45 Irreparable
K evin Murphy había llegado cerca de la medianoche a su casa, entumecido y con el hombro severamente lastimado. Todavía no era capaz de procesar lo que había pasado. La maldita se le había escapado, llevándose su automóvil.
Caminó por la orilla del camino, refugiándose entre los árboles cada vez que pasaba una patrulla. Estaba seguro de que lo estaban buscando a él. La oscuridad de la noche le permitió ocultarse sin problemas. Sin embargo, estaba frustrado y adolorido. Tardó horas.
«Estúpido», pensó.
Cuando llegó a casa, cerró la puerta con un golpe seco. Maldijo entre dientes y caminó hacia la cocina, buscando hielo. Estaba cansado y furioso; demasiado furioso como para ir a dormir. Había estado tan cerca.
«Idiota incompetente», se dijo.
Abrió la nevera con brusquedad. La luz del aparato le iluminó el rostro endurecido por la ira.
Sacó una bolsa de hielo y la apretó contra el hombro mientras se dejaba caer en un viejo sofá.
Le dolía tanto que estaba seguro de que se pondría morado.
Incluso llegó a pensar que se había roto el hueso, lo que parecía altamente probable.
El impacto con la piedra había sido brutal .
―Maldita perra ―murmuró con la mandíbula apretada.
No había sido un golpe limpio, sino salvaje, desesperado, con la adrenalina por las nubes, y justamente por eso había funcionado.
Lo había tomado por sorpresa. Ni siquiera recordaba el instante exacto en que pasó.
Solo el estallido de dolor y la visión borrosa.
Luego el sonido del motor alejándose mientras él permanecía de rodillas sobre la tierra, con el hombro entumecido, viendo desaparecer su automóvil por la carretera.
―¡Maldición! ―estalló en cólera, lanzando la bolsa de hielo contra la pared.
Había dedicado demasiado tiempo a construir aquello para que ahora se rompiera por culpa de una mujer histérica que debía haber estado demasiado drogada como para reaccionar.
Tres días. Siempre tres días.
El ciclo tenía sentido y se había roto inesperadamente. El reloj seguía avanzando y él apenas podía mover el brazo sin quejarse de dolor. Ni siquiera podía conducir bien en ese estado, y aunque pudiera hacerlo, ya era demasiado riesgoso porque ella había escapado, y también lo había visto.
Cerró los ojos un instante y reclinó la cabeza hacia atrás. Se preguntó si ella recordaría sus facciones. La oscuridad lo protegía, también el gorro, pero la mujer había estado cerca, demasiado cerca. Había forcejeado con él.
Su respiración se aceleró cuando una palabra apareció en su mente como un disparo: «ADN» .
Se levantó, rojo de ira, y se dirigió hacia el fregadero. Se observó las manos. Tenía los nudillos hinchados y pequeñas marcas rojizas en los dedos. Se maldijo por su estupidez. Se había quitado los guantes mientras conducía para encender la hierba, y los había dejado dentro del vehículo.
«¡Maldición!»
Tomó jabón y comenzó a lavarse las manos con una intensidad casi frenética, frotando también bajo las uñas.
Levantó la vista lentamente hacia la ventana oscura del fregadero.
Su reflejo le devolvió una imagen distorsionada.
Podía ver cada surco en su rostro, marcado por la tensión.
Incluso su mirada parecía más oscura de lo normal.
Sabía que revisarían por completo el Chevrolet, y era imposible, aunque había sido cuidadoso, no encontrar algo que lo vinculara con él: alguna fibra de ropa, una huella o un cabello. Cualquier cosa.
Bebió de golpe una cerveza que había tomado de la nevera y luego arrojó la lata vacía sobre el mesón.
Necesitaba pensar, pero a causa del dolor no podía hacerlo con claridad.
Caminó lentamente hacia la habitación y se metió dentro de la cama sin siquiera quitarse la ropa.
Miró el reloj. El tiempo corría, pero ya no podía hacer nada para remediar su error.
Una víctima muerta guardaba silencio. Una viva no.
La carcajada amarga que brotó de su garganta le pareció ajena, como si no hubiera salido de él.
Fue presa de las náuseas, aunque sabía que era por el dolor.
Sudaba, no por frío, sino porque el hombro le palpitaba.
Y todo por culpa de ella.