72 horas. El juicio de los doce La venganza de Murphy
75%

La venganza de Murphy

Eldren Vale, Oregon

Dos años atrás

L a decisión no llegó de golpe como un impulso, sino como una certeza que llevaba años planificando.

Kevin Murphy llevaba demasiado tiempo esperando, demasiado tiempo observando desde la distancia a sus enemigos.

Habitaba un lugar que ya no le pertenecía, bajo un nombre que no era el suyo, moldeando su apariencia para no ser reconocido por nadie.

Había aprendido a pasar inadvertido, a dejar que los años borraran los rasgos del muchacho desgarbado que una vez fue.

Usaba el cabello más corto y en ocasiones se recortaba una barba bien cuidada para verse mayor.

Los lentes eran una distracción ocasional.

Incluso trabajaba en la universidad, un lugar donde podía observar de cerca a gran parte de sus futuras víctimas.

Podía decirse que las conocía con una precisión casi íntima.

Kevin Murphy se había convertido en un desconocido solitario pero confiable.

Nadie, desde que había llegado seis años atrás, sabía quién era en el pasado.

Sin embargo, había algo que no había cambiado en absoluto: el deseo de vengarse y esa enorme cuota de mal que habitaba en su interior desde que era un chiquillo.

Kevin Murphy se había habituado a una presencia oscura que, con insistencia, parecía susurrarle al oído, alimentando la idea de devolver el daño a quienes le dieron la espalda cuando más la necesitó.

Ya había acabado con el traidor tiempo atrás.

Todavía se recreaba al recordar cómo el cuerpo de Dylan se sacudía con los estertores de la muerte mientras colgaba encadenado al cuello en las vías del tren.

Dylan no había suplicado. Nunca lo hizo.

Había obedecido, movido por el miedo y la culpa.

«Imbécil», pensó. Bastó con presionarlo un poco para que soltara toda la verdad, sin adornos: el sacerdote, la decisión de esconder el cuerpo, de borrar la existencia de Ryan.

Kevin Murphy había crecido con esa verdad clavada en el pecho y con el tiempo, esa verdad se había vuelto más precisa. Tenía que vengarse del gran responsable de todo. El padre Charles Mitchell.

Esperó a que fuera de noche para ir hasta la casa parroquial. Accedió por una puerta lateral que empujó sin esfuerzo. Eldren Vale era un lugar tranquilo para vivir y no se acostumbraba a cerrar las casas con pestillo. Caminó despacio por el pasillo central y después subió al segundo piso.

El sacerdote estaba allí, sentado en la cama, con un rosario en la mano. Había envejecido, y Kevin se detuvo para observarlo, dejando que el momento se extendiera lo suficiente como para que el anciano lo sintiera antes de verlo.

El padre levantó la vista y gritó, asustado .

―¡¿Quién es usted?!

Kevin avanzó dos pasos, intimidándolo.

―¿No me recuerda? Quizás si le doy una pista podrá reconocerme. Soy Kevin Murphy, el hermano del niño que usted enterró.

Murphy dio un paso más, hasta quedar tan solo a un metro del anciano. Observó su expresión horrorizada y el temblor en sus manos. Una satisfacción casi perversa lo recorrió al ver el miedo retratado en todo su cuerpo.

―No… no sé de qué me habla… ―titubeó, nervioso.

―Dylan me lo contó todo antes de morir ―continuó―. Sí, yo lo maté. Cayó como una piedra desde el puente. Fue divertido verlo morir, sacudirse como un pez mientras rogaba por un poco de aire.

El sacerdote cerró los ojos un instante y se inclinó hacia atrás. Cogió aire con dificultad y se llevó la mano al pecho para calmar los desaforados latidos de su corazón.

―Fue un accidente ―se justificó, desesperado―. Yo solo quería…

―Protegerlo ―terminó Murphy, completando la frase―. Sí. Eso es lo que se repite para calmar su asquerosa conciencia, ¿verdad?

El anciano lo miró, apretando los dientes. No se defendió. Sin embargo, no pudo ocultar su miedo.

Murphy avanzó otro paso.

―Usted no lo salvó ―dijo―. Lo sentenció a muerte, a todos, incluso a los que me negaron la ayuda cuando se las pedí. Acuéstese .

―¿Cómo dice? ―preguntó, extrañado.

―Le digo que se acueste y gírese hacia la pared ―repitió Murphy con dureza.

Kevin sostuvo su mirada unos segundos más, lo suficiente para que entendiera que daba igual que se negara.

―¿Sabe qué es lo curioso? ―continuó Murphy―. Que yo podría haber venido antes. Hace años. Podría haber terminado con esto de muchas formas distintas, pero no lo hice. Entendí que la muerte es demasiado rápida.

El sacerdote apenas respiraba debido al miedo.

―Kevin…, por favor ―suplicó, pero Murphy lo ignoró y continuó hablando como si llevara años esperando el momento para decir esas palabras.

―Usted va a vivir. Va a vivir lo suficiente como para ver lo que hizo, lo que provocó con su decisión.

El sacerdote negó débilmente.

―Yo no…

―Cada cosa que ocurra a partir de ahora ―continuó Murphy, sin alzar la voz―, cada vida que se pierda, cada familia que se rompa, va a ser por su culpa. Ahora, acuéstese. No lo volveré a repetir ―amenazó.

El anciano se acostó de lado, dándole la espalda.

Kevin tomó la barra de metal que había guardado en el bolsillo interno de su chaqueta y le dio un golpe preciso en la cabeza.

El impacto sonó seco, contenido, pero suficiente para quebrar algo más que el equilibrio.

El sacerdote emitió un quejido de dolor. No había perdido el conocimiento .

Murphy no se detuvo. El segundo golpe fue aún más violento y con el tercero pensó que tal vez lo había matado, porque fue lo suficientemente fuerte como para que el anciano se sacudiera en espasmos nerviosos, hasta que el cuerpo dejó de responder.

Entonces se detuvo. Lo observó unos segundos, asegurándose de que estuviera con vida. Eso era lo importante.

Murphy se inclinó una última vez, acercándose lo suficiente para que, si aún quedaba consciencia, pudiera oírlo.

―Usted es el verdadero culpable ―le susurró al oído.

Se enderezó, tomó la Biblia que descansaba en la mesita de noche y miró la habitación por última vez. Después, salió por donde había entrado, dejando atrás no el final de una venganza, sino el inicio de algo más grande, algo que nadie iba a poder enterrar.