42 El ciclo se rompe
M argaret Boen sacó la basura por la puerta trasera del restaurante donde trabajaba.
Esta daba al callejón. Ya estaba anocheciendo y tenía frío, aunque se subió el cierre de la chaqueta con manos torpes, más por nervios que por la temperatura.
Desde hacía días tenía la sensación de que la policía la observaba, no solo en su lugar de trabajo, sino también en su casa.
Tal vez ya habían descubierto que Luther manejaba mercancía ilegal y que ella, aunque no participara directamente, sabía lo suficiente como para convertirse en un problema.
Luther era un don nadie, un hombre que la había seducido con su encanto y su seguridad.
Su madre le había advertido que no debía fiarse de él, pero ella, enamorada como estaba, no le había hecho caso.
Ahora comprendía que siempre había tenido la razón.
Luther no hacía más que meterse en problemas.
Suspiró, entumecida, y se quedó unos segundos de pie, con la bolsa aún en la mano, mirando hacia la salida del callejón. Finalmente dejó la basura en el contenedor, se limpió las manos en el pantalón y volvió a entrar a buscar sus cosas. Su turno había finalizado.
Estaba a punto de salir por la puerta principal cuando divisó a la patrulla policial rondando por la zona.
Quiso pensar que se trataba de un aumento de vigilancia por el asesino que mantenía en vilo al pueblo, pero en el fondo, algo le decía que no era así, que esa atención tenía que ver con ella, con Luther y con todo lo que él hacía a sus espaldas.
«Yo no tengo nada que ver con eso», se dijo para tranquilizarse. Sin embargo, tuvo miedo porque sabía lo suficiente como para echar por tierra el negocio. Luther era peligroso. Ahora lo sabía mejor que nunca.
Se dio la vuelta y salió por el callejón de atrás.
Estaba más oscuro que de costumbre y permanecía tan solitario como siempre.
Era un sitio ideal para la corrupción, donde cualquier cosa podía pasar sin que nadie se percatara.
Caminó rápido, con el cuerpo en tensión, evitando mirar hacia atrás.
Sus zapatos resonaban con fuerza sobre el suelo.
Aceleró el paso hasta la esquina y giró a la derecha.
No era el camino más seguro, pero sí el más rápido para llegar a casa.
Aunque estaba acostumbrada a transitar por lugares así, la invadió el miedo.
No sabía si era por la ola de asesinatos que atormentaba a Eldren Vale o porque en cualquier momento la policía podía darse cuenta de que se había escabullido por detrás.
Cuando llegó a la esquina, vio un Chevrolet antiguo de color celeste detenido a un costado del camino, con el motor en marcha. El conductor miraba un mapa, como si estuviera perdido. Margaret dudó.
―Hola, disculpa que te moleste, pero… ―dijo el sujeto, sonriendo―. ¿Cómo llego a la calle River Road ?
Margaret se relajó al observar su sonrisa y se acercó a la ventanilla del conductor.
―Tienes que avanzar hasta el final de esta calle y luego doblar a la derecha. Es imposible perderse.
El sujeto dejó el mapa en la guantera y le agradeció con una sonrisa deslumbrante. «Qué atractivo», pensó ella. Lo vio avanzar unos metros y luego detenerse, como si se hubiera arrepentido de no ofrecerle llevarla. Margaret sonrió y corrió nuevamente hasta la ventanilla.
―¿Podrías acercarme a algún sitio?
―Claro, sube. Hace mucho frío ―dijo él, frotándose las manos para darse calor.
Margaret no pudo evitar pensar en la suerte que había tenido al encontrarlo. Estaba cansada y la policía la vigilaba de cerca. Los había eludido con maestría.
Al principio, todo fue normal. Hablaron de cosas sin importancia, del frío y del trabajo.
Él tenía una voz relajada, y había algo en su forma de mirarla que no le resultó amenazante, al menos no al comienzo.
Sus ojos eran muy azules y, aunque era algo mayor que ella, le pareció bastante atractivo.
Cuando le ofreció hierba terminó por relajarse del todo con él.
El humo la envolvió rápido. Se le aflojaron los músculos del cuello y de las piernas, y se recostó contra el asiento.
No supo en qué momento dejaron el camino principal.
Se incorporó de golpe.
―Oye… te has pasado. Yo debía bajar mucho más atrás .
El hombre no respondió. Margaret miró por la ventana y al principio le fue imposible ubicarse en la oscuridad, hasta que vio el letrero publicitario de la marca lechera Valle Claro a su derecha.
―¡Detente aquí! ―pidió, esta vez más asustada―. ¡Quiero bajar!
El hombre no le hizo caso. Se limitó a sonreír de una manera que le erizó el vello de la nuca. Se le aceleró la respiración por el miedo. La estaban secuestrando. Se preguntó si se trataba del Apostólico , y bastó pensar en eso para que todo su cuerpo se pusiera a temblar.
Desesperada, comenzó a golpearlo en los brazos y hombros, pero él era más fuerte.
El impacto fue seco. No lo vio venir. Su cabeza se sacudió contra el respaldo y durante unos segundos se desorientó.
Un líquido caliente recorrió su rostro y bajó por su cuello.
Era sangre. No perdió del todo el conocimiento, pero estaba aturdida con el puñetazo.
Cuando volvió a reaccionar, el coche seguía en movimiento y el bosque se cerraba a su alrededor como una pared.
Intentó abrir la puerta con torpeza, pero estaba bloqueada.
Se lanzó hacia él, lo empujó, arañó y golpeó como pudo, con desesperación.
Él maldijo, trató de apartarla, y en ese forcejeo el volante se desvió apenas, lo justo para que el automóvil derrapara unos metros antes de detenerse bruscamente.
Margaret no esperó. Aprovechó ese segundo de ventaja para abrir la puerta y salir tambaleándose, pero él fue más rápido y la alcanzó a pocos metros, arrastrándola por el brazo hacia atrás.
Le dolió tanto que gritó. Luchó con todas sus fuerzas, lo golpeó a ciegas y cayó al suelo.
Aprovechó para recoger una piedra de gran tamaño y le asestó un golpe seco en el hombro izquierdo. Él gritó de dolor.
―Maldita puta ―rugió.
Margaret se liberó de su agarre y corrió hasta el automóvil sin siquiera pensarlo.
Se subió, acomodó el asiento con rapidez y aceleró sin mirar atrás.
Le temblaban las manos sobre el volante, pero se obligó a no perder el control.
Se había salvado por los pelos. Perdió la noción del tiempo hasta que la adrenalina bajó y el dolor de los golpes apareció.
Le dolía el brazo, la cabeza y el rostro.
El pecho le ardía por la desesperación y tenía la vista empañada, pero no redujo la velocidad.
Se detuvo frente a la comisaría con un frenazo brusco.
Ni siquiera se preocupó de apagar el motor.
Se bajó, dio dos pasos tambaleantes y perdió el equilibrio, cayendo de rodillas sobre el pavimento.
Alguien le habló desde la entrada, pero estaba demasiado perturbada para comprender lo que le decían. No dejaba de temblar.
Cuando consiguió hablar, lo hizo apenas en un susurro.
―Él… me iba… a matar.
Y entonces todo se volvió negro.
◆◆◆
A varios kilómetros de allí, un hombre avanzaba por la carretera a oscuras, maldiciendo entre dientes. La sangre le corría por el rostro y el hombro le palpitaba por el golpe. Se maldijo otra vez. Había fallado.
El ciclo se había roto.