40 Sin huellas
H abía anochecido cuando George comenzó a reunir la información que había recopilado acerca de Kevin Murphy.
A ratos vislumbraba por la ventana las luces de las patrullas que vigilaban su entorno, desplazándose con lentitud por la calle desierta, recordándole que estaba en peligro.
Mallory aceptó una cerveza antes de irse.
No se quedó mucho. Solo lo suficiente como para darse un respiro entre tanta tensión.
Cuando George se quedó solo, se sentó en el sofá y retomó el trabajo.
Había algo ahí afuera, acechando, y cada minuto contaba.
Según los registros y el testimonio de la tía de los Murphy, Kevin se había marchado de Eldren Vale justo un año después de la desaparición de su hermano Ryan, cuando tenía diecisiete años.
Llegó a Portland con su madre y se instalaron por un tiempo en la casa de ella.
La mujer fue tajante desde el principio: no toleraría problemas y, si los había, los echaría sin dudar.
Kevin, contra todo pronóstico, se mantuvo en calma el tiempo suficiente como para que su tía bajara la guardia.
Consiguió trabajo casi de inmediato en labores de carga y descarga en el puerto y pasaba largas horas leyendo, encerrado en su habitación.
Durante un tiempo no hubo incidentes, hasta que su madre murió.
Fue entonces cuando comenzaron los conflictos con su tía: no respetaba las normas, robaba dinero y llevaba mujeres a la casa, lo que generó constantes discusiones.
Sin embargo, también lo describió como un joven de bajo perfil la mayor parte del tiempo, ensimismado, que solía aislarse durante horas para leer.
Estaba obsesionado con los libros religiosos.
«La última vez que lo vi fue cuando me golpeó.
Ya tenía veintidós… sí, fue en el setenta y tres», le había dicho la tía por teléfono, sin vacilar.
«Siempre supe que no iba a terminar bien.
Los hijos de mi hermana siempre fueron hijos del maligno.
Con el tiempo comencé a temerle; parecía inofensivo a simple vista, pero yo sabía de lo que era capaz.
Después de eso tomó sus cosas y se marchó sin decir una palabra. Nunca más volví a saber de él».
Nadie volvió a saber de Kevin Murphy; desapareció del mapa sin dejar huellas. Eso fue lo que dejó a George inquieto. No era solo la ausencia, sino la limpieza con la que había desaparecido: sin contactos vigentes, sin rastro, como si nunca hubiera estado allí. «Él es el asesino», pensó de pronto.
George se levantó del sofá y miró por la ventana.
La noche estaba más iluminada que de costumbre.
Ya no llovía y la luna se abría paso entre las nubes.
Se puso la chaqueta, tomó las llaves de su moto y también el casco, y salió.
Necesitaba pensar. Mientras conducía, reflexionó acerca de Kevin Murphy.
«Él es el asesino».
Si había desaparecido sin dejar rastro, no era por azar.
Nadie se desvanecía así sin más, sin una decisión consciente detrás.
Tenía que ser él el asesino. Mientras más lo pensaba, mayor fuerza tomaba en él esa idea.
Había estado planificando cada uno de los asesinatos con una precisión que no dejaba margen para la improvisación.
Eso significaba una cosa: no solo seguía con vida, sino que llevaba tiempo preparándose.
Si Murphy había salido de Portland sin dejar huellas, entonces había tenido que convertirse en otra persona.
Otro nombre, otra vida, otro rostro para el resto del mundo.
Y si eso era cierto, entonces llevaba años moviéndose sin llamar la atención, oculto a plena vista.
Eldren Vale no era tan grande como para que alguien así pasara desapercibido sin dejar algún tipo de registro.
Trabajo, arriendo, contactos… algo tenía que haber.
Bastaba con mirar en la dirección correcta.
Pero ¿qué fue lo que motivó a Kevin Murphy urdir su plan de venganza?
¿Quién había hecho desaparecer a su hermano Ryan?
George pensó en el padre Charles y en lo que le había dicho: Accidente y culpa.
¿Acaso Ryan Murphy había muerto por accidente?
¿Y qué demonios tenía que ver Dylan? No tenía respuestas, pero si el acólito había muerto como un traidor, entonces estaba más relacionado con la desaparición de Ryan Murphy de lo que pensaban.
George comenzó a ver la luz, a encontrar sentido a sus pensamientos y se esperanzó.
Había un punto de partida, uno que habían ignorado: investigar a las personas que habían llegado en los últimos años.
Los que no pertenecían realmente a ese lugar, pero habían aprendido a encajar.
Si tenía razón, Murphy estaba allí viviendo como uno de ellos .
Dio la vuelta, demasiado entusiasmado como para poder conciliar el sueño esa noche. Quería que ya fuera de día para iniciar un nuevo camino investigativo, obedeciendo a su intuición.
Apenas llegó a casa, llamó al número de Mallory.
―¿Sí?
―Soy yo. El asesino es Kevin Murphy ―dijo George sin rodeos.
Hubo un silencio breve al otro lado.
―¿Seguro? ¿En qué te basas?
―Todo encaja. Desapareció sin dejar rastro hace años.
Nadie se borra así porque sí. Lo más probable es que cambiara de nombre, de identidad.
Ha planeado una venganza por la desaparición de su hermano, y ahora la está llevando a cabo.
Mañana te daré los detalles de lo que descifré.
Murphy lleva años viviendo como uno más aquí, sin llamar la atención. Estoy seguro.
Mallory no respondió de inmediato.
―Eso es un salto grande, Callahan.
―Todo encaja ―insistió para convencerlo―. Se está vengando por lo ocurrido a su hermano. No es casualidad. Kevin Murphy volvió quizás hace años a Eldren Vale, pero lo hizo con otro nombre.
George respiraba con agitación, viéndolo todo con una claridad evidente. Mallory guardó silencio unos segundos. Después bufó.
―¿Qué propones ?
―Revisar a todos los que llegaron a Eldren Vale en los últimos veinte años. Solo hombres. Filtraremos por rango de edad. No tengo dudas de que está en ese grupo.
Mallory exhaló.
―Si estás equivocado, Callahan, el teniente Dempsey y el teniente Hayes nos colgarán por las pelotas.
―Es lo único que tiene sentido ahora ―insistió George.
―Está bien ―dijo al fin―. Mañana empezaremos por ahí.
George colgó. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió que estuviera persiguiendo una sombra.