46 Una verdad irrefutable
Eldren Vale, Oregon
G eorge Callahan permanecía inclinado sobre la mesa desde hacía tantas horas que ya no distinguía con claridad si el cansancio provenía del cuerpo o de la mente.
Mallory parecía sentirse igual. Trabajaba a su lado en silencio, pasando páginas y deteniéndose de vez en cuando en algún nombre que debía verificar en otro cuaderno.
―Son demasiados ―murmuró Mallory, sin levantar la vista.
George también lo pensaba. Incluso después de filtrar por sexo y rango de edad, la lista seguía siendo extensa.
Habían descartado mujeres, hombres demasiado jóvenes o demasiado mayores, de baja estatura o de ojos diferentes al azul.
A todo aquel que no coincidiera con el perfil básico.
Aun así, no era suficiente. La lista era tan extensa que a ratos parecía una pérdida de tiempo.
La cantidad de registros de personas que se habían trasladado a Eldren Vale durante los últimos veinte años era mayor de lo que pensaban, lo que resultaba desmoralizador .
―Quitemos de la lista a todos los que no hayan trabajado en la universidad ―sugirió George―. Eso debería reducirla bastante.
Mallory asintió, esperanzado.
George tomó el informe de la declaración de Margaret Boen y lo repasó por enésima vez, deteniéndose en las mismas líneas. Después tomó otro documento con los datos del vehículo en el que había escapado la mujer. No tenían aún el informe forense, pero sí los datos de los dueños anteriores.
―La patente del Chevrolet está registrada a nombre de Kevin Murphy ―informó George―. Adquirió el vehículo en un remate a fines del ochenta y tres.
Mallory se inclinó hacia él con curiosidad.
―Esto es bueno, Callahan, porque seguro encontraremos ADN de este infeliz en el interior. Al fin podremos desenmascararlo.
George asintió. Releyó la declaración de Margaret Boen y se detuvo en la palabra «ojos azules».
Sabía que eran muchos los hombres que compartían esa característica en Eldren Vale, pero cuando tomó el retrato hablado y lo observó con detenimiento, algo en ese rostro no terminaba de encajar.
El gorro le cubría parte de la frente y aparecía una sombra mal definida en la zona del mentón.
Las facciones estaban distorsionadas, no porque el dibujante fuera impreciso, sino porque Margaret insistió en que estaba demasiado oscuro para hacer una descripción mejor.
Lo que mejor guardaba en su memoria era la forma de los ojos y la expresión de su mirada.
Margaret aseguraba que, si viera esos ojos otra vez, sería perfectamente capaz de reconocer a su secuestrador.
La puerta de la sala de reuniones se abrió y el teniente Hayes entró con un café en la mano.
―¿Qué han conseguido?
―Hemos reducido bastante la lista, señor, pero todavía no es suficiente ―respondió Mallory. Luego miró el reloj―. Estamos por salir al lugar que describió Margaret Boen, donde asegura que el vehículo se internó desde la carretera.
―¿Por qué es relevante ir a ese lugar? ―preguntó Hayes, luego de dar un sorbo a su café.
George intervino con calma, levantándose de la silla y haciendo un dibujo en la pizarra.
―Tomamos este punto de referencia ―indicó―, el letrero publicitario de la lechería Valle Claro que divisó Margaret Boen desde el vehículo y revisamos qué había en los alrededores.
Lo único que aparece son antiguas instalaciones subterráneas del ejército, depósitos de municiones de los años cuarenta que fueron cerrados por inundaciones y declarados inutilizables.
Si tenemos razón, el Apostólico lleva ahí a sus víctimas para asesinarlas.
―Eso explicaría la aparición de óxido adherido en las ropas de las víctimas ―afirmó Hayes, asintiendo―. Y también por qué ese infeliz se desvió ahí cuando secuestró a Margaret.
―Exacto, teniente ―respondió George.
―Mi abuelo solía hablar de esos depósitos ―comentó Mallory mientras tomaba la chaqueta para abrigarse―. Decía que era un sitio muy difícil de encontrar, y que cuando llovía el terreno se tragaba los caminos improvisados. Era fácil perderse.
Hayes no dudó.
―Bien. Eso explicaría por qué el Apostólico lo eligió. Dejen todo y vayan de inmediato. Recorran toda la zona y lleven sus radios ―ordenó, sosteniendo la taza en alto―. Avísenme enseguida si encuentran algo.
Hicieron el camino en silencio, con Mallory al volante. George observó las nubes a través de la ventana, ensimismado en sus propios pensamientos y convencido de que pronto se largaría a llover.
―¿Por qué dejaste la actuación? ―le preguntó de pronto Mallory, sacándolo de sus pensamientos.
George lo miró y comprendió que, en las casi tres semanas que llevaba trabajando allí, no había intercambiado información personal con nadie más que con Montes.
Sabía que, al principio, a Mallory tampoco le había agradado la idea de trabajar con él, pero en los últimos días había percibido un cambio: había pasado de bromear a su costa a recibir un trato respetuoso por su parte.
―Porque dejó de bastarme ―respondió, tras un instante―. Al principio creí que era lo que quería, pero después comprendí que necesitaba hacer algo que ayudara a los demás. Siempre he tenido facilidad para recordar fechas, detalles y patrones, y entendí que no debía desperdiciarlo, y aquí estoy.
Mallory hizo un gesto de asentimiento con la cabeza .
―Montes no estaba contenta con tu incorporación ―admitió―. Ni yo tampoco, pero al cabo de unos días trabajando contigo nos dimos cuenta de que estás hecho para esto.
―¿Montes te habló bien de mí? ―se sorprendió George.
Mallory se rio.
―Ni hablar. Jamás reconocería que le gusta cómo trabajas. No somos amigos, pero la conozco desde hace tiempo y no te mira como al resto. Le gustas. ―George abrió grandes los ojos―. Tranquilo, no de esa forma.
Sonrió recordando la noche que habían pasado juntos, aunque no dijo nada. Eso era algo que se guardaría para él.
Pocos minutos después, divisaron el letrero publicitario y bajaron la velocidad.
―Entra por aquí. No deberíamos estar lejos ―dijo George, observando a su alrededor con agudeza.
Estuvieron alrededor de quince minutos dando vueltas sin hallar nada hasta que George notó marcas de neumáticos impresas en el barro.
―Detente ―pidió.
Mallory obedeció. Apagó el motor y bajaron para adentrarse caminando en silencio por el bosque, siguiendo las marcas de los neumáticos.
El terreno cambió de manera gradual, volviéndose más irregular y cerrado.
En apariencia era un sitio completamente olvidado, con una maleza que crecía descuidada entre los árboles.
Se apreciaba una zona boscosa compleja, delimitada por una malla oxidada que se extendía por varios metros.
George vio un cartel descolorido con la advertencia: «No pasar.
Recinto privado», y supo que habían llegado.
―Mallory, es aquí ―dijo en voz baja, por si el asesino se encontraba cerca.
Ingresaron despacio, y notaron que a simple vista parecía un terreno olvidado con pequeñas construcciones que debieron cumplir alguna función menor por aquellos años. Sin embargo, era mucho más que eso, y pronto lo sabrían.
―Mira, esa es la camioneta de Whitaker ―dijo Mallory, dándole un codazo para llamar su atención.
George asintió. El corazón le latía rápido en el pecho y comprobó su arma.
Mallory hizo lo mismo. Se acercaron al vehículo sin hablar, comunicándose únicamente por gestos.
Las primeras gotas de lluvia se dejaron caer sobre sus cabezas.
Miraron dentro del vehículo por la ventanilla, pero no se veía nada fuera de lo normal.
―Mira, hay otra camioneta aquí, y si no me equivoco, es la que usó el infeliz para atropellar a Montes. El parachoques está abollado ―dijo Mallory, señalando la parte delantera con la mano.
George se acercó y echó un vistazo rápido al parachoques. Mallory tenía razón. Después observó la zona de carga y encontró cuerda y una enorme lona oscura. Al levantarla, descubrió varias manchas de sangre que la suciedad ayudaba a disimular.
―Daré aviso de nuestra posición y solicitaré refuerzos ―informó Mallory .
La lluvia aumentó en intensidad, y entonces George percibió un golpeteo rítmico del agua chocando contra el metal.
Avanzó buscando el origen del ruido, hasta que dio con él.
George le hizo un gesto a Mallory para que se acercara.
Una gran puerta metálica se ocultaba bajo la copa de los árboles.
Tomaron sus armas y se miraron por última vez antes de entrar.
George comprendió, al abrir la puerta y percibir la oscuridad y el olor ferroso, que ese lugar era el infierno.