemos trabajar aquí o con una reproducción controlada.

Mauro la miró.

—Hace unos días querías seguir esto hasta donde fuera.

—Todavía quiero.

—¿Y ahora?

Irene recogió sus notas.

—Ahora sé que seguir una investigación no significa llevarse todo por delante.

Sebastián permaneció en silencio.

Ella no estaba frenando la búsqueda.

Estaba fijando condiciones antes de que la escala de lo que descubrían pudiera desbordarlos.

Leandro guardó la carpeta.

—Puedo mostrarles el resto de la serie de Álvaro y las copias vinculadas con sus consultas.

Sebastián respondió:

—Antes fijamos las condiciones.

—De acuerdo.

—Por escrito.

Leandro levantó las cejas.

—Eso no lo esperaba.

Mauro sonrió.

—Nosotros tampoco esperábamos terminar trabajando en tu archivo.

Leandro cerró la caja.

La distancia entre ellos seguía existiendo.

Pero por primera vez podía medirse con documentos y reglas, no únicamente con sospechas.

Sebastián reunió sus hojas.

En la parte superior de una había escrito:

LOS VELASCO CONSERVARON INFORMACIÓN AUTÉNTICA SObrE LA HISTORIA DOCUMENTAL DEL VOLUMEN.

Debajo:

ESA CONSERVACIÓN NO DEMUESTRA QUE FUERAN PROPIETARIOS NI CUSTODIOS DEL CÓDICE.

Y finalmente:

PARTE DEL ARCHIVO FAMILIAR ES ANTERIOR A LEANDRO Y SU CONTINUIDAD INTERNA PUEDE RECONSTRUIRSE.

Esa era la verdad que habían encontrado dentro del archivo familiar.

No una absolución de todos los Velasco.

Tampoco una prueba de que el Códice hubiera pasado por sus manos.

Algo mucho más limitado y, precisamente por eso, mucho más sólido.

Leandro había dicho la verdad sobre la existencia y la antigüedad de una parte esencial del fondo.

A partir de ese momento, el problema ya no era decidir si aceptarían su ayuda.

Eso ya había ocurrido.

La cuestión era establecer hasta dónde podían colaborar sin convertir la cooperación documental en confianza personal ni permitir que intereses distintos alteraran lo que las fuentes fueran capaces de demostrar.