72 horas. El juicio de los doce 47 El infierno
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47 El infierno

L o primero que percibió George al internarse en ese lugar fue el olor a metal oxidado mezclado con material en descomposición.

Mallory no cerró del todo la puerta hasta que George encendió una pequeña linterna que guardaba en el bolsillo de su pantalón.

El sitio era una especie de sótano sin ventanas, con paredes metálicas y suelo de hormigón.

Junto a la puerta, George divisó una caja de cerillas y una lámpara a gas, y, un poco más adelante, una gotera marcaba un ritmo similar al de un minutero, solo que el sonido parecía repercutir en las paredes y proyectarse hacia el fondo.

Avanzaron con sigilo por el pasillo largo y oscuro, siempre con sus armas en alto.

Después doblaron a la derecha y divisaron diversas habitaciones que en el pasado debieron cumplir funciones de bodega.

Una serie de estantes metálicos se alineaban contra la pared.

El olor a humedad estancada y a descomposición era tan fuerte que George tuvo que contener una arcada.

―Este lugar huele fatal ―susurró Mallory detrás y George asintió.

Guardaron las armas cuando se aseguraron bien de que no había nadie dentro.

George contó doce habitaciones más, además de las que habían servido como bodegas en el primer tramo subterráneo, y en cada una encontró vestigios que no dejaban lugar a dudas: el asesino había dispuesto cada espacio como un escenario para el martirio, replicando las muertes de los amigos de Jesús con una crudeza desconcertante.

Comprendió entonces que Kevin Murphy era un verdadero sádico y que esto sobrepasaba una simple venganza.

En la primera habitación, el suelo estaba cubierto de aserrín, mezclado con lo que supuso era sangre.

En uno de los rincones, George vio restos de madera apilados.

Eran los extremos de la cruz donde seguramente había clavado el cuerpo de Andrés Dalton.

Se estremeció y elevó una plegaria silenciosa por su alma.

Junto a los tablones, unos clavos largos y gruesos se asomaban dentro de una caja abierta.

También estaba la ropa de la víctima, arrugada y olvidada en un rincón junto a una bicicleta.

El marcador rojo con el logo de la universidad, abandonado sobre una silla, confirmó su hipótesis: el asesino trabajaba en la universidad.

George visualizó con claridad en su mente el momento en que el Apostólico había trazado las letras en el abdomen del pobre muchacho.

―Este tipo es un verdadero lunático ―susurró George con el pecho apretado.

―Jamás vi algo más horrible que esto ―agregó Mallory, dándole la razón.

Avanzaron en silencio hacia la siguiente habitación, y luego otra, y otra más.

Cada una de ellas revelaba los horrores que padecieron sus víctimas.

En algunas había lanzas rudimentarias hechas de bambú o de algún material similar.

En otras, unas argollas metálicas estaban incrustadas en las paredes, de las que aún colgaban restos de cuerda.

En las siguientes las mesas se habían construido especialmente como un escenario de tortura.

Era escalofriante. Espadas, sierras, piedras de distintos tamaños y otros objetos utilizados para lastimar.

―Es un maldito desgraciado ―espetó George, apretando la mandíbula mientras recorría con la mirada cada rincón.

Cuando finalmente cruzaron miradas, no hizo falta decir nada. Ambos entendían que aquello superaba cualquier escena previa del caso, que estaban ante el núcleo mismo de todo.

―Vámonos. Ya deben estar por llegar.

Salieron con rapidez, agradeciendo la lluvia y el aire limpio.

George puso al corriente al teniente Hayes de lo que habían visto y esperaron que llegaran los refuerzos y el equipo de criminalística.

Esta vez no bastaría con asegurar la escena.

Esta vez tendrían que desmadejar un santuario del terror.

Esperaron dentro de la patrulla en absoluto silencio, todavía conmocionados por lo que habían presenciado.

Fuera, la lluvia no dejaba de caer.