72 horas. El juicio de los doce 50 Cazando al monstruo
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50 Cazando al monstruo

G eorge salió disparado de la biblioteca mientras la voz de Mallory respondía con la misma urgencia a su llamado e insistía en que repitiera la información.

―¡Ripley es Murphy! ―confirmó George casi sin aliento mientras corría hacia la patrulla.

Llegaron casi al mismo tiempo y subieron de un salto.

George pidió refuerzos de inmediato mientras Mallory encendía el motor.

Había comenzado a llover otra vez y el viento sacudía las copas de los árboles con una violencia estremecedora.

La sirena comenzó a resonar por las calles, captando la atención de transeúntes y automovilistas.

Cuando tomaron la carretera hacia la propiedad de Ripley ―o, mejor dicho, de Murphy―, la lluvia se estrellaba con fuerza contra el parabrisas y el asfalto.

George mantenía la mirada fija al frente mientras Mallory conducía a toda velocidad.

―Esta vez lo atraparemos al maldito ―dijo Mallory.

Pero George no respondió. Algo le decía que Murphy ya había previsto ese momento desde mucho antes.

Cuando llegaron a la casa, las luces estaban apagadas. Mallory frenó bruscamente frente al antejardín. Después desenfundaron sus armas al bajar. George avanzó primero hacia la puerta principal mientras Mallory inspeccionaba alrededor. Estaba cerrada.

―¡Policía! ¡Abra la puerta! ―gritó George.

El instinto se agudizó y rodeó la propiedad por el otro lado.

Fue cuando escuchó el motor rugir. Murphy emergió sobre una moto por el costado como una sombra que arrasa a gran velocidad.

Llevaba puesto un casco, pero George lo reconoció sin dificultad.

Le habría gustado perseguirlo en la suya.

Sin embargo, no tenían tiempo para ir por ella.

―¡Mierda! ―rugió Mallory.

Corrieron hacia la patrulla y, una vez subieron, salieron tras él.

La persecución comenzó de inmediato. Las ruedas de la patrulla patinaron, pero rápidamente se estabilizaron y consiguieron mantener el control.

Murphy conducía como un suicida y por un momento George pensó que no lo alcanzarían.

Tomaba las curvas sin disminuir la velocidad, a pesar de la lluvia.

―¡Lo perdemos! ―rugió George.

―¡No! ¡Lo tengo a la vista! ―rebatió Mallory.

Entonces Murphy abandonó abruptamente la carretera principal y tomó un camino de tierra que se internaba entre el bosque.

Mallory maldijo y giró tras él. La patrulla derrapó y durante unos segundos solo vieron barro, agua y hojas chocando contra el parabrisas.

Y luego desapareció. No había rastro de él.

Mallory frenó bruscamente cuando una enorme rama, derribada por el viento, apareció bloqueando el camino .

George descendió de la patrulla y gritó con frustración. Lo habían perdido. El sonido de su voz se disipó bajo la lluvia con la fuerza del viento.

―¡Murphy! ―gritó, con la respiración agitada y los latidos acelerados por la adrenalina.

En cuestión de minutos llegaron más patrullas. Luego perros. Después un helicóptero. Pero no encontraron absolutamente nada. Murphy conocía bien el lugar y sabía cómo ocultarse sin dejar rastro. Era como si el bosque se lo hubiese tragado.

George permaneció inmóvil bajo la lluvia mientras observaba a un gran equipo de búsqueda desplazarse entre los árboles. Lo habían tenido. Y lo habían perdido.

◆◆◆

Media hora después, George y Mallory atravesaban la puerta de la casa de Kevin Murphy mientras los peritos comenzaron a levantar evidencia.

Era pequeña, sencilla y absurdamente ordenada.

George recorrió lentamente la sala de estar.

No había fotografías familiares. No había adornos personales ni ningún recuerdo que revelara una vida compartida con alguien más.

No existían artículos femeninos de ningún tipo que evidenciaran que tuviera esposa. Solo libros y los había por montón.

―Inspectores, encontramos algo en la habitación .

George y Mallory lo siguieron hasta detenerse frente al baúl de madera que estaba junto al televisor. Cuando el técnico abrió la tapa, se tensó.

―Son restos óseos humanos ―informó el forense con gravedad―. Por el tamaño y el estado de conservación, podrían corresponder a un niño. Esto es antiguo.

―Ryan Murphy ―aseguró George, convencido de que Kevin había recuperado los restos de su hermano cuando tuvo la oportunidad.

Mallory asintió, dándole la razón, y ordenó enviarlo al laboratorio de inmediato para su análisis.

George continuó recorriendo la habitación, abrazado por una sensación oscura.

Murphy era retorcido. Había algo profundamente perturbador en comprender que toda aquella perversidad, toda aquella ausencia absoluta de empatía y humanidad, había convivido con ellos durante semanas bajo el rostro tranquilo de un hombre servicial.

Se encomendó al Señor mientras recorría la casa.

Podía incluso respirar el mal como algo tangible con cada paso que daba, concentrado en la mente inescrupulosa de un solo hombre.

Kevin Murphy no solo había inventado una identidad.

Había construido una vida, pieza por pieza, y lo había hecho durante años.

―Inspector ―dijo uno de los técnicos forenses―. Encontramos algo en el taller.

George salió de la casa y cruzó el antejardín.

El columpio se balanceaba con el viento, haciendo chirriar las cadenas con un sonido que se le antojó espeluznante.

Cuando entró en el taller, lo primero que percibió fue el olor a barniz.

Las herramientas colgaban ordenadas en la pared.

George avanzó lentamente entre las mesas de trabajo y vio los fragmentos de madera apilados junto a una sierra circular.

«Los restos de las cruces», pensó. Uno de los peritos levantó una bolsa de evidencia que parecía contener algunos objetos de las víctimas, como relojes, gargantillas y aretes, aunque todavía tenían que verificarlo.

Mallory abrió otro cajón y le hizo un gesto a George para que se acercara. Extrajo varias hojas cubiertas de anotaciones religiosas, escritas con una letra diminuta y meticulosa.

―Este tipo está completamente obsesionado contigo.

George tomó una de las anotaciones. Todo estaba clasificado como un inventario.

Había noticias de periódicos antiguos que hacían una pequeña referencia a la desaparición de Ryan Murphy y, en mucha mayor cantidad, artículos sobre su secuestro, además de una serie de imágenes que evidenciaban que Murphy había seguido de cerca su pasado como actor.

Un oficial apareció entonces en la entrada del taller con nueva información.

―Acaba de llamar el teniente Hayes. Llegó el informe completo del vehículo en el que escapó Margaret Boen.

George levantó la vista de inmediato.

―¿Y?

―Las fibras encontradas coinciden con las halladas en la ropa de varias víctimas. También la sangre. Las huellas de Murphy están por todas partes y encontramos herramientas utilizadas para restauración de libros: una prensa de encuadernación, agujas para cosido de hojas, cola y cordel.

George suspiró. Había estado tan cerca de atraparlo, y se les había escapado por los pelos.

Dejó los periódicos sobre la mesa de trabajo, imaginando a Murphy allí, alimentando durante años aquella obsesión enfermiza en silencio, observándolos desde lejos mientras lo planeaba todo con estudiada atención.

La mandíbula se le tensó mientras pensaba en las víctimas, en Montes, incluso en él mismo.

Su venganza no conocía límites. El Apostólico poseía riqueza intelectual, pero pobreza moral y un vacío espiritual aterrador.

Su dolor se había convertido en algo monstruoso, y ahora estaba libre en algún lugar de Eldren Vale, oculto entre las sombras.

George se prometió en ese momento que no descansaría hasta encontrarlo. Mientras Kevin Murphy siguiera libre, nadie en Eldren Vale estaría realmente a salvo.