Dylan el traidor
Eldren Vale, Oregon
Veinticuatro años atrás
Tres meses después de la desaparición de Ryan Murphy
A penas la misa terminó, Dylan Porter montó su bicicleta y pedaleó hasta el viejo molino, un lugar abandonado donde podía divertirse sin que nadie lo molestara.
El día estaba soleado y hacía calor. Dejó la bicicleta apoyada contra un tronco torcido y avanzó hacia el estanque, al costado del molino.
Allí nadie lo molestaría y podría fingir que todo estaba en orden.
Se quitó la ropa, dejándose solo los calzoncillos, y la dejó ordenada sobre una piedra plana.
El agua estaba fría, pero se introdujo sin dudar.
Hundió el rostro y permaneció así unos segundos, escuchando el latido sordo dentro de los oídos, intentando acallar la voz que siempre regresaba cuando estaba solo: «asesino».
El recuerdo de aquella noche volvió como otras veces, de manera abrupta, inevitable: Ryan Murphy riéndose de él, golpeándolo con piedras cerca de los pies y llevándolo hasta la orilla del río en una tarde lluviosa, solo para entretenerse a su costa.
Había obedecido cuando vio que el niño tenía un cuchillo.
Se paralizó por miedo y, aterrado, fue con él.
Sabía que si echaba a correr lo alcanzaría.
Dylan tenía dieciocho años, pero era torpe y descoordinado.
Ryan, en cambio, a pesar de tener solo trece años, era ágil como una gacela.
«Si corres, te corto. ¿Entendiste? Te corto aquí mismo», recordó que le decía. «Mírame cuando te hablo, estúpido. Di que eres tonto. Dilo en voz alta… ¡Vamos, dilo!».
Dylan metió la cabeza bajo el agua para sacudir los recuerdos, pero Ryan Murphy lo acechaba como un fantasma.
«Nadie te quiere, Dylan, ni siquiera el cura. ¿Tienes miedo? ―le decía, acercando el cuchillo hasta el abdomen―. Qué cara más fea pones cuando tienes miedo».
Dylan recordó cuando Ryan lo había llevado hasta la orilla del río con amenazas, cómo la burla había comenzado de pronto, cruel y persistente, hasta hacerlo perder el control.
Ryan Murphy era la encarnación del mal, y él estaba cansado de ser su víctima.
Ryan lo obligó a sentarse en el suelo y comenzó a apedrearlo solo por diversión.
Por un momento el miedo lo paralizó, y se limitó a cubrirse el rostro con las manos.
Estaba todo embarrado y mojado por la lluvia, y tenía frío.
A Ryan no parecía importarle estar así, todo empapado, y continuó con los insultos. Anochecía.
De pronto se vio a sí mismo tratando de contener a Ryan con todas sus fuerzas y comprendió que tenía ventaja sobre él. Ryan gritó al comprender que estaba atrapado entre sus brazos y que había perdido el control de la situación. Los gritos se volvieron cada vez más agudos, más desesperados .
Dylan no aguantó más. Tomó una piedra del suelo y lo golpeó con brutalidad en la cabeza para que se callara. Cuando Ryan dejó de resistirse, lo soltó. Después llegó el silencio, un silencio ominoso que nunca había logrado olvidar. Lo había matado.
Dylan emergió del agua con un jadeo y se pasó las manos por el rostro, espantando esas imágenes y esos recuerdos que insistían en acosarlo día y noche.
Todavía podía sentir el peso de aquel cuerpo inmóvil, la sensación pegajosa de la sangre en las manos, el terror que le había recorrido la espalda cuando comprendió que había cometido un crimen.
Lloró por un buen rato y después se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Salió del estanque, tiritando, más por lo que recordaba que por el frío. Se vistió con movimientos torpes y tomó la bicicleta con la intención de marcharse de allí cuanto antes.
Fue entonces cuando escuchó su nombre.
―Dylan.
Al principio no lo vio, pero sabía quién era.
Se quedó inmóvil, el corazón le comenzó a latir con violencia y se giró para buscarlo.
De entre los árboles emergió la figura de Kevin Murphy, avanzando con paso seguro y con esa expresión dura que Dylan conocía demasiado bien.
Traía un hacha apoyada sobre el hombro. Sus ojos azules eran fríos como el hielo y su cuerpo era incluso más corpulento que el suyo, aunque Dylan era dos años mayor. Se aterró.
Kevin se detuvo a pocos pasos de él .
―Sé que algo le hiciste a mi hermano ―dijo, amenazante―. Si no me dices la verdad, te haré daño.
―No… yo no… ―balbuceó, pero la voz se le quebró antes de poder sostener la mentira.
El mundo pareció encogerse alrededor de Dylan. Todo quedó reducido a la presencia de aquel hombre que lo observaba como si ya lo tuviera atrapado. Bajó la cabeza y se encogió de hombros, más asustado que nunca. Dylan comenzó a temblar.
―Te daré una última oportunidad para que me digas lo que pasó con mi hermano. Voy a contar hasta tres. Uno…, dos… ―no llegó al tres.
―Yo… no quería… ―murmuró finalmente, con un hilo de voz que apenas salió de su garganta―. Fue un accidente.
Se lo contó todo: lo que su hermano le había hecho, cómo se había defendido, golpeándolo para que dejara de gritar y, después, que el padre Charles se había encargado de esconder el cuerpo. Incluso le reveló el lugar.
Kevin avanzó un paso más hacia él y el aire se volvió irrespirable. Permaneció en silencio, observándolo con una expresión dura, calculadora.
―Vas a venir conmigo ―ordenó Kevin, amenazante―. Recoge tu bicicleta.
No fue una sugerencia ni una amenaza abierta; fue una sentencia pronunciada con una serenidad aterradora.
Kevin señaló el camino con el hacha, obligándolo a desplazarse, y Dylan obedeció, sin dejar de temblar.
No lo veía, pero sentía la presencia de Kevin a su espalda, constante y vigilante, más amenazante que nunca.
Caminaron durante lo que pareció una eternidad, hasta que llegaron al puente ferroviario.
―Deja la bicicleta y súbete la camiseta. Escribe en tu cuerpo «Judas Iscariote» ―ordenó Kevin, entregándole un marcador rojo que sacó del bolsillo de su pantalón.
Dylan dudó un instante, pero le intimidaba el hacha, lo que disipó cualquier intento de resistencia. Le costó hacerlo, aunque lo consiguió.
―Sube al puente ―le ordenó.
Dylan obedeció. El viento cálido soplaba con más fuerza en lo alto del puente. Dylan todavía no comprendía lo que Kevin Murphy quería hacer con él. El corazón le latía rápido en el pecho, tan fuerte que parecía retumbar en sus oídos.
―Dilo ―exigió Kevin detrás de él―. Dilo en voz alta. Di que mataste a mi hermano.
Dylan cerró los ojos con fuerza.
―Fue… fue un accidente ―sollozó―. Yo no quería matarlo.
Kevin se movió a su alrededor, obligándolo a colocarse en la orilla del puente. Luego, pasó por su cuello una de las cadenas que colgaban del extremo de la estructura. Dylan, asustado, comenzó a respirar con rapidez, comprendiendo que iba a morir.
Entonces, a lo lejos, llegó el primer sonido y el leve temblor de los rieles. A Dylan ya no le parecía agradable el sonido del tren. Ahora era una amenaza.
Miró hacia abajo y fue presa del vértigo. Cerró los ojos y lloró, desesperado .
―¡Salta! ―le ordenó Kevin.
No se atrevió. Entonces sintió el empujón por la espalda que lo hizo caer al vacío y lo silenció para siempre, mientras el tren se acercaba a gran velocidad.