72 horas. El juicio de los doce 38 Entrelazando hechos
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38 Entrelazando hechos

W hitaker nunca fue el cazador. Había sido otra presa en el macabro plan del Apostólico, y George comprendió que el asesino era más astuto de lo que pensaban.

No solo había desviado la atención hacia Whitaker para distraerlos, sino que además estaba seguro de sí mismo hasta el punto de meter el cuerpo dentro de la universidad un domingo, lo que sugería una sola cosa: el asesino trabajaba ahí.

De otro modo, era imposible que pudiera acceder y conocer el recinto al detalle como sugerían los hechos.

Luego de sacar fotografías y comprobar que la palabra «Mateo» estaba escrita en el abdomen de Whitaker, George y Mallory se encerraron en una de las oficinas de la universidad para discutir los pasos a seguir.

Mallory tomó el teléfono y marcó.

―Jack, necesito un resumen de los movimientos de Will Bennett durante las últimas cuarenta y ocho horas… Entiendo... ¿Estás seguro? Está bien ―dijo, cortando la llamada.

―No es él ―dijo George.

―No, tiene coartada. Apenas ha salido de su casa y cuando lo ha hecho ha sido para emborracharse en un bar ―aclaró Mallory―.

Y también hay testigos que declaran haber estado con él la noche que murió su mujer.

Olvidémonos de Bennett. Ahora nos urge resolver en qué momento desapareció Whitaker.

Nunca perdí de vista su casa ese día. No comprendo ―bufó, frustrado―.

Si el profesor desapareció frente a mis narices el día miércoles, hay algo que se me está escapando.

―¿Dónde te estacionaste exactamente ese día?

―Afuera, detrás de otros vehículos para pasar desapercibido. Esa tarde llegó un hombre a visitarlo después de que su mujer saliera, pero perdí la visión del automóvil cuando ingresó a la cochera. En todo caso, estuvo menos de quince minutos ―aseguró.

―Lo más probable es que haya sido la última persona en verlo antes de que desapareciera ―agregó George.

―Así es. Aunque el visitante no parecía sospechoso, debemos averiguar quién es para interrogarlo. Llevaba libros, era rubio y alto, y Whitaker habló con él un momento en la puerta principal antes de hacerlo entrar. Seguro que era alguien de la universidad.

―¡El bibliotecario! ―exclamó George, entusiasmado―. Lo más probable es que Whitaker le haya pedido material para trabajar en casa, y por la descripción física, todo encaja con él. ¿Crees que podrías reconocerlo si lo ves?

―Sí, podría ―respondió más animado.

George empezó a ordenar las piezas en su cabeza. Si el bibliotecario había visitado al profesor en su casa ese día, entonces podía convertirse en un testigo fundamental para reconstruir lo ocurrido y aclarar las circunstancias que rodearon la desaparición de Marcus Whitaker.

Recordó la nota que Lily Whitaker le había entregado y el miedo que esa mujer había experimentado al confiar su contenido.

No era para menos: en ella, su marido le confesaba que ya no podía seguir viviendo en una mentira, que había intentado mantenerse a su lado por los niños, pero que había tomado una decisión definitiva y pensaba abandonarla.

Ahora sabía que Whitaker en realidad no había desaparecido porque había abandonado a su mujer. Se trataba de algo más grande.

―Conseguiré su dirección ―dijo George, haciendo una llamada a la central.

Una vez que averiguó dónde vivía Kenneth Ripley, se apresuraron a abandonar la universidad antes de que la prensa se les echara encima.

La casa del bibliotecario se encontraba bastante cerca de la suya, sin vecinos cercanos y en un entorno que invitaba al descanso.

Lo divisaron en el antejardín, cortando leña con un hacha.

―Es él ―dijo Mallory cuando lo reconoció.

El bibliotecario levantó la vista hacia ellos, se limpió el sudor de la frente con la manga del chaleco y dejó el hacha apoyada en un tronco. George observó al costado un pequeño galpón con maderas y herramientas de carpintería.

Kenneth se les acercó.

―Señor Ripley, soy el inspector Callahan, ¿me recuerda ?

―Sí, inspector, lo recuerdo bien ―respondió, sonriente y levemente sorprendido por encontrarlos allí―. ¿En qué puedo ayudarlos?

―Él es el inspector Mallory. Nos gustaría hacerle unas preguntas si no le importa.

El bibliotecario los observó atentamente antes de asentir con cortesía. Después se pasó la mano por la cabeza con gesto contrito.

―Disculpen que no los invite a pasar, pero mi esposa está arreglando unas cosas en la casa y todo está hecho un desastre.

―No hay problema. Será rápido.

―¿Ha pasado algo? ―preguntó Kenneth, frunciendo el ceño.

George consideró que lo mejor era decirle la verdad. De igual modo se iba a enterar por las noticias ese mismo día.

―El profesor Whitaker fue hallado hoy sin vida en las inmediaciones de la universidad.

―¡¿Cómo dice?! ―preguntó, soltando una palabrota debido a la conmoción―. Lo siento, es que… no me lo esperaba. ¿Qué le ha pasado?

―No podemos darle información. Sin embargo, nos ayudaría mucho que respondiera nuestras preguntas. ¿Cuándo fue la última vez que vio al profesor? ―preguntó George.

―Hace unos días. Se ausentó por enfermedad y me solicitó un material de la biblioteca para que le llevara a casa ―se explicó―. Fue el miércoles por la tarde .

―¿Está seguro de que ese día fue la última vez?

―Sí, lo recuerdo bien porque era el día de mi cumpleaños y tenía prisa por regresar a casa.

―¿Qué material le llevó? ―preguntó George.

El bibliotecario acomodó sus lentes en el puente de la nariz antes de responder.

―Un par de volúmenes de consulta sobre arte religioso y arte en la Segunda Guerra Mundial. El profesor había solicitado textos específicos de su asignatura. Nada fuera de lo habitual.

Mallory intercambió una breve mirada con George.

―¿Cómo lo encontró ese día? Es decir, ¿hubo algo que llamara su atención? ―quiso saber George.

Kenneth negó suavemente con la cabeza y se encogió de hombros.

―Estaba bastante congestionado, pero, aparte de eso, no. Nada.

―¿Entró usted al estudio de su casa? ―preguntó Mallory.

―Sí, claro. Me indicó que dejara los libros sobre su escritorio.

Apenas estuve unos minutos. Como le mencioné, tenía prisa.

―El bibliotecario frunció ligeramente el ceño, como si intentara recordar―.

No escuché ruidos ni vi nada fuera de lo normal.

El profesor parecía incómodo por el resfriado y deseaba descansar. Me despedí y me marché enseguida .

―¿El profesor Whitaker comentó alguna vez si tenía problemas con alguien? ―preguntó George―. ¿Algún conflicto reciente, alguien que pudiera querer hacerle daño?

Kenneth negó de inmediato, con un gesto sincero.

―No que yo sepa, inspector. Siempre fue un hombre correcto. Reservado, quizá, pero nunca lo escuché hablar mal de nadie ni mencionar amenazas. Si tenía preocupaciones, no las compartía conmigo. No éramos amigos.

George asintió y recorrió el antejardín con la mirada. Una cochera blanca de madera bien cuidada, un columpio en un árbol y un lugar donde practicar carpintería. Kenneth Ripley parecía tener una vida tranquila, sin grandes preocupaciones. Ideal. George, por una fracción de segundo, lo envidió.

―Por ahora es todo, señor Ripley ―dijo Mallory―. Si recuerda algo más, por insignificante que parezca, comuníquese con nosotros.

―Por supuesto, inspector ―respondió, solícito.

Los inspectores se despidieron con un leve gesto y avanzaron hacia la patrulla.

―Pasemos por el hospital a ver a Montes antes de ir a la oficina, Callahan. Ya deberían estar los informes de las autopsias de las últimas víctimas.

George asintió. No habían llegado al vehículo cuando escucharon movimiento a sus espaldas.

―¿La inspectora Montes se encuentra bien? ―preguntó Kenneth, preocupado, acercándose hasta ellos―. Lo lamento, no pude evitar oír .

―Sí, tuvo un pequeño percance, pero nada grave ―le respondió George―. ¿Por qué lo pregunta?

Kenneth bajó la mirada con incomodidad y se llevó una mano al rostro, como si lamentara haber tocado el tema.

―Había escuchado que ella…, bueno ―titubeó―. Oí que había muerto. Lo siento. Los jóvenes comentan cosas en los pasillos y es inevitable enterarse de lo que pasa en este pueblo. Y la prensa también hace lo suyo. Lamento ser tan impertinente.

―No hay problema, señor Ripley ―dijo George, entendiendo mejor que nadie lo que él quería decir―. En un lugar como este, las noticias corren rápido, y no siempre la información es acertada.

―Espero de verdad que su compañera se recupere pronto. Estará en mis oraciones.

―Gracias, señor Ripley.

Mientras se alejaban de la casa, George no pudo evitar pensar en lo fácil que era para la prensa o para las personas distorsionar la verdad, llenando los vacíos con suposiciones que no hacían más que daño.

Nadie lo sabía mejor que él.