72 horas. El juicio de los doce 53 En peligro
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53 En peligro

E ran las once de la noche cuando George llegó a casa. Estaba visiblemente agotado y le ardían los ojos. Llevaba demasiadas horas sin dormir, sometido a tanta tensión.

―Descansa, Callahan ―dijo Mallory cuando detuvo el sedán frente a su puerta―. Ya me he encargado de que haya patrullas pasando por aquí toda la noche. No vas a estar solo hasta que amanezca.

―Estaré bien ―dijo―. Murphy sería un idiota si se atreviera a merodear por aquí.

Mallory asintió y luego se marchó. Las calles estaban vacías. Eldren Vale parecía contener la respiración desde que se había dado a conocer el rostro del verdadero culpable por los canales de televisión.

Se giró sobre sus pies y entró en la casa.

Todo estaba oscuro y tranquilo. Sacó las llaves del bolsillo del pantalón y abrió la puerta.

Encendió la luz y se quitó la chaqueta mojada, dejándola sobre una silla.

Entonces algo llamó su atención. Había una taza sobre la encimera y él no recordaba haberla dejado allí.

Dudó. Tal vez el cansancio le estaba pasando factura.

Sin embargo, él no era de los que olvidaba las cosas. Jamás .

Con todos los sentidos alerta, se sirvió un vaso de agua mientras recorría el interior de la vivienda con la mirada buscando algo fuera de lugar.

Se detuvo otra vez. La puerta de su dormitorio estaba entreabierta y estaba seguro de haberla dejado cerrada.

Era un hábito que tenía desde que era niño, ya que eso lo hacía sentir más seguro.

El cansancio desapareció de golpe y con lentitud deslizó la mano hacia la funda de su arma y la levantó.

Empujó la puerta con cuidado y apretó el interruptor de la luz, pero no se encendió.

Antes de que pudiera hacer nada, el impacto de una bala le perforó el muslo.

George cayó al suelo y disparó contra la silueta oscura, pero el proyectil se estrelló contra un espejo al fondo de la habitación.

Entonces lo entendió. Murphy había colocado el espejo en el ángulo exacto para que su reflejo pudiera verse desde la puerta como si estuviera esperándolo allí dentro.

No le había disparado a Murphy, sino a su imagen.

George volvió a levantar el arma, pero Murphy le pateó la mano desde un costado y esta salió despedida fuera de su alcance.

Intentó incorporarse pese al dolor punzante que le atravesaba la pierna y forcejeó con todas sus fuerzas.

Sin embargo, Murphy tenía ventaja al estar de pie y le propinó una patada en el rostro que lo aturdió.

Entonces le presionó un paño sobre la nariz y la boca, y George ya no tuvo fuerzas para resistirse.

El cloroformo invadió sus pulmones de golpe y todo se volvió negro.

Cuando George volvió en sí, lo primero que escuchó fueron los quejidos de Murphy debido al esfuerzo que hacía para moverlo.

Lo estaba arrastrando por un estrecho pasillo y claramente no le resultaba fácil.

Sentía el roce áspero y frío de la superficie bajo su espalda y un dolor insoportable latiéndole en la pierna herida, mientras intentaba hacer a un lado la nebulosa mental.

Abrió apenas los ojos y distinguió la silueta de Murphy tirando de él con una sola mano, sujetándolo por el antebrazo.

Avanzaba con dificultad, respirando rápido.

Cada tanto soltaba un gruñido de dolor y se llevaba la mano derecha al hombro izquierdo, sobándoselo antes de volver a tirar de él.

George intentó incorporarse, pero apenas consiguió mover el torso antes de que un dolor agudo le atravesara la pierna.

El mareo volvió de golpe. Murphy lo notó enseguida y giró la cabeza hacia él.

―Tranquilo, ya casi llegamos ―exclamó con la respiración agitada.

George frunció el ceño.

―¿Dónde estamos? ―preguntó cuando observó mejor el recinto.

Era un cuarto pequeño que olía a madera húmeda y a falta de ventilación.

Una única ampolleta colgaba del techo, balanceándose apenas.

El cuarto era una especie de sótano sin ventanas que alguna vez hizo de bodega, o esa impresión tuvo George.

Las estanterías antiguas y vacías que cubrían una de las paredes reforzaban esa impresión.

Al costado había una escalera con peldaños de concreto sin pasamanos.

―No sabes cuánto tiempo pasé en esta casa cuando era niño… ―dijo entre jadeos―. Solíamos sacrificar animales con Ryan aquí .

―¿Me estás diciendo que estamos en la que fue tu casa?

Murphy negó despacio.

―No. Mi casa estaba atrás, donde ahora tienes ese cobertizo. Antes había una construcción pequeña y miserable con dos habitaciones en su lugar ―jadeó―. Esta casa era de un anciano que se lo pasaba demasiado borracho como para notar nuestra presencia aquí.

A George se le oprimió el pecho. Kevin se detuvo un instante para recuperar el aliento y luego le ató las manos por detrás de la espalda. George sabía que necesitaba ganar tiempo y, aunque físicamente se sentía debilitado, su mente poco a poco comenzó a despejarse.

―Lo más curioso ―continuó Murphy― es que jamás imaginé que terminarías viviendo aquí. Después de todos estos años ―dijo, riendo con sarcasmo― parecía una broma del destino.

Un escalofrío recorrió la espalda de George al escucharlo. Fue entonces cuando tomó verdadera conciencia de lo que Kevin acababa de decir: habían estado todo ese tiempo dentro de su propia casa. No entendía cómo podía existir un lugar así sin que él lo hubiera descubierto antes.

―¿Dónde estamos exactamente?

Murphy lo observó unos segundos, como si disfrutara de aquella confusión.

―Debajo de tu cocina.

La respuesta le revolvió el estómago. Entonces comprendió algo aterrador: Kevin había estado mucho más cerca de él de lo que imaginaba.