41 Revelaciones
Eldren Vale, Oregon
H abía una tensión distinta en la sala de reuniones cuando George entró.
El teniente Dempsey estaba de pie junto al escritorio, con los brazos cruzados.
A su lado, Hayes revisaba unos documentos sin demasiado interés.
George sabía que lo más probable era que le negaran la petición, pero tenía que intentarlo.
―Jefe, necesito una orden para entrevistar nuevamente al padre Charles Mitchell en el hogar, y tiene que ser para hoy.
Dempsey levantó la mirada lentamente.
―¿Otra vez con eso, Callahan? La madre superiora todavía se está quejando conmigo por lo mal que quedó el anciano luego de tu visita. Además, no puede hablar ―continuó―. Apenas puede moverse. ¿Qué esperas sacar de ahí?
George sostuvo la mirada sin vacilar.
―Yo me las ingeniaré para que responda. Solo necesito que me permitan intentarlo .
El teniente negó con la cabeza, incrédulo.
―Estamos perdiendo tiempo, Callahan. Todo esto ―hizo un gesto vago con la mano― son suposiciones. No tenemos nada concreto, solo conjeturas que nos están alejando del caso.
George no retrocedió. Por primera vez en días, no tenía dudas.
―Es lo único que tiene sentido ahora, teniente ―dijo con firmeza―. Todo lo que hemos encontrado apunta en esa dirección. Si tengo razón, el sacerdote sabe exactamente qué ocurrió con Ryan Murphy. Y eso cambia todo.
Dempsey lo observó en silencio unos segundos. Apagó su cigarrillo en el cenicero y después se paseó por la habitación con las manos en los bolsillos.
―¿Y si no tienes razón?
George no respondió de inmediato. Pensó en la noche anterior, en la claridad con que veía todo ahora, en la forma en que las piezas habían comenzado a encajar.
―Entonces habremos perdido una hora ―dijo al fin―. Pero si la tengo, podríamos estar a un paso de entenderlo todo y de atrapar a ese maldito.
Hubo un silencio.
―Estoy de acuerdo, Dempsey ―intervino Hayes, dejando los papeles en la mesa―. No nos cuesta nada. Y si falla, al menos cerraremos esa puerta.
Dempsey exhaló, frustrado. Estaba molesto, pero se lo pensó mejor y se sentó en el escritorio, tomando el auricular para hacer una llamada .
―Está bien, Callahan. Voy a conseguirte esa orden, pero esta es la última vez que apuesto por una corazonada.
George agradeció y se encerró en la sala de reuniones para observar la pizarra mientras esperaba el documento.
Durante días había mirado ese mismo tablero sin encontrar un punto de apoyo, avanzando a tientas.
Ahora, en cambio, todo parecía girar en torno a Kevin Murphy.
Miró los nombres de las víctimas y se prometió hacer justicia.
Y si el sacerdote tenía información, si había guardado algo durante todo ese tiempo, entonces la respuesta para dar con el asesino no estaba en el tablero, sino en él, en sus recuerdos.
La orden llegó veinte minutos después, escupida por la máquina de fax del departamento. Mallory entró en la sala con el papel en alto.
―La tengo, vámonos.
George asintió y se puso en marcha.
◆◆◆
Eran las diez con treinta de la mañana cuando llegaron al Hogar Saint Mary. En la recepción se encontraba la misma religiosa que lo había atendido la vez anterior, y al verlo allí, hizo una mueca de disgusto, aunque intentó ocultarla bajo las buenas formas.
―¿En qué puedo ayudarles?
―Necesitamos hablar con el padre Charles Mitchell ―dijo Mallory con firmeza .
―Lo siento, pero el padre está delicado de salud. Luego de la visita de su compañero, le ha costado mucho tranquilizarse.
Mallory sacó la orden del bolsillo de su chaqueta y se la tendió. La monja la leyó con detenimiento, frunciendo el ceño.
―Lo entendemos, hermana, pero no puede impedirlo. Esta orden nos autoriza a hablar con él, y cualquier restricción constituiría una obstrucción a la investigación ―dijo George―. Es importante.
La religiosa apretó los labios.
―Usted ya sabe que no puede hablar ―advirtió―. Y no deben alterarlo. Ayer tuvo fiebre, así que hoy lo hemos dejado en cama.
―Lo intentaremos ―respondió George―. Solo necesitamos hacerle algunas preguntas a solas.
La mujer asintió y los condujo a la habitación del sacerdote. El anciano yacía inmóvil, con la mirada perdida en la ventana. Apenas sintió su presencia allí, se giró hacia ellos.
George se acercó despacio y Mallory cerró la puerta, dejando a la religiosa fuera.
―Padre… soy Callahan. ―Los ojos del hombre se movieron apenas―. Necesitamos hacerle unas preguntas relacionadas con Ryan Murphy. Es muy importante que nos diga lo que sabe. Si la respuesta es sí, asienta. Si es no, niegue con la cabeza. ¿Me ha comprendido?
Un leve movimiento de asentimiento.
«Sí» .
George intercambió miradas con Mallory.
―¿Sabe usted lo que pasó con Ryan Murphy el año sesenta y siete?
«Sí».
―¿Ryan Murphy está muerto?
Un silencio. Luego, un asentimiento lento.
«Sí».
―¿Murió por accidente?
Otra pausa.
«Sí».
George respiró hondo. El corazón le latía rápido dentro del pecho.
―¿Alguien lo mató por accidente?
«Sí».
―Padre, ¿Dylan está relacionado con lo que ocurrió a Ryan Murphy?
El padre cerró los ojos un instante, como si la pregunta le pesara. Luego asintió.
«Sí».
George continuó haciendo preguntas, y el sacerdote las respondía con una serenidad que distaba mucho de la manera en que se había conmocionado la vez anterior.
Muchas de ellas no tuvieron respuesta, y aun así, con esfuerzo, las piezas comenzaron a encajar.
Dylan había sido víctima de las burlas de los hermanos Murphy y terminó agrediendo a Ryan en defensa propia frente a su acoso.
No resultó sencillo asumir que el padre había participado en ocultar lo sucedido para protegerlo.
Solo al hacerle la siguiente pregunta comprendió que su teoría era acertada y que Kevin Murphy era el asesino.
―Padre, ¿Kevin Murphy se enteró de lo que ocurrió con su hermano?
«Sí».
―¿Usted sabe dónde está Kevin ahora?
No hubo respuesta. George esperó.
―¿Está Kevin en Eldren Vale?
El movimiento fue leve, pero claro.
«Sí».
Lo que había sido una corazonada, ahora se tornaba una certeza, y George entendió que estaban muy cerca. Ya no estaban frente a suposiciones sin sentido, sino que era algo sólido, tangible.
George tomó la mano del sacerdote para animarlo a hablar.
―Padre. ¿Fue Kevin Murphy quien lo lastimó a usted?
El padre no respondió de inmediato. Sus ojos se humedecieron. Intentó hablar, pero no pudo.
―Solo asienta con la cabeza, padre ―insistió―. ¿Murphy lo lastimó a usted, lo atacó en su habitación?
Con un esfuerzo visible, el anciano asintió.
«Sí».
George sostuvo la mirada del hombre y comprendió todo. Para Kevin Murphy, la diferencia era simple: a su hermano lo abandonaron y a él lo salvaron. La Iglesia ―y quienes la sostenían― le habían dado la espalda cuando pidió ayuda. Esa era su motivación para matar.