72 horas. El juicio de los doce 55 Intuición
98%

55 Intuición

V aleria despertó sobresaltada y se incorporó bruscamente, soltando un quejido de dolor al sentir el tirón en el abdomen.

Respiraba con agitación y durante unos segundos permaneció completamente desorientada, sin reconocer dónde estaba, hasta que el sonido rítmico de las máquinas del hospital terminó por devolverla a la realidad.

Se pasó una mano por el rostro y giró hacia el reloj digital sobre la pared.

Cerró los ojos un instante, todavía alterada por la pesadilla. Había visto sangre, y la sangre provenía de George.

Llevaba inquieta desde que él se había marchado esa tarde.

Había intentado ignorarlo, convencerse de que solo era paranoia después de todo lo ocurrido, pero la sensación no desaparecía.

Murphy llevaba demasiado tiempo planificando su venganza como para no representar una amenaza ahora que todo había salido a la luz.

Presionó el botón para llamar a enfermería y no tardó mucho en aparecer una joven.

―¿Necesita algo, inspectora?

―Sí. Necesito hacer una llamada.

La enfermera dudó apenas .

―Es un poco tarde…

―Créame, si no me deja llamar ahora mismo, voy a arrancarme esta vía intravenosa y caminaré hasta recepción personalmente para quejarme contra usted ―espetó sin suavizar ninguna palabra.

La mujer pareció pensarlo mejor y terminó acercándole el teléfono. Valeria marcó el número de George de inmediato. Esperó un par de tonos, pero nadie contestó.

―¡Maldición, contesta! ―bufó, exasperada.

Volvió a intentarlo con insistencia. Nada. A medida que esperaba, se le formó un nudo en el estómago que la inquietó aún más.

Marcó otro número y esperó apenas unos segundos hasta escuchar la voz adormecida de Mallory al otro lado.

―¿Diga?

―¿Dónde está George? ¿Estás con él?

―¿Qué? ¿Montes? ¿Eres tú? ―preguntó, extrañado.

―Que dónde está Callahan, imbécil. ¿Dónde está?

Mallory suspiró.

―En su casa ―respondió malhumorado―. ¡¿Qué demonios te pasa?!

Valeria apretó el teléfono con fuerza.

―Pero ¿te falla un tornillo? ―estalló en cólera―. No pueden dejarlo solo justo ahora. ¡Murphy lo tiene en la mira!

―Tranquila, Montes. Hay patrullas rondando su casa ―respondió sin alterarse mayormente.

―¡Te pregunté si está solo!

―Sí, pero …

―¿Cómo se les ocurre hacer una estupidez así? ―espetó furiosa―. Murphy está obsesionado con él. ¡Es el siguiente en la lista!

―Montes, cálmate. Además, ya no estás en este caso.

―¡No me voy a calmar una mierda! ―gritó, y la enfermera pareció encogerse dentro de la habitación―. ¡Lo llamé dos veces y no contesta!

Eso hizo callar a Mallory. El miedo se instaló con más fuerza en el pecho de Valeria. No era de corazonadas como Callahan, pero estaba inquieta y esta vez quiso escuchar su voz interior.

Tomó una respiración profunda para tranquilizarse antes de hablar.

―Algo está mal, Mallory ―murmuró―. Tienes que ir ahora mismo a verlo.

―Está bien. Iré, pero probablemente estará dormido.

―Y probablemente eres un idiota si de verdad crees eso ―respondió, alterándose otra vez.

Mallory soltó un suspiro cansado.

―Voy para allá, ¿sí?

―Más te vale. Porque como salga de este hospital y descubra que no fuiste, voy a patearte el culo delante de todo el departamento cuando me recupere.

Mallory terminó soltando una breve risa.

La línea se cortó.

◆◆ ◆

Mallory tardó menos de diez minutos en llegar a la casa de George.

La calle estaba desierta y la lluvia seguía arremetiendo con fuerza, sin dar tregua.

La llamada de Montes le había extrañado, pero cuando le dijo que George no tomaba el teléfono, se preocupó.

Probablemente era sugestión, pero era mejor verificarlo.

Dobló en la esquina y frenó bruscamente frente a la casa de George. Todo estaba oscuro, excepto la cocina, y una columna de humo escapaba desde una de las ventanas laterales.

―¡Mierda! ―exclamó.

Luego distinguió la sombra de un hombre que se alejaba a toda velocidad y se perdía entre los árboles. Por un instante dudó. Podía salir tras él o entrar a la casa. Y, tal como estaban las cosas, intuyó que Callahan seguía dentro y necesitaba ayuda.

Apretó los dientes y tomó la radio.

―Central, aquí unidad dos―catorce. Solicito refuerzos inmediatos, ambulancia y bomberos en la residencia del inspector Callahan, sector Cedar Street. Posible sospechoso huyendo a pie desde el lugar.

―Recibido, dos―catorce. Unidades en camino.

Mallory soltó la radio, abrió la puerta del sedán de golpe y echó a correr hacia la entrada.

―¡Callahan! ―gritó, empujando la puerta principal.

El humo en la cocina flotaba oscuro y espeso, y apenas se podía ver nada. Mallory avanzó cubriéndose la boca mientras seguía el rastro del humo. El aire era cada vez más irrespirable. Cuando vio la trampilla abierta en el suelo, el pulso se le disparó.

―¡Dios mío…! ―exclamó al ver que el fuego provenía desde el sótano.

Este ardía como el infierno y, apenas logró asomarse, divisó a George inconsciente boca abajo junto a la salida.

―¡Mierda! ―exclamó, bajando las escaleras y arrastrándolo lejos de las llamas con rapidez.

El calor era insoportable. Mallory tosió varias veces, lo sujetó por debajo de los brazos y comenzó a arrastrarlo escaleras arriba mientras el fuego crepitaba detrás de ellos.

George no reaccionaba. Cuando consiguió sacarlo hasta la cocina, Mallory lo cargó sobre el hombro y atravesó la casa tan rápido como pudo hasta llegar al antejardín.

El peso de Callahan parecía haberse duplicado al estar inconsciente, pero hizo su mayor esfuerzo por resistir hasta llevarlo fuera del peligro.

Lo recostó a unos diez metros de la puerta de entrada mientras la lluvia caía sobre ellos.

Notó la herida en su pierna. El orificio en la tela y la sangre no dejaba dudas para su interpretación.

La ambulancia llegó casi al instante y se detuvo frente a la casa.

Dos paramédicos descendieron rápidamente con una camilla.

―Tiene una herida de bala en el muslo y estuvo inhalando humo ―informó Mallory al paramédico, todavía agitado .

Uno de ellos le colocó una mascarilla de oxígeno a Callahan mientras el otro revisaba sus signos vitales y presionaba la herida de la pierna para contener el sangrado.

―Pulso débil ―murmuró el paramédico.

Lo inmovilizaron sobre la camilla y aseguraron las correas alrededor de su cuerpo antes de subirlo a la ambulancia. Las luces rojas iluminaron la calle bajo la lluvia mientras, a lo lejos, se escuchaban disparos.

Mientras seguía la ambulancia camino al hospital, Mallory rogó porque hubieran atrapado de una vez al maldito Apostólico.

Pensó en Montes y se estremeció. Si ella no hubiese insistido en que fuera a buscarlo, a esas alturas George Callahan ya estaría muerto.