CAPÍTULO 19 La carta que Almarza nunca pudo comprobar
BLOQUE 1
Sebastián dejó la carta cerrada dentro de la carpeta durante casi veinte minutos.
No porque quisiera retrasar la lectura.
Necesitaba fijar antes qué clase de fuente tenían delante.
No conservaban el original.
Tampoco el sobre.
Entre los papeles hallados en Valvanera no había ninguna hoja firmada que permitiera examinar directamente tinta, papel o escritura del remitente.
Lo que tenían era la transcripción realizada por Julián de Almarza dentro del Cuaderno de Procedencias y varias notas marginales añadidas por él en momentos diferentes.
Eso convertía la carta en una pieza importante y, al mismo tiempo, insuficiente.
Mauro miró la carpeta.
—La estamos tratando como si fuera explosiva.
—No —respondió Sebastián—. La estamos tratando como una fuente capaz de hacernos avanzar demasiado rápido.
Irene entendió enseguida.
—Si la aceptamos antes de tiempo, todo lo que venga después va a quedar condicionado por ella.
—Exactamente.
Sebastián colocó sobre la mesa la secuencia que podían sostener.
Gonzalo de Pancorbo continuaba como responsable formal.
Después figuraban las intervenciones conocidas de Martín de Villamayor, Rodrigo de Herramélluri, Ferrán de Ojacastro, Martín de Arce y Diego Sánchez, cada uno con la función que la documentación permitía atribuirle.
Después estaba el hueco.
Junto a él colocó la ficha encontrada en el inventario exterior:
Relación de antiguos responsables. Continúa después de Diego S. Copia.
Al lado dejó la transcripción de Almarza.
Todavía sin leer.
Mauro preguntó:
—¿Qué tendría que decir para que nos sirviera?
Sebastián negó.
—No podemos decidir el contenido antes de leerlo.
—Me refiero al método.
Irene respondió:
—Tendría que llevarnos a una fuente comprobable.
Sebastián asintió.
Un nombre posterior a Diego Sánchez podía resultar sugerente.
No bastaba.
Necesitaban saber de dónde lo había obtenido el remitente.
Qué documento consultó.
Si era original o copia.
Qué relación existía entre la descripción del volumen y la entrega mencionada.
Y, sobre todo, si aquello podía vincularse al mismo objeto.
La carta podía decir la verdad y seguir siendo inutilizable.
Era una posibilidad incómoda.
Sebastián abrió finalmente la carpeta.
La transcripción comenzaba sin saludo completo.
Almarza había copiado solo el pasaje relacionado con su búsqueda.
Eso ya implicaba una pérdida de contexto.
Sí conservaba una fecha:
marzo de 1893
Debajo:
He podido consultar la relación de que me habla y creo que corresponde al libro cuya noticia sigue usted.
Mauro se inclinó.
—“Creo”.
—Exactamente.
No decía corresponde.
Decía creo que corresponde.
La cautela estaba ya en el propio remitente.
La carta continuaba:
Después del nombre de Diego Sánchez figura otra entrega, aunque el documento no emplea la palabra custodio.
Sebastián permaneció inmóvil.
Había una continuación aparente.
Pero la función seguía sin definirse.
Irene preguntó:
—¿Dice a quién?
Sebastián siguió:
Se menciona a un hombre que recibe ciertos papeles y un volumen antiguo para su remisión posterior.
Mauro levantó la mirada.
—Ahí está.
Sebastián negó.
—Todavía no.
La expresión ciertos papeles y un volumen antiguo podía referirse a un conjunto documental cuya identidad no estaba demostrada.
Almarza había marcado en el margen:
¿Qué volumen?
Debajo:
Pedir copia literal.
Exactamente lo que correspondía.
La transcripción seguía:
La descripción que acompaña al asiento habla de un libro defectuoso al comienzo.
Irene dejó de moverse.
Mauro también.
Eso sí acercaba la identificación.
Sebastián buscó la nota marginal.
Almarza había escrito:
Compatible.
Solo eso.
No confirmado.
No mismo volumen.
Compatible.
La carta añadía:
No puedo asegurar si la expresión libro antiguo pertenece al asiento primero o a una nota posterior.
Sebastián sintió la frustración del problema.
El propio corresponsal advertía que quizá estaba leyendo capas diferentes.
Irene dijo:
—Entonces la descripción material puede no pertenecer al mismo momento que la entrega.
—Exactamente.
La siguiente línea aclaraba otra cosa:
La hoja que consulté no parece contemporánea de la entrega, sino copia de relación anterior.
Mauro se recostó.
—Otra copia.
—Sí.
Otra mediación.
Aun así, la carta estaba lejos de ser inútil.
El remitente afirmaba haber visto una copia que continuaba después de Diego Sánchez y conservaba, en alguna parte de su estructura, una descripción compatible con el volumen que Almarza seguía.
Era exactamente la clase de noticia que necesitaba.
El problema era convertirla en evidencia demostrable.
Sebastián continuó:
No he hallado la relación de la que se tomó ni sé si se conserva.
Después:
El nombre posterior a Diego aparece abreviado y no me atrevo a desarrollarlo.
Mauro soltó el aire.
Irene preguntó:
—¿Almarza copió la abreviatura?
Sebastián buscó.
Sí.
Una breve secuencia de letras.
Ambigua.
No permitía formar un nombre con seguridad.
Al lado Almarza había escrito:
No desarrollar.
Y con otra tinta:
Dos posibilidades. Ninguna suficiente.
Mauro señaló.
—¿Cuáles?
Sebastián negó.
—No importa mientras ninguna pueda demostrarse.
Darles nombres completos convertiría una posibilidad paleográfica en identidad histórica.
No iban a hacerlo.
La carta incluía todavía una noticia importante.
Después de la entrega aparecía:
Se toman de la relación los nombres necesarios para memoria.
Sebastián permaneció sobre la frase.
Irene entendió enseguida.
Una entrega podía producir después una extracción de nombres.
Aquello encajaba con todo el mecanismo que venían reconstruyendo.
Mauro dijo:
—Entonces la relación contenía el mismo patrón.
Sebastián corrigió:
—La carta dice que la copia que vio el corresponsal contenía esa nota.
Seguían existiendo mediaciones.
Almarza escribió:
Importante si se obtiene texto.
No la incorporó.
La transcripción terminaba con una promesa:
Si lo desea, procuraré remitirle copia completa cuando pueda volver a consultar el legajo.
Sebastián levantó la vista.
Mauro ya había comprendido.
—La copia nunca llegó.
Irene preguntó:
—¿Eso está demostrado?
Había que comprobarlo.
Debajo de la transcripción Almarza había anotado:
Responder solicitando copia completa, especialmente encabezamiento, nombre abreviado, nota posterior y referencia del legajo.
Fecha.
Tres días después.
Luego:
Carta enviada.
Más abajo:
Sin respuesta.
Y después:
Reiterado.
Nadie habló durante unos segundos.
La oportunidad había estado cerca.
Pero no podían convertir el silencio posterior en drama.
No sabían si el corresponsal perdió acceso al archivo o si la carta de Almarza no llegó.
Tampoco si simplemente nunca volvió a consultar el legajo.
En 1894 apareció la nota definitiva:
No he recibido la copia prometida.
Debajo:
No utilizar la noticia como procedencia.
Eso era todo.
Almarza podía haber desarrollado la abreviatura.
Podía haber elegido una de las dos identidades posibles.
Podía incluso haber escrito que el volumen había continuado hacia aquella persona.
No lo hizo.
La carta quedó fuera de la cadena.
Mauro miró el vacío posterior a Diego Sánchez.
—Entonces llegó hasta acá.
Sebastián asintió.
—Hasta una noticia que podía permitirle evaluar una continuación.
No necesariamente hasta la continuación misma.
Incluso la copia completa podía haber resultado insuficiente.
Pero era la mejor oportunidad que había encontrado.
Irene miró la transcripción.
—Por eso esta carta importaba tanto.
No porque diera la respuesta.
Porque prometía el documento capaz de ponerla a prueba.
Julián de Almarza había llegado al punto exacto donde una noticia podía convertirse en procedencia.
Y la pieza necesaria para decidirlo nunca llegó a sus manos.