El Cuaderno de Valvanera (El Secreto de San Millán: Tomo V) CAPÍTULO 15 Almarza comprendió lo que buscaba
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CAPÍTULO 15 Almarza comprendió lo que buscaba

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Sebastián tardó casi una hora en comprender que Julián de Almarza había cambiado de pregunta.

No había abandonado el método.

Tampoco había cambiado de objeto.

Lo que había cambiado era la forma de formular el problema.

Durante los días anteriores habían reconstruido cómo Almarza pasó de estudiar palabras antiguas a seguir copias, nombres y entregas.

Después aprendió a distinguir testimonios independientes de simples repeticiones, dejó de contar documentos para empezar a contar hechos y comprendió que alrededor de un mismo volumen podían producirse papeles de naturaleza muy distinta.

Aun así, faltaba entender en qué momento todas aquellas líneas dejaron de parecerle problemas separados.

La respuesta estaba en una página sin encabezado.

En la mitad superior había escrito:

He buscado el libro como si los documentos fueran señales exteriores. Tal vez parte de esos documentos perteneció a su propia historia.

Sebastián volvió a leer.

Irene permaneció inclinada sobre la mesa.

Mauro tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Qué quiere decir?

Sebastián no respondió inmediatamente.

La frase no significaba que todos aquellos papeles hubieran formado parte física del Códice.

Tampoco convertía el manuscrito en un registro concebido desde el principio para anotar custodios.

Almarza parecía referirse a algo mucho más plausible.

Durante su existencia, el volumen había podido acumular una biografía documental.

Sebastián buscó las páginas anteriores.

Allí aparecían materiales ya conocidos.

Relaciones de entrega.

Copias de nombres.

Inventarios.

Hojas utilizadas para cotejo.

Referencias a papeles conservados junto al volumen durante alguna etapa.

Por separado parecían consecuencias de momentos distintos.

Almarza había empezado a preguntarse si algunos de esos documentos podían representar fases sucesivas de una memoria administrativa asociada durante años al mismo objeto.

Irene fue la primera en formularlo con claridad.

—No está diciendo que todo haya estado dentro del Códice.

—No.

—Está diciendo que hubo un período en que el volumen y ciertas relaciones funcionaron juntos.

Sebastián asintió.

Eso era.

Un libro podía circular acompañado por documentos que permitían reconocerlo o acreditar de dónde venía.

Las relaciones podían registrar quién lo entregaba y quién debía responder por él.

No necesitaban haber sido cosidas.

Podían conservarse sueltas o insertas.

Incluso podían viajar junto al volumen únicamente durante una parte de su historia.

La disposición material seguía abierta.

La función documental no.

Mauro señaló la hoja.

—Entonces cuando alguien copia los nombres más tarde...

—Puede estar copiando una memoria que llevaba años asociada al volumen.

—No el texto principal.

—Exactamente.

La distinción era imprescindible.

El interés histórico del Códice no dependía de imaginar un contenido secreto.

Su valor empezaba a estar también en los documentos que se habían acumulado alrededor de su circulación.

Almarza lo había expresado:

No sé qué parte estuvo escrita en el libro y qué parte se guardó con él. Para la procedencia, la diferencia debe mantenerse; para comprender la transmisión, ambas pudieron actuar juntas.

Irene asintió.

—Eso está muy bien.

—¿Por qué?

—Porque no resuelve lo que no puede resolver.

Era cierto.

Almarza no utilizaba una incertidumbre física para negar una relación documental demostrable.

No sabía si una determinada hoja había estado incorporada al volumen.

Pero podía llegar a demostrar que la información que contenía había sido utilizada junto con él durante una etapa concreta.

Sebastián encontró la fecha.

1892.

Era el mismo período en el que Almarza había redactado su Estado de la cuestión.

Eso significaba que varias ideas habían madurado casi al mismo tiempo.

La existencia de un volumen concreto.

La secuencia parcial de responsables.

La independencia relativa de algunas tradiciones.

La dispersión progresiva de copias.

Y ahora una idea nueva: gran parte de aquella información no era ruido producido después de la pérdida del manuscrito.

Podía haber nacido durante su propia circulación.

Mauro preguntó:

—¿Eso cambia lo que buscaba?

—Sí.

—¿De qué manera?

Sebastián señaló las hojas.

Hasta entonces el objetivo parecía ser localizar un libro antiguo.

A partir de ese momento, encontrar físicamente el volumen ya no bastaba.

Había que reconstruir también la información que había estado asociada a él antes de dispersarse.

Irene añadió:

—Porque el libro podría haber perdido parte de esa memoria aunque siguiera existiendo.

Sebastián asintió.

Una copia podía conservar un nombre que el volumen ya no tuviera asociado.

O una antigua descripción de su estado.

Quizá una referencia de entrega.

Eso significaba que el original no anulaba el valor de las copias.

Tampoco las copias sustituían al original.

La investigación necesitaba ambos.

Almarza lo escribió:

El original no sustituye la historia de sus copias cuando las copias conservan estados anteriores de su memoria.

Mauro permaneció pensativo.

—Entonces cambió el objetivo.

Sebastián asintió.

Sí.

Ya no era simplemente:

¿Dónde está el libro?

La pregunta se había vuelto otra:

¿Qué historia documental permite reconocer qué libro estoy buscando aunque haya perdido su nombre?

Aquello explicaba cómo Almarza podía estar tan cerca sin conocer la localización.

Había construido una identidad documental.

Sabía qué rasgos resultaban sólidos.

Qué nombres podían incorporarse.

Qué copias dependían de otras.

Qué relaciones parecían proceder de líneas distintas.

Le faltaba el siguiente enlace.

No toda la historia.

Irene pasó una página.

Allí Almarza había escrito:

No debo buscar un libro que lleve un nombre determinado. Debo buscar el volumen capaz de explicar conjuntamente las relaciones de guarda, las copias de nombres, la falta antigua de su comienzo y las noticias emilianenses que sobreviven en ramas distintas.

Sebastián sintió el peso exacto de la frase.

Eso era una definición documental.

No una leyenda.

Tampoco un título perdido.

Una combinación de rasgos materiales y relaciones históricas.

Mauro dijo:

—Ahora sí sabía qué buscaba.

Sebastián asintió.

Por primera vez podía decirse sin exagerar.

Almarza había comprendido lo que buscaba.

No dónde estaba.

No quién lo tenía.

Ni siquiera conocía su contenido completo.

Pero sabía qué clase de objeto histórico debía ser capaz de explicar todas aquellas líneas.

Había dejado atrás una sospecha nacida del lenguaje.

Después dejó de perseguir una mera colección de nombres.

Incluso la descripción de un volumen grande e incompleto ya era insuficiente.

Lo que buscaba era una identidad histórica concreta.

Y eso lo colocaba mucho más cerca del Códice de lo que la falta de una ubicación podía hacer pensar.