72 horas. El juicio de los doce 39 Montes despierta
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39 Montes despierta

Eldren Vale, Oregon

L a condición de Montes era de extrema gravedad.

Llevaba cuatro días inconsciente, recuperándose de lesiones prácticamente imposibles de superar.

Sin embargo, ya había superado la fase crítica y parecía estar estabilizándose.

George aprovechaba de visitarla algunos minutos al día cuando podía.

Era extraño, pero en tan poco tiempo de conocerla se había vinculado mucho más con ella que con personas con las que se había relacionado toda la vida.

Mallory entró primero y la acompañó durante cinco minutos, los suficientes como para asegurarse de que seguía con vida y prometerle que atraparían al desgraciado que le había hecho eso. Cuando fue su turno, se sentó a su lado y tomó una de sus manos, apesadumbrado. Tenía la piel tibia y suave.

―Vamos, Montes, despierta de una vez ―le dijo George―. Estoy empezando a echar de menos tus sermones, y eso ya es grave. Esto no tiene gracia sin ti. Nadie me discute, nadie me corrige… así no se puede trabajar .

Sonrió. Su compañera parecía tan frágil que se sobrecogió.

Le besó la mano con ternura y después le dio dos palmaditas cariñosas.

Revisó bajo la almohada por si aún estaba la estampita del Sagrado Corazón de Jesús que había dejado para ella el día del accidente, y se alegró al comprobar que seguía allí.

―¿Sabes lo irritante que es tener que trabajar con Mallory? ―bromeó, sonriéndole―. Lo tengo pegado como una sombra todo el día y ni siquiera tiene la decencia de darme batalla. Contigo al menos había pelea y, entre nos… ―susurró―, eras bastante más agradable de mirar.

La mano de ella se aferró a la suya y George se sobresaltó.

―¡Montes! ¿Puedes oírme? ―preguntó, poniéndose de pie.

Ella tardó unos segundos en reaccionar. Sus párpados temblaron apenas y luego fijó la vista en el techo.

George se inclinó hacia ella, esperanzado.

―Montes… ¿me escuchas?

Los ojos de ella se movieron con lentitud hasta encontrarlo.

― Hollywood , ¿qué… demonios… haces aquí? ―susurró débilmente.

George se emocionó y se le formó un nudo en el pecho.

―Tranquila… no intentes hablar. Ya estás bien. Estás hospitalizada. Hace unos días te atropellaron. ¿Lo recuerdas? Parpadea una vez si me entiendes y dos si la respuesta es «no» .

Montes parpadeó una vez, despacio.

―¿Tienes dolor?

Montes negó con dos parpadeos.

Sabía que ella necesitaba descansar, pero también requería de respuestas antes de que fuera demasiado tarde. Urgía hacerse de información.

―¿Pudiste ver quién te atropelló?

Montes lo miró fijamente. Luego cerró los ojos dos veces, con esfuerzo.

―No ―susurró―. Él… estaba vigilando… tu casa ―dijo con dificultad, haciendo una mueca de dolor―. Tenía el… rostro… cubierto.

George apretó la mandíbula, conteniendo la frustración. A ella no le había dado tiempo de avisarle de que un sospechoso rondaba su casa, pero al menos había alcanzado a dar aviso a la central. De no hacerlo, no la habrían encontrado a tiempo.

―Está bien… está bien, no hables. Ya me explicarás todo después cuando te recuperes.

Apretó el botón de llamada del personal sin apartarse de la cama y pidió la asistencia de un doctor. Un médico llegó casi al instante. Comprobó sus pupilas y le hizo algunas preguntas de rutina.

―Está respondiendo bien. Es una excelente noticia que haya despertado, inspectora Montes ―le informó―. Tuvo mucha suerte de salir con vida.

―Es competitiva, doctor. Ha vuelto de entre los muertos solo para seguir llevándome la contraria .

Montes sonrió con lentitud y también el médico.

―Será mejor que la dejemos descansar, inspector. Vuelva más tarde. Acá la cuidaremos bien.

George asintió y luego se acercó a ella.

―Te ves terrible ―dijo, sonriéndole con ternura―. Regreso después. Descansa.

Se marchó sin contarle lo que había pasado con el profesor Whitaker. Ella no se encontraba en condiciones de trabajar y él tampoco quería darle más preocupaciones.

Mallory se levantó de la silla donde cabeceaba, rendido ante el cansancio, cuando escuchó sus pasos.

―Montes despertó ―le informó George, sonriendo―. Está bien y lo recuerda todo, pero apenas puede hablar.

―¿Te ha dicho algo?

―No sabe quién es el maldito que la atropelló. No pudo reconocerlo.

―¡Demonios! ―exclamó Mallory.

Justo cuando traspasaron las puertas de entrada, George escuchó que alguien los llamaba. Kenneth Ripley, el bibliotecario, avanzaba hacia ellos con un cabestrillo en el brazo derecho.

―Inspector Callahan, qué bueno verlo. Y a usted también, inspector Mallory.

―Señor Ripley ―preguntó George―. ¿Se encuentra bien?

Kenneth levantó ligeramente el brazo .

―Nada importante. Un pequeño accidente en el taller ―se explicó, sonriendo―. Estaré bien en un par de días. Oiga, ¿cómo sigue su compañera?

―Se encuentra mejor, muchas gracias ―respondió George.

―Me alegra mucho. ―Kenneth sonrió―. Tuvo suerte… no todos sobreviven a un accidente así. Bueno, no los entretengo más.

Justo cuando se giró para marcharse, George le preguntó:

―Señor Ripley, ¿puedo hacerle una pregunta? ―Él asintió―. Cuando estuvimos en su casa, pude ver que tiene un taller de carpintería. ¿Hace trabajos por encargo o es solo para uso personal?

―Es solo un pasatiempo ―dijo, acomodándose el cabestrillo―. ¿Por qué lo pregunta?

―Por nada en particular. Había pensado en pedirle ayuda para un estante, pero, por falta de tiempo, lo voy a dejar para más adelante.

―Cuando quiera, inspector, pase por casa y yo lo ayudo.

George asintió, agradecido. El bibliotecario se marchó y Mallory levantó una ceja.

―¿De verdad estás pensando en hacer un mueble ahora?

―Algo así. Todavía no termino de desembalar las cajas ―respondió, encogiéndose de hombros―. Vamos a la oficina. Tenemos que dar la buena noticia sobre Montes.