37 Quinto hallazgo
Eldren Vale, Oregon
L a condición de Montes era de extrema gravedad.
Llevaba tres días inconsciente, conectada a un montón de máquinas que la ayudaban a sobrevivir.
George había pasado por el hospital antes de ir al trabajo, y verla así, tan desvalida y amoratada, lo impactó mucho más que los cadáveres con los que se había topado durante el último tiempo.
Era domingo, pero para ellos aquello no significaba nada.
Mientras el resto del pueblo intentaba aferrarse a la rutina y al descanso, en el departamento de policía los días se habían vuelto indistinguibles unos de otros.
El trabajo no se detenía. No con un asesino suelto.
Salieron del hospital en silencio y cruzaron el estacionamiento sin decir una palabra.
Mallory abrió la puerta del conductor y George subió al asiento del copiloto.
Minutos después, la patrulla abandonó el recinto médico y tomó la avenida principal en dirección al departamento de policía.
Ya no llovía, pero el cielo seguía cubierto y el aire era frío.
Durante unos minutos avanzaron en silencio por las calles aún húmedas del pueblo.
George miraba por la ventana, abstraído, pensando en que en cualquier momento recibirían la llamada.
Ya habían pasado setenta y dos horas desde el último hallazgo.
Whitaker seguía sin aparecer, pero él había descubierto un dato crucial para la investigación.
El suicidio de Dylan, el acólito y protegido del padre Charles, en realidad había sido un asesinato.
―He estado revisando los archivos antiguos relacionados con el caso ―dijo George, sin apartar la vista del camino mientras la patrulla avanzaba rumbo al departamento de policía―. No solo los de los hermanos Murphy, sino también los del acólito que se suicidó hace años: Dylan Porter.
Mallory lo miró de reojo, atento.
―¿Encontraste algo nuevo? ―preguntó, y George asintió.
―El muchacho no era violento. Tenía dificultades cognitivas y vivía prácticamente bajo la protección del sacerdote.
Su padre le daba unas palizas de muerte.
Hablé con mis padres y con algunas personas que lo conocieron.
Todos coincidieron en lo mismo: era algo extraño, y algunos le temían, pero jamás le hizo daño a nadie.
El caso se cerró como suicidio ―prosiguió George―.
Se determinó que se había ahorcado y no se encontraron señales de intervención de terceros.
Pero cuando revisé el informe forense encontré algo que nunca pudieron explicar.
Mallory redujo la velocidad al acercarse a un cruce.
―¿Qué encontraste ?
―Dylan tenía dos palabras escritas en el abdomen que atribuyeron a su condición mental. Se concluyó que se las había escrito él mismo antes de suicidarse. Las letras estaban volteadas y nadie cuestionó esa conclusión.
―¿Y qué tiene eso de extraño si tenía problemas mentales?
―La palabra era «Judas Iscariote». Dylan no fue un caso aislado. Fue el primero. El primer apóstol en morir, y su suicidio no fue tal cosa. Lo obligaron.
Mallory tensó la mandíbula, ahora completamente concentrado.
―¡Demonios! ―exclamó, sorprendido―. Entonces esto empezó mucho antes de lo que creíamos.
George asintió lentamente.
―Sí, pero lo que no comprendo es por qué una persona como él formaba también parte del plan de venganza del asesino ―comentó, frustrado―. Cuando visité al padre Charles hace unos días, balbuceó la palabra «accidente» a la sola mención del acólito. No he logrado entender qué quiso decirme con eso.
―¿Los padres de Dylan participaban en la iglesia?
―No, ninguno de los dos, lo que me parece aún más extraño.
Mallory mantuvo la vista fija en el camino mientras procesaba la información.
El crepitar repentino de la radio interrumpió la quietud.
―Unidad dos―catorce, responda .
George tomó el micrófono sin apartar la vista del frente. Intuía lo que pasaba. Era la hora.
―Aquí, dos―catorce en línea. Cambio.
―Se solicita su presencia inmediata en la Universidad de Eldren Vale, edificio de mantenimiento, subterráneo de calderas. Personal del campus reportó el hallazgo de un cuerpo masculino.
George y Mallory intercambiaron una mirada rápida.
―Recibido ―respondió George―. Nos dirigimos al lugar.
Colgó la radio y se enderezó en el asiento.
―Este infeliz ya me tiene harto ―murmuró Mallory.
La patrulla avanzó a mayor velocidad mientras dejaban atrás el hospital.
A medida que se aproximaban al campus de la universidad, el movimiento inusual comenzó a hacerse evidente.
Dos patrullas bloqueaban parcialmente la vía, y un oficial uniformado desviaba el escaso tránsito del día domingo con gestos firmes.
Más adelante había una ambulancia y algunas patrullas policiales alineadas.
La prensa ya había comenzado a llegar. George maldijo en silencio, sin comprender cómo rayos se habían enterado tan rápido.
El área frente a la entrada principal estaba acordonada con cintas amarillas.
Como era domingo, no había estudiantes ni profesores, lo que favorecía la investigación.
Mallory estacionó la patrulla junto a las demás unidades. Apagó el motor sin decir nada. El despliegue era mayor que en ocasiones anteriores .
Un oficial uniformado levantó la cinta amarilla para permitirles el paso al reconocerlos.
―Inspectores, el encargado de mantenimiento encontró el cuerpo sin vida de un hombre en condiciones lamentables ―explicó mientras los guiaba hacia el lugar donde estaba la víctima―. Fue atravesado por una lanza a la altura del corazón.
George cruzó el perímetro con el ceño fruncido, tenso, una sensación que ya le era demasiado familiar y que comenzaba a desagradarle.
―¿Ya reconocieron a la víctima? ―preguntó George.
―Sí, inspector. La víctima es el profesor Marcus Whitaker.