44 Un nuevo comienzo
V aleria montes estaba aburrida de estar en una cama de hospital.
Permanecía la mayor parte del tiempo despierta, viendo noticias o resolviendo crucigramas, una afición que había adquirido en el departamento de policías cuando los días eran demasiado tranquilos.
A ratos se sumergía en reflexiones profundas que la hacían cuestionarse lo que había sido su vida hasta entonces, lo que atribuía al hecho de haber estado a punto de morir.
Vivía para trabajar, porque no tenía otra motivación para hacerlo, salvo su hijo.
Sin embargo, ya no veía las cosas de la misma manera.
Casi una semana. Eso le habían dicho. Casi una semana entre la vida y la muerte, suspendida en un lugar donde el tiempo parecía no existir, y luego el regreso abrupto, sin lagunas ni confusión.
Recordaba todo: el impacto, su cuerpo despedido por el aire y el golpe brutal.
Pero lo que más la frustraba era no haber visto su rostro.
Y con lo cerca que había estado de atraparlo.
Cerró los ojos con fuerza y se acomodó en la cama, abrazada por una sensación de impotencia. No podía hacer nada desde ahí. Esa era, quizás, la parte más insoportable de todo, más que sus heridas o lo dolorosa que sería su rehabilitación .
Volvió a girarse sobre la cama y encendió la televisión con el mando a distancia.
Lo primero que apareció en pantalla fue el rostro de George Callahan en una de sus películas.
Valeria no pudo evitar sonreír. En realidad, ahora que lo miraba bien y que lo conocía un poco más, se daba cuenta de que Hollywood era mucho más que un rostro bonito.
Era leal, inteligente y sabía cómo tratar a las personas.
Algo de lo que ella carecía con mayúsculas.
Cuando Valeria salió del coma, lo hizo envuelta en una calma desconocida.
Fue la presencia de Callahan, su voz, la que la guio de regreso.
Lo primero que percibió fue el calor de su mano sujetando la suya, y después su voz.
Y lo más desconcertante de todo es que le agradó esa sensación de familiaridad.
Era alivio. Pese a sus esfuerzos por evitarlo, se estaba encariñando de él.
El rostro de Callahan apareció en un primer plano.
―En realidad se le da bastante bien la actuación ―dijo en voz alta, sonriendo.
La idea de ser su compañera ya no le resultaba tan incómoda como antes. Era una verdad que Hollywood se había instalado sin pedir permiso en sus pensamientos, sorteando cada una de sus resistencias, cada una de las barreras que había erigido para protegerse.
La puerta se abrió y Hayes la encontró sonriendo como una tonta. De inmediato apagó la televisión y endureció las facciones. Él se detuvo un segundo en el umbral.
―¿Puedo pasar? ―preguntó con suavidad .
Valeria asintió. Últimamente, tanto Hayes como el teniente Dempsey la trataban como si fuera a romperse, aunque no se libró del rapapolvo por perseguir sola al sospechoso el día del accidente.
Hayes se acercó a la silla junto a la cama y se sentó sin decir nada al principio. Hubo un silencio que le recordó otros tiempos, cuando eran capaces de dialogar sin lastimarse, cuando todavía no estaba todo perdido entre ellos.
―Te ves mejor ―dijo Hayes, rompiendo el silencio―. ¿Cómo te sientes?
Valeria lo observó con detenimiento. La miraba sin la hostilidad habitual, sin ese aire de superioridad que le irritaba tanto. Tampoco era lástima. Era otra cosa, algo que le parecía más honesto.
―Mortalmente aburrida, pero bien ―respondió, sin apartar la vista.
Hayes asintió levemente, como si esa respuesta fuera suficiente. Entrelazó las manos e inclinó el cuerpo hacia adelante.
―Supe que ya te enteraste de que Whitaker está muerto ―Valeria asintió―. Bueno, ayer fue secuestrada una de las mujeres de la lista, pero fue lo bastante lista como para escapar. George ya le ha tomado declaración y están trabajando en un retrato hablado, así que pronto daremos con ese desgraciado.
―Eso es bueno ―respondió, esperanzada .
Hayes la observó un momento más y Valeria notó que estaba nervioso. Finalmente, exhaló y sacó unas fotografías del bolsillo de su chaqueta y se las tendió.
Cuando Valeria se dio cuenta de lo que estaba haciendo se le llenaron los ojos de lágrimas.
Su hijo Mike aparecía sonriendo en varias fotografías y en distintos momentos de su vida.
Se le formó un nudo en la garganta que le impidió hablar.
Y cuando por fin pudo decir algo, no pudo evitar que las palabras salieran a modo de reproche.
―Han pasado dos años, Robert…, dos años.
―Lo sé ―dijo con pesar―. Lo siento mucho, Valeria.
―Llevo mucho tiempo sin beber una gota de alcohol. Ni siquiera me dan ganas. Ya no me gusta. He perdido demasiado por culpa de la bebida ―reconoció, sin dejar de mirar las fotografías de su hijo.
―Perdóname, Valeria. Yo también me equivoqué. No todo fue culpa tuya ―reconoció, dolido―. Al principio, cuando me llevé a Mike, solo lo estaba protegiendo. Pero después actué más por resentimiento hacia ti que por otra razón. Lo lamento.
Valeria frunció el ceño, sorprendida por esa confesión. Las palabras quedaron suspendidas en el aire, y era inevitable que se sintieran incómodas, ajenas.
―Nunca supe cómo entenderte… ―continuó él, buscando la forma de decirlo―. Fui muy egoísta. Lo lamento tanto.
Valeria sintió una punzada de algo que no pudo nombrar. No estaba preparada para perdonar. No todavía. Pero tampoco era el rechazo que solía despertarse en su interior con solo escuchar su nombre.
―Quiero ver a mi hijo, Robert ―pidió, rogando en su fuero interno que aceptara―. ¿Qué le has dicho sobre mí?
―Le he dicho que estabas enferma, pero que ya estás mejor ―respondió, poniéndose de pie―. Hay algo que me gustaría decirte. Luego de casarme con Sophie, nos mudaremos aquí. Y, si estás de acuerdo, podemos compartir la custodia del niño.
Valeria se emocionó tanto que se incorporó con rapidez y un dolor agudo en el abdomen la hizo gritar. Hayes se acercó, preocupado, y la ayudó a reclinarse con suavidad.
―Tranquila, te harás daño.
Valeria cerró los ojos, intentando contener el dolor. Cuando volvió a mirarlo, ya no lo hacía con resentimiento. Le tembló el labio y le regaló la primera sonrisa sincera en mucho tiempo. Una lágrima rodó lentamente por su mejilla.
―No creo que podamos ser amigos, Robert ―admitió en voz baja―, pero podremos dejar de lastimarnos.
Hayes la observó, asintiendo. Se le habían relajado los hombros y la expresión de su rostro.
―Con eso me basta ―respondió él con suavidad―. Mañana traeré a Mike.
Valeria suavizó el gesto. Hayes la sorprendió con una caricia suave en la cabeza y luego se marchó. Por primera vez en mucho tiempo, experimentó la felicidad.
Buscó con la mano la imagen del Sagrado Corazón de Jesús bajo la almohada y tuvo que reconocer que solo un milagro pudo haber ablandado el corazón de su exmarido.
La sostuvo entre los dedos, recordando la insistencia de Callahan, que le pedía no alejarla de su lado.
Besó el Corazón de Jesús con los ojos cerrados, permitiéndose por primera vez creer que, incluso en los momentos más difíciles, alguien podía escuchar.