72 horas. El juicio de los doce Perseguido por los remordimientos
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Perseguido por los remordimientos

Eldren Vale, Oregon

Veinticuatro años atrás

Un mes después de la desaparición de Ryan Murphy

E l padre Charles Mitchell había aprendido a moverse con normalidad, o al menos eso intentaba convencerse cada mañana al cruzar el pasillo de la iglesia.

Sonreía como siempre, realizaba las misas con pasión y sus manos parecían conservar la misma precisión al elevar el cáliz durante la consagración.

Nadie parecía notar nada distinto. Nadie, excepto él mismo.

Porque todo había cambiado, desde el momento en que ocultó la verdad.

Al principio lo atribuyó al cansancio, a las noches de insomnio y al peso de lo ocurrido.

Sin embargo, con el paso de los días, la sensación se volvió más difícil de ignorar.

Continuó con su rutina, intentando convencerse de que lo que había pasado era lo mejor para la iglesia y para Dylan, pero un peso en la nuca se le instaló de manera permanente cada vez que caminaba por las calles.

Era como si alguien lo estuviera observando, a punto de gritarle «culpable» a viva voz.

Eran los primeros indicios del remordimiento y no le prestó mayor atención .

Fue entonces cuando empezó a notar a Kevin Murphy con mayor frecuencia. No siempre estaba cerca, pero aparecía lo suficiente para inquietarlo y recordarle lo que había hecho.

A veces lo veía de pie al otro lado de la calle, inmóvil y con los ojos clavados en los suyos.

Otras, sentado en una banca, fumando alguna porquería y con la mirada fija en un punto que no era del todo tangible.

Sin embargo, la mayoría de las veces el muchacho lo miraba directamente, sin apartar la vista, con una expresión amenazante y acusadora.

El sacerdote desviaba la mirada de inmediato, fingiendo no haberlo notado, reprendiéndose en silencio por dejarse llevar por ideas absurdas.

Kevin era solo un muchacho problemático que había perdido a su hermano.

Era natural que estuviera alterado, que deambulase sin rumbo, que buscara respuestas. Era imposible que conociera la verdad.

Aun así, cada vez que lo veía, se le tensaba el estómago. Kevin Murphy era peligroso. Lo veía en sus ojos, donde reconocía al maligno habitando en él, igual que en su hermano, como si fuera algo propio de su sangre, una herencia oscura.

Una tarde, mientras caminaba hacia la casa parroquial, lo encontró de nuevo.

Kevin estaba apoyado contra el tronco de un árbol, a pocos metros, y lo observaba con el rostro inexpresivo.

El padre Charles de inmediato se incomodó y se vio obligado a romper el contacto visual, intimidado por su mirada azul.

No miró hacia atrás. Era mejor ignorarlo.

Esa noche no logró conciliar el sueño .

Las pesadillas llegaron para quedarse. Despertaba sobresaltado, con el pulso agitado y la respiración irregular, y siempre soñaba lo mismo: el cuerpo de Ryan Murphy yacía inmóvil a orillas del río, y él se arrodillaba para apartar las hojas de su rostro con manos temblorosas.

Ryan abría los ojos y lo miraba, amenazante.

Estaba vivo. El padre se horrorizaba, miraba alrededor, temiendo que alguien más lo viera, y en lugar de ayudarlo, comenzaba a cubrirlo con tierra.

Los gritos de Ryan Murphy se apagaban bajo la tierra y el pecho del sacerdote se oprimía con fuerza al enterrarlo vivo.

Entonces despertaba gritando. Siempre lo hacía en el mismo momento, incapaz de distinguir durante unos segundos si lo que había hecho pertenecía a un sueño o a la realidad.

Después de repetirse un centenar de veces que las cosas no habían ocurrido así, permanecía tendido, con los ojos abiertos, mirando el techo y, aferrado al rosario, rezando para alcanzar el perdón de Dios.

―Hice lo que era mejor ―se repetía para convencerse, aunque esas palabras ya no tenían fuerza―. Lo hice por la Iglesia, por Dylan. Por evitar un escándalo capaz de destruir más de una vida.

Sin embargo, mientras se acomodaba de lado en la cama, sabía que solo había una cosa que podía hacer para aliviar la culpa: confesarse.