BLOQUE 3
La última serie del día estaba relacionada con una única entrega.
Conocían el acontecimiento principal.
Lo nuevo era comprobar cuánta documentación había generado.
Sebastián esperaba encontrar dos referencias.
Localizaron cinco.
No eran cinco copias del mismo texto.
Eran documentos distintos nacidos alrededor del mismo hecho.
Una constancia de recepción.
Una anotación de inventario.
Una copia parcial de nombres.
Una certificación posterior que remitía a la entrega.
Y una relación mucho más tardía utilizada para comprobar procedencia.
No todos sobrevivían del mismo modo.
De la constancia solo quedaba una copia.
El asiento de inventario se conocía por una transcripción antigua.
La copia de nombres existía físicamente.
La certificación era conocida por una cita posterior.
La última relación se conservaba completa.
Una sola entrega había producido una pequeña constelación de papeles.
Almarza había dedicado varias páginas a demostrar que aquello no equivalía a cinco confirmaciones independientes.
Algunos documentos dependían de otros.
Después de depurar esas dependencias quedaban, sin embargo, al menos dos líneas diferentes capaces de sostener el acontecimiento.
Eso era lo importante.
Irene señaló la copia de nombres.
—Si tuviéramos solamente esta hoja, ni siquiera sabríamos por qué fue hecha.
Era cierto.
Sin otros documentos podía parecer una lista aislada.
La certificación posterior permitía devolverla a su contexto.
Sebastián comprendió entonces algo más.
El paso del tiempo no necesariamente borraba los datos.
Podía borrar las relaciones entre ellos.
Un nombre sobrevivía sin fecha.
Una entrega quedaba sin receptor.
Un lugar perdía explicación.
El contenido persistía.
El contexto se erosionaba.
Mauro dijo:
—Entonces nuestro trabajo es volver a unir lo que alguna vez estuvo relacionado.
Sebastián añadió:
—Cuando podamos demostrarlo.
—Sí. Ya aprendí.
Sebastián sonrió.
La relación más tardía incluía una frase:
Conforme a las noticias que quedaron en papeles anteriores.
Eso demostraba que incluso quienes produjeron aquella copia ya trabajaban con documentación derivada.
La memoria documental funcionaba separada del objeto.
El archivo podía comprobar determinadas cosas sin tener el Códice delante.
Aquello daba una función propia a muchos documentos secundarios.
No eran simples residuos inútiles.
Servían para identificar.
También para clasificar o comprobar una procedencia.
Almarza había escrito:
Una vez que la noticia sirve por sí misma, puede conservarse aunque se pierda la razón primera por la que fue copiada.
Ahí estaba una de las claves de la supervivencia.
Un documento podía desligarse de su origen y seguir siendo útil.
Mauro comentó:
—Y después termina como “papeles varios”.
—Exactamente.
—Y nadie sabe qué recordaba.
—Hasta que alguien reconstruye la relación.
Eso era lo que Almarza había intentado hacer.
Y ellos ahora repetían.
Otra hoja contenía una lista de nombres conocida.
Al final el copista había añadido:
No es necesario conservar el libro para comprobar los nombres arriba dichos.
Mauro se quedó inmóvil.
—Eso parece demasiado perfecto.
Sebastián revisó inmediatamente la fecha y procedencia.
La frase pertenecía a una copia posterior de función administrativa.
Almarza había escrito:
La expresión se refiere a la utilidad de la relación, no a la desaparición del volumen.
Otra interpretación espectacular quedaba descartada.
No significaba que alguien hubiese decidido prescindir del Códice.
Solo que, para una tarea concreta, la lista resultaba suficiente.
Irene asintió.
—Y eso facilita que se separen.
Exactamente.
Cuando una copia podía cumplir una función por sí misma, no necesitaba acompañar al volumen.
El manuscrito seguía.
La copia permanecía.
No había misterio.
Había utilidad.
Sebastián empezó a ver el proceso completo.
Un volumen llegaba.
Una entrega obligaba a generar una constancia.
Años después alguien extraía nombres de esa constancia.
Otra persona utilizaba esa copia para comprobar una procedencia.
El volumen podía estar ya muy lejos.
La constancia original podía desaparecer.
La copia sobrevivía.
Siglos después quedaba una lista desconectada.
Solo al reconstruir su genealogía era posible regresar al acontecimiento que la había originado.
Almarza lo expresó así:
No preguntar solamente de qué documento fue copiada esta noticia. Preguntar qué hecho obligó a que existiera el primer documento.
Sebastián dejó el lápiz.
Ahí había un cambio metodológico profundo.
Almarza ya no estudiaba únicamente relaciones entre textos.
Intentaba reconstruir los hechos administrativos que habían producido aquellos textos.
Mauro lo comprendió.
—Si varias copias terminan llevándonos al mismo acto de entrega, el centro no es ninguna copia.
—Exactamente.
—Es el acontecimiento.
—Sí.
Y si ese acontecimiento estaba ligado al movimiento del mismo volumen, podían volver desde la memoria documental hacia su historia material.
Irene observó los cinco documentos.
—Entonces el siguiente paso es el camino inverso.
Sebastián levantó la vista.
—De los papeles hacia aquello que los produjo.
—Exactamente.
Eso era lo que necesitaban.
No bastaba ya con demostrar que el Códice había dejado rastros.
Tenían que comprobar qué rastros podían atribuirse realmente a una misma historia documental.
Antes de cerrar el repertorio, Mauro vio una hoja pequeña añadida entre dos folios.
Contenía una frase:
He buscado durante años el libro en los lugares donde podía estar. Quizá deba buscar primero los documentos que solo pudieron existir porque estuvo allí.
Sebastián la leyó varias veces.
La escritura pertenecía a una fase avanzada del trabajo de Almarza.
No sabían la fecha exacta.
No importaba.
La transformación era clara.
Primero había buscado textos.
Después siguió nombres y procedencias.
Ahora estudiaba consecuencias.
Irene observó la hoja.
—Eso explica cómo pudo llegar tan lejos sin encontrarlo.
Sebastián asintió.
Almarza había aprendido a detectar por dónde había pasado un volumen a través de lo que su paso había obligado a registrar.
Mauro preguntó:
—¿Y si seguimos suficientes huellas, llegamos al Códice?
Sebastián guardó la hoja.
—Llegaremos hasta donde las huellas sigan siendo demostrables.
No prometió más.
La luz de la tarde descendía sobre Valvanera cuando cerraron las cajas.
El receptor posterior a Diego Sánchez seguía sin nombre.
No habían descubierto una nueva ubicación.
El volumen continuaba ausente.
Y sin embargo entendían mejor su historia.
Cada tránsito había podido producir documentos.
Algunos dieron origen a copias.
Varias perdieron su contexto.
Otras fueron recatalogadas o sobrevivieron únicamente en referencias posteriores.
Pero suficientes habían permanecido para que Julián de Almarza reconstruyera una historia de aquello que nunca pudo ver.
Sebastián apagó la última lámpara.
Durante toda la jornada no habían colocado sobre la mesa ninguna descripción física del Códice.
Ni una sola.
Y aun así el volumen había estado presente en cada documento.
Eso era lo que había dejado atrás.
No pergamino arrancado.
No fragmentos repartidos.
Tampoco un mensaje destinado al futuro.
Había dejado actos humanos convertidos en papel.
Personas que recibieron o entregaron algo que debía registrarse.
Otras que copiaron lo que necesitaban.
Y documentos que, mucho después de haber perdido el motivo original por el que fueron escritos, todavía conservaban suficiente memoria para demostrar que aquel volumen había pasado por allí.