48 El autógrafo
Eldren Vale, Oregon
E l noticiero transmitía una y otra vez por televisión el hallazgo de la guarida del Apostólico.
El sitio permanecía cercado con cinta amarilla mientras una treintena de hombres, equipados con trajes especiales para no contaminar la escena, iban y venían trasladando el material extraído del interior para someterlo a análisis de laboratorio.
Valeria observaba con tanta atención las noticias que no se percató del momento en que Callahan había entrado en su habitación.
―Parece que ya no podremos quitarnos a la prensa de encima ―murmuró él, observando el televisor.
―Son gajes del oficio, Hollywood ―respondió―. Bien hecho. El maldito bastardo sabe que tiene los días contados antes de que lo atrapemos. ¿Cómo van con la lista?
―Avanzando. Anoche estuvimos hasta tarde con Mallory quitando nombres. Descartamos a todos los que no hubieran trabajado en la universidad durante los últimos veinte años, y cruzamos los datos con las características físicas que entregó Margaret Boen .
Valeria desvió por fin la vista del televisor.
―¿Y?
―Quedaron catorce hombres. Todos coinciden con el rango de edad, son altos y tienen ojos azules. Algunos todavía trabajan en la universidad. Apenas salga de aquí, iré a interrogarlos mientras esperamos los resultados forenses del Chevrolet de Kevin Murphy y las muestras recogidas en el subterráneo.
Valeria asintió mientras Callahan se sentaba a su lado y le tomaba la mano.
Mentiría si dijera que no le sorprendió el gesto.
Es más, le agradó. Él tenía la piel cálida y le acariciaba el dorso con el pulgar de una manera que la relajaba.
Percibía el cansancio bajo sus ojos azules y la tensión acumulada en sus hombros.
Había algo profundamente injusto en verlo reducido a aquella vulnerabilidad mientras ella tampoco podía hacer nada para ayudarlo.
Los médicos ya le habían advertido que todavía le esperaba una larga recuperación en el hospital antes de poder volver al trabajo.
―¿Cómo estás? ―le preguntó él con esa serenidad a la que ya se había acostumbrado.
Hacía tres semanas le parecía un verdadero imbécil y ahora solo quería disfrutar de su compañía.
De algún modo su voz tenía un aire acogedor, apaciguador.
Valeria se preguntó cómo rayos conseguía sostenerse luego de todo lo que había visto en ese lugar.
George Callahan se había ganado todo su respeto y admiración.
Le sonrió antes de contestar .
―Mejor. Impaciente por volver a ver a mi hijo ―respondió mientras se acomodaba con suavidad en la cama―. Hayes lo traerá más tarde y estoy... emocionada.
―Me alegro mucho por ti, Montes ―comentó, sincero―. Te lo mereces.
Callahan le soltó la mano y se levantó. La sensación de vacío que la abrazó al romper el contacto se fue desvaneciendo poco a poco. Montes se reprendió en silencio. Lo único que faltaba era volverse dependiente de un hombre como él.
La puerta de la habitación se abrió unos segundos después y Mallory apareció con una carpeta apretada contra el pecho.
Estaba agitado. Tenía el cabello desordenado, ojeras y una expresión que asustaría a cualquiera.
Valeria tuvo la impresión de que usaba la misma ropa del día anterior, porque estaba toda arrugada.
―Dime que traes buenas noticias ―murmuró Callahan.
―Eso depende de cómo lo veas.
Mallory se acercó hasta él y le entregó la carpeta. Callahan la abrió y leyó de inmediato, sin pronunciar palabra.
―¿Qué es? ―preguntó Valeria, observando la expresión de ambos.
―Hay irregularidades en tres de los nombres de la lista ―explicó Mallory―.
Experiencia laboral falsa, nombres que no aparecen en la base de datos y uno de ellos fue acusado de intento de asesinato hace ocho años.
Fue declarado inocente, pero yo no me fiaría.
Necesitamos localizarlos antes de que desaparezcan .
―Está bien ―dijo Callahan, devolviéndole la carpeta―. Dame unos minutos con Montes.
―Te espero en la patrulla ―dijo Mallory―. Y tú, recupérate pronto, Montes.
Valeria quiso responder, pero el nudo que se le instaló en la garganta sin aviso le impidió hablar.
Terminó desviando la mirada hacia el televisor encendido.
Afuera seguían mostrando imágenes del antiguo recinto militar mientras los periodistas hablaban del Apostólico como si fuera una figura legendaria. De algún modo lo era.
De repente, en contra de su voluntad, los ojos de Valeria se llenaron de lágrimas, y Callahan lo advirtió enseguida.
―No me digas que al final terminé agradándote y ahora quieres que te firme un autógrafo ―bromeó para hacerla sentir mejor.
Funcionó.
―No exageres, Hollywood . Todavía me caes mal la mayor parte del tiempo ―respondió, recuperando la compostura.
Callahan estalló en una carcajada, y ella no pudo evitar soltar un quejido de dolor al secundarlo.
―Tranquila, Montes ―dijo sacando un bolígrafo de su bolsillo y escribiendo en el yeso de su pierna―. Cuando seas vieja y famosa por soportarme, esto va a valer una fortuna.
Callahan se inclinó para besarle la frente y luego abandonó la habitación en silencio, mientras ella permanecía inmóvil, atrapada en sus pensamientos. Cuando él ya estaba por cerrar la puerta, ella le gritó :
―¡Hollywood, mantenme informada y atrapa a ese desgraciado de una vez!