51 Por poco
L a moto avanzó a toda velocidad entre los árboles.
Kevin prefería morir antes que permitir que lo atraparan.
Era tanta la adrenalina que recorría sus venas que hasta olvidó durante algunos minutos el dolor en el hombro.
Sin embargo, a medida que avanzaba y se convencía de que había dejado el peligro atrás, este se volvió insoportable.
Cada vibración del terreno le arrancaba una punzada que le robaba hasta el aire.
Aquella maldita mujer le había hecho verdadero daño con la piedra. Sabía que tenía una fractura.
Apretó los dientes y continuó avanzando mientras recuperaba la confianza y el control.
El sonido de las sirenas podía escucharse a la distancia.
Sin embargo, nadie conocía la zona mejor que él.
Había pasado tiempo recorriendo el terreno de noche, aprendiendo cada sendero y desnivel, estudiándolo con atención.
Sabía que allí estaba seguro, al menos de momento.
Cuando divisó finalmente la abertura entre las rocas, apagó el motor y se bajó, tratando de controlar el dolor del brazo con respiraciones profundas.
El hombro le punzaba tanto que por un momento pensó que se desmayaría.
La cueva apenas era visible desde el exterior.
Los arbustos y la abundante vegetación ocultaban casi por completo la entrada.
Kevin empujó la moto hacia el interior hasta dejarla protegida de la lluvia y luego se dejó caer contra la pared de piedra con una mueca de dolor.
Respiraba agitado. Se palpó el hombro por encima de la ropa y soltó una maldición entre dientes.
Necesitaba atención médica, pero acudir a un hospital era imposible.
Lo habían descubierto. No le quedaba otra que esconderse como un animal herido dentro de la cueva.
Cerró los ojos y sacó con dificultad un cigarrillo desde el bolsillo interno de su chaqueta.
Lo encendió con manos temblorosas y aspiró con fuerza, para luego expulsar el humo con irritación.
Habían llegado antes de lo previsto. Mucho antes.
Estaba convencido de que tenía tiempo para terminar lo que había comenzado y luego desaparecer sin dejar rastro, pero Callahan había unido las piezas demasiado rápido. Lo había subestimado. Ese fue su error.
―¡Estúpido! ―se reprendió en voz alta.
Se palpó el arma en el bolsillo y eso de algún modo lo relajó. La había tomado antes de huir de la casa, junto con algo de dinero, municiones y algunas provisiones. Por suerte había alcanzado a prepararse un poco antes de que todo se fuera al carajo.
Pensó en George Callahan y la ira volvió a adueñarse de sus pensamientos.
Nadie había hecho nada por su hermano cuando desapareció.
En cambio, Callahan lo había recibido todo.
Atención, compasión, ayuda. Su hermano había desaparecido como si nunca hubiese existido, mientras toda Eldren Vale se había volcado a proteger al hijo del alcalde .
Los dedos de Kevin se cerraron lentamente alrededor del arma y decidió que las cosas no podían terminar así. Tal vez ya no podría completar la lista, pero se encargaría de George Callahan. Castigaría a sus padres, los verdaderos culpables.
Kevin apoyó la cabeza contra la roca fría y permaneció así durante horas, inerte, mientras el dolor seguía latiendo en su hombro como una quemadura viva.
Luego sonrió otra vez. Aunque tuviera que arrastrarse para hacerlo, encontraría la manera de acabar con él.