52 Intensa búsqueda
Eldren Vale, Oregon
L a búsqueda de Kevin Murphy continuó durante horas, incluso al anochecer.
Se registraron carreteras, moteles, estaciones de autobuses, propiedades abandonadas y caminos forestales.
Las patrullas recorrían Eldren Vale bajo la lluvia sin descanso, mientras los reportes se acumulaban en la radio sin conducir a ninguna parte.
Las especulaciones sobre el paradero del Apostólico no dejaban de repetirse en los noticieros.
Nadie se atrevía a salir de casa. Había miedo colectivo.
La fotografía del apacible bibliotecario aparecía en los canales locales e incluso en algunos de cobertura nacional como el hombre más buscado del momento.
Nadie sabía dónde se encontraba. Era como si Murphy hubiera desaparecido de la faz de la tierra.
George permanecía de pie junto al escritorio de Dempsey mientras el departamento entero parecía haberse convertido en un enjambre.
Todo era movimiento, ruido y teléfonos sonando sin descanso.
Seguía ensimismado, observando la Biblia negra de letras doradas sobre el escritorio del teniente.
Habían tenido al asesino delante de sus narices durante días, semanas para ser exactos, y no había sido capaz de darse cuenta.
El bibliotecario era todavía más inteligente de lo que había imaginado; los había manipulado con una habilidad excepcional, ganándose su confianza y estableciendo falsos vínculos para desviar la atención hacia donde quería.
«Estúpido», se reprochó en silencio, todavía molesto consigo mismo.
Se dejó caer en la silla frente al escritorio, demasiado conmocionado como para pensar con claridad.
Todavía intentaba aceptar que el hombre amable y servicial que habían conocido era en realidad el Apostólico , mientras reorganizaba mentalmente cada conversación y cada encuentro que había tenido con él.
Mallory apareció empapado después de regresar de la casa de Murphy. Llevaba barro en los zapatos y una expresión sombría que no presagiaba nada bueno. Habían encontrado nueva evidencia relacionada con la planificación de los crímenes.
―Se ha escondido bien el maldito ―dijo, sentándose a su lado―. Hayes me ordenó ir a su casa a echar un vistazo otra vez.
Mallory apretó los dientes y George supo que algo quería decirle, pero no encontraba las palabras.
―Ya, suéltalo de una vez ―lo instó―. ¿Qué no me estás contando ?
―Encontramos un cuaderno con la lista de las víctimas y con el orden que planeó para los asesinatos ―dijo, tragando saliva mientras se acomodaba en la silla―. Tú eras el próximo, Callahan, luego de Margaret Boen.
A George se le erizó el vello de la nuca al escucharlo.
―¿Y qué apóstol eligió para mí?
―Bartolomé ―le respondió con incomodidad.
―Pues lo tiene difícil, porque toda la maldita ciudad lo está buscando ―replicó George con frialdad.
Aun así, un escalofrío le recorrió la espalda. Si había una forma de morir que no le gustaría experimentar, era precisamente como había muerto Bartolomé. Según se sabía, lo habían desollado vivo antes de decapitarlo.
George se pasó una mano por el rostro y permaneció unos segundos en silencio, observando el caos que reinaba en el departamento.
―Tengo que dar una declaración a la prensa ―soltó Mallory, arrancándolo de sus pensamientos―. Hayes cree que la ciudad está al borde de la histeria y quiere tranquilizar a la gente antes de que empiecen a encerrarse con escopetas en las casas.
A George le causó gracia y sonrió.
―¿Y desde cuándo tú eres bueno tranquilizando personas?
―Desde nunca ―replicó Mallory, devolviéndole la sonrisa―, pero al parecer hoy me tocó ser la cara amable del departamento .
―¿Vas a ir a ver a Montes después? ―preguntó George, frotándose los ojos con cansancio.
Mallory negó con la cabeza.
―No creo que alcance a ir hoy.
―Entonces iré yo ―dijo George―. Debe estar volviéndose loca ahí encerrada mientras mira las noticias.
Mallory lo miró unos segundos antes de ponerse de pie.
―Bien, intenta volver pronto. Tendremos reunión en una hora y media más y Hayes nos quiere a todos aquí.
No mucho después, George abandonó la oficina y condujo hasta el hospital. Seguía lloviendo con fuerza y la temperatura había descendido unos cuantos grados. Valeria Montes estaba despierta cuando entró en la habitación. Tenía mejor color que el día anterior y un brillo intenso en la mirada.
―Demonios, Callahan, te ves como la mierda.
George estuvo a punto de sonreír.
―Tú tampoco luces especialmente encantadora ―dijo, acercándose a ella y tomando su mano.
Montes resopló apenas y luego dejó caer la cabeza sobre la almohada.
―Odio estar aquí metida mientras todos ustedes lo buscan. Necesito atrapar a ese hijo de puta ―dijo con rabia, pero George también notó una cuota de frustración en su voz.
―Encontramos cosas en su casa. Ese tipo es un verdadero psicópata .
Montes lo miró, apretando los labios. Era la segunda vez que George percibía en ella esa faceta vulnerable, como si exponer sus emociones la rompiera como un trozo de cristal.
―¿Qué es lo que me quieres decir? ―la instó.
Ella suspiró y se acomodó con dificultad sobre la cama.
―Escúchame bien, George ―dijo con firmeza―. No quiero que estés solo hasta que atrapen a ese infeliz.
Era la primera vez que ella lo llamaba por su nombre y le gustó.
―Montes… ¿me vas a decir que ahora sí sientes afecto por mí? ―bromeó, pero ella no consiguió relajarse y bufó.
―Te estoy hablando en serio.
―Habrá patrullas cerca de mi casa durante la noche, Montes. Estaré bien.
―Me importa una mierda eso ―espetó con furia, pero George sabía que en realidad lo que la motivaba a comportarse así con él era la preocupación―.
Ese enfermo lleva semanas adelantándose a todos nosotros y tú eres su principal objetivo.
Ese desgraciado está resentido. Así que deja de actuar como si fueras invencible, Hollywood.
La brusquedad de siempre seguía intacta y, contra toda lógica, eso fue precisamente lo que lo tranquilizó.
Durante mucho tiempo había encontrado insoportable a su compañera.
Era terca como una mula y tenía un carácter tan áspero como un cactus.
Y ni hablar de esa necesidad constante de llevarle la contraria.
Sin embargo, en algún punto aquello había dejado de irritarlo.
Ahora era justamente eso lo que más admiraba de ella.
Montes nunca retrocedía ni se quebraba delante de los demás.
Jamás fingía. George descubrió que aquella fuerza de la naturaleza le resultaba peligrosamente atractiva.
La observó unos segundos en silencio y luego le acarició el rostro con una ternura inesperada incluso para él. Montes se calló de inmediato, claramente sorprendida por el gesto.
―Estaré bien. Se hará lo que tú digas.
―Y más te vale hacerme caso, porque como salga de aquí y descubra que hiciste alguna estupidez, te voy a patear el culo personalmente.
George soltó una carcajada y, esta vez, Montes también rio con él.