72 horas. El juicio de los doce Epílogo Una ciudad en paz
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Epílogo Una ciudad en paz

Epílogo Una ciudad en paz

Un mes después

Eldren Vale, Oregon

L a lluvia había dado tregua aquella mañana de otoño, aunque el cielo gris seguía cubriendo Eldren Vale como una sombra permanente.

George se bajó del taxi con lentitud, apoyándose en las muletas, y observó el edificio de la alcaldía antes de avanzar hacia la entrada.

La herida en la pierna seguía molestándole al caminar y probablemente lo haría durante bastante tiempo más.

La bala no solo le había atravesado el muslo; también había fracturado parte del fémur, obligándolo a permanecer dos semanas hospitalizado.

Sin embargo, a pesar de ello agradecía estar vivo.

El pueblo poco a poco intentaba volver a la normalidad.

Las calles habían recuperado movimiento y los canales de televisión dejaron finalmente de hablar del Apostólico cada noche con la frecuencia en que lo hacían.

Kevin Murphy llevaba muerto casi dos semanas.

Lo habían detenido la misma noche del incendio y, dos semanas después, lo habían encontrado ahorcado en su celda utilizando una sábana.

La noticia había provocado más alivio que conmoción.

A George no le extrañó. Alguien con un perfil psicológico como el suyo, que necesitaba tener el control, también querría decidir cómo debía terminar todo, incluso su propia historia.

Atravesó el pasillo principal y encontró a Mallory junto a las puertas de la sala de reuniones. Habían sido citados para dar una conferencia de prensa por el caso del Apostólico .

―Mírate ―soltó este apenas lo vio―. Caminas como un anciano de noventa años. Por cierto, pesas bastante, pero ya me he sometido a un intensivo entrenamiento con pesas para la próxima vez que tenga que sacarte de un incendio.

George resopló.

―Eso explica por qué caminas como si estuvieras destruido.

Mallory sonrió y le palmeó el hombro con afecto.

―Montes ya está adentro. Apenas ayer le dieron el alta y le insistió tanto al teniente Dempsey para estar aquí que al final terminó cediendo ―dijo, entornando los ojos―. Fue imposible hacerla entrar en razón.

George asintió, coincidiendo con él. Eso era algo que en realidad había comenzado a agradarle de Montes. Discutir con ella lo hacía todo más entretenido.

Cuando entró en la sala, todos se encontraban allí.

La vio enseguida. Montes permanecía sentada junto a la ventana, leyendo el periódico.

Tenía muchísimo mejor aspecto, aunque todavía necesitaba muletas para caminar.

Sus lesiones habían sido bastante más severas que las suyas y la recuperación avanzaba con mayor lentitud, pero los médicos eran optimistas.

Solo era cuestión de tiempo para que pudiera reincorporarse al trabajo.

Cuando ella se topó con sus ojos, sonrió. Se veía mucho más tranquila y ligera. Sin embargo, se empeñaba en fingir irritación y en disimular que se alegraba de verlo.

George se le acercó.

―Vaya, Hollywood. Pensé que llegarías en silla de ruedas ―bromeó Montes.

―Y yo pensé que dejarías de ser insoportable conmigo después de estar a las puertas de la muerte.

Mallory soltó una carcajada mientras se cruzaba de brazos y los observaba a ambos como si se tratara de un partido de tenis. Montes lo fulminó con la mirada antes de volver la atención a George.

―Deberías estar agradecido por salvarte la vida ―espetó ella, fingiendo indignación―. Si no fuera por mí, Mallory no te habría visitado esa noche y ahora serías un trozo de carbón. Y aun así él se llevó todo el crédito.

―Me gusta esta historia, Montes ―respondió George con una carcajada―. En especial la parte en que lo amenazaste con patearle el culo delante de todos si no iba a mi casa como se lo ordenaste.

―No fui por George ―intervino Mallory, encogiéndose de hombros―. Fui por puro instinto de supervivencia. Le tengo aprecio a mi culo.

La conversación fue interrumpida por los pasos del teniente Hayes y el teniente Dempsey.

George los observó acercarse y, por primera vez desde que lo conocía, tuvo la impresión de que Dempsey parecía relajado.

Incluso creyó distinguir el inicio de una sonrisa.

Estaba tan acostumbrado a verlo con el ceño fruncido, fumando sin descanso, que aquella imagen le resultó extraña.

―Bien ―dijo Dempsey, tomando asiento en la cabecera y esperando a que se hiciera el silencio―.

Antes de ir a la sala donde se realizará la conferencia, quería hablar con ustedes.

No voy a endulzar nada. Este caso fue un infierno y pudo haber tenido un desenlace mucho peor, pero lo resolvieron y le devolvieron la paz a Eldren Vale ―añadió―.

Solo quería decirles que hicieron un trabajo extraordinario.

No pudimos salvar a todos; sin embargo, evitamos que siguiera ocurriendo. Y eso es lo que importa.

Montes pareció incómoda con el reconocimiento y a George le dieron ganas de reír por verla así.

Alguien llamó a la puerta.

―Disculpe, teniente, pero estamos listos.

―Bien. Todos a la sala de conferencias ―ordenó Dempsey, levantándose de los primeros.

Hayes se acercó a Montes y la ayudó a incorporarse. A su compañera no le pareció bien que la ayudara, pero se contuvo de decirlo y apretó los labios.

―Deberías aprovechar la licencia para descansar ―dijo el teniente.

Ella bufó.

―No sé hacer eso. Estoy aburrida de estar de brazos cruzados .

―Pues aprende. Además, Mike estará contigo mientras yo esté fuera en mi luna de miel.

Montes sonrió tan solo al escuchar el nombre de su hijo. Hayes lo había llevado a diario al hospital y el niño rápidamente había estrechado un vínculo con ella.

Luego ella habló en un tono que estaba lejos de ser hostil.

―Todavía me cuesta creer que alguien haya aceptado casarse contigo.

―Sí, bueno, yo tampoco entiendo cómo ocurrió.

Todos rieron. Hayes se adelantó y George se situó al lado de Montes. Era casi cómico verlos a los dos avanzar con ayuda de sus muletas.

La conferencia de prensa comenzó cinco minutos después.

Los flashes iluminaron el salón apenas aparecieron y durante varios minutos respondieron preguntas relacionadas con Murphy, los asesinatos y el suicidio ocurrido en prisión.

Incluso George tuvo que hacer referencia a su propio secuestro para que dejaran de especular.

Perdió la cuenta de cuántas veces mencionaron la palabra « Apostólico ».

―Inspector Callahan ―preguntó una periodista―, ¿piensa reincorporarse pronto al trabajo?

―Eso espero.

―¿En algún momento deseó regresar a la actuación mientras estuvo sometido por Murphy en el sótano de su casa?

George guardó silencio un instante .

―No. Mi vida ya no está ahí. Soy inspector de policía y este es el trabajo que quiero hacer.

Las preguntas continuaron varios minutos más hasta que finalmente todo terminó.

―Montes ―dijo George―. Te acompaño a casa. Podemos compartir el taxi.

―Está bien.

Mallory los vio alejarse juntos y negó con la cabeza.

―Dios mío ―murmuró lo suficientemente alto como para que lo escucharan―. Parecen dos jubilados escapando del asilo.

―Vete a la mierda, Mallory ―dijo Montes, y George soltó una carcajada.

El trayecto fue corto. La casa de Montes era pequeña y sencilla, ubicada en el extremo sur del pueblo.

George nunca había estado allí hasta ese día.

No había grandes lujos ni pretensiones, solo lo esencial.

De algún modo, le pareció que encajaba con ella.

Era una casa práctica, sobria y sin adornos innecesarios. Le agradó estar allí.

La miró fijamente y Montes lo notó.

―¿Qué? ―espetó ella.

George sonrió apenas.

―Nada. Te ves mejor ―dijo, y ella soltó una risa suave.

―Tú sigues caminando horrible.

―La bala me atravesó una pierna.

―A mí casi me reconstruyeron entera y, aun así, creo que camino con más dignidad que tú .

George negó con una sonrisa. Se observaron en silencio por varios segundos junto a la puerta de entrada. Entonces él habló sin pensarlo demasiado.

―Cuando dejemos de parecer inválidos, ¿te gustaría salir conmigo?

Montes parpadeó, claramente sorprendida. Luego sonrió apenas.

―Depende.

―¿De qué?

Ella inclinó levemente la cabeza.

―De si esto no es solo consecuencia de la morfina y el trauma de tu doble secuestro.

George soltó una carcajada y, esta vez, Montes también rio con él.

Afuera, Eldren Vale por fin volvía a respirar en paz.