BLOQUE 2
La identidad del remitente ocupó buena parte de la hora siguiente.
No porque fuera un personaje misterioso.
Necesitaban saber qué acceso había tenido al documento.
Almarza había copiado el apellido completo en otra página del repertorio.
No pertenecía a ninguna familia vinculada con la antigua cadena.
Tampoco figuraba entre los nombres medievales.
Era un estudioso relacionado temporalmente con la ordenación de un archivo que Almarza consultaba por correspondencia.
No propietario del Códice.
Ni coleccionista.
Mucho menos custodio.
Era un intermediario documental.
Mauro preguntó:
—¿Podemos confiar en él?
Sebastián negó.
—No es ésa la pregunta.
—¿Cuál es?
—Qué vio y en qué condiciones lo vio.
Una persona podía ser completamente honesta y equivocarse.
La fiabilidad de su noticia dependía de acceso, contexto y método.
Irene revisó otros extractos de correspondencia del mismo hombre.
Era prudente.
Cuando no sabía algo, lo reconocía.
En una nota había escrito:
No puedo atribuir fecha.
En otra:
La letra parece anterior, aunque no sabría precisar.
No mostraba tendencia a exagerar.
Eso hacía razonable tomar en serio su testimonio.
No convertía su recuerdo en comprobación.
Almarza había resumido:
Corresponsal prudente. La prudencia no convierte su noticia en comprobación.
Mauro sonrió.
—No le perdonaba una.
—Ni siquiera a quien consideraba fiable.
Había además otro problema.
No sabían si Almarza había transcrito la carta completa.
Lo más probable era que no.
Había copiado aquello que consideraba relevante.
Por tanto, parte del contexto del remitente podía haberse perdido durante la propia transcripción.
Irene preguntó:
—¿Y si el original sigue en los papeles de Almarza?
Sebastián miró las referencias.
Era posible.
Pero no se encontraba entre los materiales reunidos con el Cuaderno de Procedencias.
Ya sabían que en 1911 la correspondencia había sido separada por materia.
Una parte terminó dentro de series más generales.
Eso justificaba buscar.
No para convertir una posibilidad en solución.
Para comprobar si el original todavía existía.
Utilizaron los inventarios reconstruidos durante los días anteriores.
La correspondencia de Almarza había acabado parcialmente bajo una descripción amplia:
Correspondencia erudita. Finales del siglo XIX. Remitentes diversos.
El apellido del corresponsal no figuraba en el índice.
Eso no implicaba que la carta faltara.
Podía estar ordenada por fecha.
O dentro de un conjunto no individualizado.
Irene pidió la relación auxiliar correspondiente.
Encontraron:
Cartas de consulta sobre libros y papeles antiguos. 1892–1894.
Nada más.
Solicitaron la caja.
Cuando llegó, Sebastián encontró solicitudes y respuestas de asuntos muy distintos.
Las cartas no estaban ordenadas por remitente.
Buscó marzo de 1893.
Había varios documentos.
Ninguno era la carta.
Revisaron febrero.
Después abril.
Irene examinó las piezas sin fecha.
Nada.
Mauro dijo:
—Puede haber quedado en otra serie.
—Sí.
También podía haberse perdido antes de la reorganización de 1902.
O no haber acompañado nunca a los cuadernos.
Incluso era posible que hubiera quedado entre papeles familiares.
No podían saberlo.
Sin embargo, encontraron algo relacionado.
Un borrador escrito por Almarza.
No la carta recibida.
Su respuesta.
Sebastián leyó:
Agradezco especialmente la noticia de la relación posterior a Diego Sánchez. Le ruego no desarrollar el nombre abreviado y copiarlo tal como se encuentre.
Irene asintió.
Eso confirmaba el rigor del procedimiento.
La respuesta seguía:
Le agradeceré igualmente que indique si la descripción del libro defectuoso pertenece a la misma mano que la entrega o a una anotación distinta.
Exactamente la duda central.
Más abajo:
No deseo incorporar la noticia hasta poder compararla con las relaciones que poseo.
Mauro apoyó los dedos sobre la mesa.
El borrador demostraba que Almarza había entendido perfectamente los límites de la carta.
La última solicitud era todavía más precisa:
Si fuera posible, copie también las líneas inmediatamente anteriores y posteriores, pues temo que una extracción aislada altere el sentido.
Irene dijo:
—Quería contexto.
—Sí.
No buscaba una frase que confirmara su hipótesis.
Buscaba el documento dentro de su estructura.
El borrador estaba fechado tres días después de la transcripción.
En el reverso, meses más tarde, Almarza había añadido:
No contestada. Averiguar por otra vía si el legajo conserva la relación.
Eso demostraba que siguió intentando comprobarla.
El repertorio registraba otra consulta.
La segunda vía produjo una respuesta breve:
He preguntado por la relación que menciona. Nadie ha sabido señalarme el legajo con certeza.
Después:
Algunos papeles fueron reordenados años atrás.
Otra vez la reorganización documental.
No podían afirmar que la relación hubiese desaparecido.
Solo que dejó de ser localizable mediante las referencias disponibles para Almarza.
Mauro preguntó:
—¿Puede haberla perdido por una simple signatura?
—Puede.
—¿Y haber seguido existiendo?
—También.
Nada más.
No era un fracaso intelectual.
Era un límite de acceso.
Almarza lo dejó claro:
No seguir nombre abreviado hasta obtener documento.
Y más abajo:
Dos identificaciones posibles en repertorio onomástico. Ambas deben permanecer fuera.
Mauro volvió a preguntar:
—¿Nosotros podríamos resolver hoy la abreviatura?
Sebastián pensó.
—Tal vez.
—Entonces...
—Eso no resolvería el problema.
Aunque consiguieran leer el nombre con mayor seguridad, seguiría faltando demostrar que el asiento correspondía al mismo volumen.
El obstáculo nunca había sido solo paleográfico.
Era de procedencia.
Irene añadió:
—Y elegir una posibilidad equivocada puede hacernos construir otra genealogía falsa.
Mauro aceptó.
La carta seguía siendo exactamente lo que Almarza había decidido.
Una noticia.
No una procedencia.
Y preservar esa diferencia valía más que cualquier avance espectacular.