72 horas. El juicio de los doce 54 El Infierno
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54 El Infierno

G eorge tragó saliva y tensó discretamente las muñecas contra la cuerda para evaluar la sujeción. Se le habían entumecido los dedos y el mareo se negaba a abandonarlo, pero tenía que conseguir tiempo.

―El otro día, en el hospital, tenías el brazo derecho lastimado ―dijo George.

―No era cierto ―le respondió, sentándose frente a él para observarlo con una tranquilidad escalofriante―. El cabestrillo en mi brazo solo era una excusa para visitar a tu compañera y saber si me había reconocido, pero estaba tan gravemente herida que no creí que sobreviviera.

―Estás enfermo ―espetó George con rabia―. ¿Sabes que te pudrirás en prisión?

Murphy se encogió de hombros.

―No me importa. He podido vengarme de la mayoría de los que me negaron la ayuda cuando mi hermano desapareció.

―¿Cómo sacaste a Whitaker de la casa sin que nadie lo notara? ―preguntó George, intentando ganar tiempo.

Murphy sonrió apenas, encendió un cigarrillo y se tomó un momento antes de responder .

―Eso fue fácil. Dejé el Chevrolet por un costado de la casa, fuera del campo de visión de la calle.

Él ya estaba débil y el cloroformo hizo el resto.

Cayó sobre el escritorio y me desordenó todos los libros que había dejado ordenados ―comentó, chasqueando la lengua con fastidio.

Sonrió otra vez y George ocultó un estremecimiento―.

Después me lo cargué al hombro y lo saqué por la parte de atrás de la casa.

Lo metí en la cajuela y nadie vio nada. Nadie sospechó una mierda.

Ustedes estaban demasiado ocupados creyendo que Whitaker había escapado con su amante. Los engañé a todos.

Murphy permaneció inmóvil unos segundos. Luego sonrió. George tensó las muñecas contra la cuerda, intentando liberarse. Necesitaba mantenerlo hablando.

―Si querías venganza, podrías haberlos matado sin más. ¿Por qué convertirlo en algo tan elaborado?

―¿Elaborado? ―repitió Murphy, sonriendo apenas.

Dio una larga calada al cigarrillo y exhaló el humo con lentitud―.

Una bala era demasiado simple. Cualquiera puede apretar un gatillo, Callahan.

Eso habría sido rápido, fácil y demasiado aburrido.

Quería que sus padres sufrieran a través de los hijos.

Quería que entendieran lo que era sentir miedo, dolor y desesperación.

Y además... ―esbozó una sonrisa― los apóstoles me parecieron perfectos.

Mártires que murieron de una manera horrible. ¿No te parece?

―Lo que me parece es que estás demente ―espetó con rabia, sin dejar de retorcer las muñecas contra las cuerdas―. No vas a salir de aquí, Kevin. Será mejor que te entregues .

―No necesito salir muy lejos ―dijo, poniéndose de pie y apagando la colilla con la planta del zapato.

Tomó una pequeña botella que estaba en el rincón y supo que era algún tipo de solvente cuando la abrió. Lo esparció sobre las paredes y estanterías. El estómago de George se contrajo, intuyendo cuál sería su final y la idea no le agradaba en absoluto.

―Kevin… ―dijo, pero él lo ignoró y continuó rociando el suelo con tranquilidad.

―Escucha esto, Callahan ―dijo, mirando el techo y sonriendo como un desquiciado―. Toda tu vida alguien vino a salvarte, pero esta vez no será así.

George intentó mantenerse sereno, aunque continuaba luchando contra las cuerdas que ataban sus muñecas. Se había hecho daño, pero no le importó.

―Ryan no tuvo esa suerte, aunque ya me encargué del maldito que lo mató ―dijo Murphy, sacando un encendedor del bolsillo de su chaqueta.

George forcejeó con desesperación. Alguien llamó. El sonido del teléfono podía escucharse hasta allí, estridente, como una advertencia de peligro. Murphy lo notó. Incluso agudizó el oído para escuchar. Saltó el contestador, pero nadie habló.

―¡Murphy! ―le gritó, pero él se limitó a encender el fuego y colocarlo frente a sus ojos, ignorando el insistente sonido que provenía del teléfono otra vez.

La pequeña llama iluminó brevemente su rostro y George se estremeció cuando miró sus ojos. En ellos vio todo el mal de la humanidad concentrado en una sola persona. La sonrisa diabólica, sumada a las marcas que Margaret Boen había dejado al atacarlo, lo hacía parecer un ser del inframundo.

Kevin tomó un trozo de cuerda y lo encendió. Luego la arrojó al suelo. El fuego se expandió con rapidez. Las llamas treparon por las paredes y el aire se volvió asfixiante en cuestión de segundos.

―¿Crees en el Cielo, George? Porque yo creo en el Infierno.

Murphy retrocedió hasta las escaleras que conducían a la salida y desapareció en la oscuridad. El teléfono nuevamente comenzó a sonar.

George, desesperado, tiró de las ataduras hasta que consiguió liberar una de sus manos.

Con rapidez y tosiendo repetidas veces, desató la cuerda de su mano izquierda hasta conseguir liberarse.

Cada respiración le quemaba los pulmones.

Se arrastró, dejando un reguero de sangre a su paso, hasta llegar al pasillo.

Las llamas consumían la madera sobre su cabeza con demasiada rapidez y el aire se había vuelto irrespirable.

Luchó por avanzar hasta quedar a apenas un metro de la salida, pero todo comenzó a oscurecerse a su alrededor.

Lo último que pensó antes de hundirse en la inconsciencia fue que quizá Murphy tenía razón: toda su vida alguien había llegado a tiempo. Esta vez no.