72 horas. El juicio de los doce 43 El principio del fin
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43 El principio del fin

Eldren Vale, Oregon

M allory le hizo un gesto a George para que lo siguiera hasta la oficina de Frank Dempsey.

George había llegado muy temprano ese día, decidido a avanzar con la lista de personas que se habían mudado a Eldren Vale durante los últimos veinte años.

Imaginó que se trataba de algo serio, por la expresión de su rostro.

Seguramente iban a informarle que había aparecido otra víctima, pero se equivocó.

―Callahan, anoche intentaron secuestrar a una mujer, pero consiguió escapar ―dijo Dempsey sin rodeos mientras encendía un cigarrillo.

George observó el cenicero y se percató de que su jefe debía estar muy estresado como para haberse fumado ya seis a esa hora de la mañana. No era para menos. Eldren Vale había pasado de ser un pueblo tranquilo y seguro para convertirse en el escenario de una película de terror.

―¿Está herida? ―preguntó George.

―La golpeó en el rostro y tiene algunos rasguños menores. Nada de gravedad. Se descartaron fracturas ― respondió el teniente, apoyando ambas manos sobre el escritorio―. Lo importante es que se trata de Margaret Boen y...

―Y está en la lista ―completó la frase George.

―Exacto ―confirmó el teniente―. La prensa aún no se ha enterado y espero que eso siga así.

Mallory, encárgate de monitorear cualquier hallazgo del vehículo en el que escapó la víctima; en cuanto tengamos resultados del análisis, quiero que me informes de inmediato.

Callahan, ve a hablar con ella. Está en la sala de interrogatorios.

George fue de inmediato. Mientras avanzaba por el pasillo, ya sabía con lo que se encontraría.

No hacía falta abrir la puerta para saber que la mujer tendría las manos temblorosas, la respiración entrecortada y la mirada de alguien que apenas puede contener el miedo dentro de su cuerpo.

Lo sabía porque eran las mismas sensaciones que había experimentado él cuando fue secuestrado.

De alguna manera lo revivió todo en esos segundos en que se desplazaba de un lugar a otro.

Los años no habían borrado nada, los recuerdos lo seguían acompañando, a pesar del tiempo.

Se detuvo frente a la sala de interrogatorios y suspiró antes de abrir la puerta.

Margaret Boen era joven, tenía el cabello negro y los ojos oscuros.

Era menuda y parecía encogerse ante el más mínimo sonido.

Lo miró con ojos de cervatillo asustado.

Tenía el pómulo inflamado y el ojo y los labios amoratados.

Los rasguños en sus manos eran evidentes, y su ropa estaba manchada con su propia sangre .

Por un segundo, George no dijo nada. Solo avanzó despacio y se sentó frente a ella con movimientos suaves. La mujer estaba lo suficientemente alterada como para intimidarla también con su tamaño.

―Margaret ―dijo con voz suave y una expresión amigable―. Soy el inspector Callahan.

Ella lo miró y le sonrió brevemente antes de hablar.

―Usted… usted es igual de atractivo que en las películas ―dijo, sonrojándose.

El rubor le suavizó el gesto y aflojó la rigidez de los hombros. George la miró con calidez.

―Gracias, Margaret. ¿Cómo te sientes?

―Tengo miedo ―reconoció, entrelazando los dedos con nerviosismo.

―Tranquila. Estás a salvo ahora.

Ella asintió, aunque sus manos no dejaron de moverse.

George la fue guiando con preguntas breves y precisas, sin apurarla. Margaret reconstruyó lo ocurrido desde el momento en que lo vio hasta su escape, con la voz aún temblorosa.

Cuando terminó, él guardó un segundo de silencio antes de continuar:

―Margaret, necesito que intentes recordar algo más. ¿Crees que podrías reconocerlo o describirlo con suficiente detalle?

―Sí… estaba oscuro, pero creo que podría.

―Bien. Voy a pedir que traigan a un dibujante forense para que trabajen contigo en un retrato.

Después de eso, haré que alguien te acompañe a casa para que puedas descansar.

Quédate tranquila. Estarás bajo vigilancia policial hasta que atrapemos al responsable ―dijo George, poniéndose de pie, dando por finalizado el interrogatorio.

―¿Inspector? ¿Podría darme un autógrafo?

George se volvió hacia ella y le sonrió. Sacó un lápiz y un papel de su bolsillo, escribió unas palabras y se lo entregó.

Ella agradeció, aferrándose al papel con una sonrisa que ya no la hacía parecer tan frágil.

Cuando el inspector abandonó la sala, lo hizo esperanzado.

Había un rumbo claro, y tenía la certeza de que estaban muy cerca de dar con el Apostólico .

Recordó las palabras que le había dicho Montes en una oportunidad: «Estoy cansada de perseguir sombras», y él le había respondido «No son sombras.

Es un hombre, y los hombres cometen errores».

El Apostólico por fin había cometido un error. Solo era cuestión de tiempo para atraparlo.