72 horas. El juicio de los doce 49 Abriendo los ojos
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49 Abriendo los ojos

L a lluvia había cesado hacía apenas unos minutos cuando George se subió a la patrulla luego de abandonar el hospital. Estaba optimista. El ciclo del asesino se había roto y el hallazgo de las instalaciones militares que el Apostólico utilizaba para perpetrar sus crímenes reafirmaba su buen ánimo.

Mallory lo observó de reojo, tendiéndole un café antes de arrancar el motor.

―Pensé que no te dejarían salir tan rápido.

―A Montes no le van los sentimentalismos ―respondió George con una sonrisa―. Le autografié el yeso.

Mallory soltó una carcajada que por poco lo hizo atragantarse con el café.

―Me habría gustado verle la cara ―dijo cuando logró recomponerse―. Hayes la pilló viendo una de tus películas hace un par de días, pero creo que preferiría lanzarse por un barranco antes que admitirlo.

George se rio abiertamente mientras avanzaban de camino a la universidad. La verdad era que a él también su peculiar compañera se le estaba metiendo bajo la piel.

Por otra parte, no podía quitarse de la cabeza la idea de que el Apostólico debía estar hirviendo el cólera, al igual que el café que se estaba bebiendo. Probablemente estaba desesperado por su fracaso. Los tipos como él no toleraban perder el control.

Pronto llegaron a la universidad. Había estudiantes caminando por los alrededores, como si ya hubieran olvidado los horrores que habían ocurrido allí.

A George no le extrañó. El ser humano poseía una extraña capacidad para seguir adelante incluso después de las tragedias más brutales.

Se aferraba a la rutina como una forma de supervivencia y seguridad.

Tal vez esa era la única manera de conservar la cordura: la necesidad casi instintiva de retomar la normalidad.

El director de la universidad, Aaron Pierce, los recibió en su oficina con buena actitud, dispuesto a colaborar en todo. A esas alturas, toda la ciudad parecía vivir pendiente de los movimientos de la policía.

―Inspectores, cualquier cosa que necesiten ―dijo apenas tomaron asiento―. Todos aquí queremos que esto termine de una vez.

George asintió sin rodeos.

―Necesitamos hacerles unas preguntas a algunos de sus empleados, señor Pierce, como parte de la investigación ―dijo George, entregándole una hoja con los nombres.

―Por supuesto ―respondió el director mientras ajustaba sus lentes en el puente de la nariz―. El profesor Wheeler se encuentra dando clases ahora, pero tiene una hora libre en treinta minutos ―dijo, mirando su reloj.

―¿Y qué hay de Scott Larson ?

George percibió un leve cambio en la expresión de su rostro a la mención de ese nombre y se puso alerta. Ya tenía algunos antecedentes sobre él que Montes había recopilado antes de su accidente. Sin embargo, no había nada que lo implicara o lo volviera realmente un sospechoso.

―Larson fue acusado de intento de asesinato hace algunos años, pero lo declararon inocente ―explicó el director―.

Es cierto que es reservado y que su aspecto puede resultar intimidante.

Sin embargo, es un hombre confiable. Lo conozco bien.

Solo era un muchacho defendiendo a su madre de las golpizas de su padrastro cuando ocurrió todo.

Jamás nos ha dado problemas y siempre ha hecho bien su trabajo.

Supervisa y coordina al personal del aseo.

George intercambió una rápida mirada con Mallory antes de señalar el tercer nombre.

―¿Y Kenneth Ripley?

El director dejó la hoja sobre el escritorio y se recostó contra el respaldo de la silla.

―Un hombre ejemplar ―aseguró―. No ha venido estos últimos días. Reportó una lesión en el brazo por un accidente en su taller. Según tengo entendido, debe permanecer en reposo al menos una semana.

George asintió. Recordaba habérselo encontrado en el hospital utilizando un cabestrillo. Resultaba difícil imaginarlo reduciendo físicamente a una víctima en ese estado.

―Bueno, por suerte tiene a su esposa para asistirlo.

El director frunció levemente el ceño .

―Ripley no está casado. Hasta donde sé, vive solo.

A George le pareció extraño el comentario. Mallory pareció pensar lo mismo, porque lo miró frunciendo el ceño.

―Señor Pierce ―pidió George, carraspeando―, ¿nos permitiría echar un vistazo rápido en la biblioteca?

El director asintió de inmediato.

―No hay problema. Pueden acceder donde necesiten.

Poco después, George y Mallory abandonaron la oficina del director.

Mientras avanzaban, observaron a lo lejos la figura alta y algo desgarbada de Scott Larson.

Apenas los vio, esquivó la mirada y se alejó por el pasillo con rapidez.

George comprendió que estaba asustado y que aquella actitud nerviosa y evasiva no encajaba con la de un depredador serial capaz de planificar cada movimiento y dominar la situación.

―Ve a la biblioteca a ver si encuentras algo mientras yo hablo con él ―dijo Mallory, quizás concluyendo lo mismo que él―. Nos vemos en la patrulla en un rato. Mantén el radio encendido.

George asintió y avanzó por el pasillo hasta llegar a la entrada de la biblioteca. Había pocos estudiantes dentro y, luego de dirigirle una mirada curiosa cuando notaron su presencia, continuaron ensimismados en sus actividades.

Comenzó revisando la mesa con las etiquetas para clasificar los libros.

Había bastante trabajo pendiente por hacer.

A simple vista, todo parecía normal. Luego avanzó hacia el escritorio de Ripley.

Levantó papeles y algunos libros. Abrió y cerró cajones movido por una corazonada más que por simple curiosidad.

Iba a cerrar el último de ellos cuando un libro antiguo de tapa negra, parcialmente cubierta por unas carpetas, llamó su atención.

No le habría dado importancia si no hubiera visto las letras doradas grabadas en la cubierta.

Era una Biblia. George experimentó una extraña sensación en todo el cuerpo cuando la tomó y abrió el libro por la primera página.

Entonces lo vio. El nombre del padre Charles Mitchell estaba escrito en la primera hoja.

La Biblia era la misma que había sido robada desde sus aposentos el día en que sufrió el ataque.

Las palabras de la religiosa llegaron de golpe a su cabeza: «Dijeron que había sido un robo, pero nunca faltó nada, salvo su Biblia personal».

Durante varios segundos, George permaneció inmóvil, observando aquellas letras desgastadas por el tiempo mientras algo comenzaba lentamente a encajar dentro de su cabeza.

La tía de Murphy había mencionado que solía aislarse durante horas para leer.

Estaba obsesionado con los libros religiosos.

George comprendió que en realidad estaba obsesionado con los libros.

También recordó otros comentarios respecto a él, donde alababan su inteligencia.

Pensó en la etiqueta que encontraron adherida a la túnica de una de las víctimas y se estremeció.

Todo empezó a unirse con una claridad aterradora.

George levantó lentamente la vista hacia las estanterías que lo rodeaban.

Los textos religiosos. La historia de los mártires.

Los símbolos. Habían estado mirando al monstruo durante semanas sin verlo en realidad.

Y entonces algo más regresó a su memoria con una claridad reveladora.

El día en que se encontraron con Kenneth en el hospital había pronunciado unas palabras que lo habían delatado, y él no lo había visto: «Tuvo suerte…

no todos sobreviven a un accidente así».

George se quedó inmóvil y se recriminó por su estupidez, por no haberlo visto.

La información sobre el atropello de Montes jamás había sido revelada públicamente.

La prensa solo había informado que Valeria Montes había sufrido un accidente grave, pero jamás se explicó qué tipo de accidente había tenido.

Con la adrenalina recorriendo su cuerpo, George tomó su radio y llamó a Mallory.

―¿Qué pasa? Cambio.

―¡Es Murphy! ―exclamó George, echando a correr hacia la patrulla―. ¡Kenneth Ripley es Kevin Murphy!