36 Al límite del riesgo
H abía estado a punto de atraparlo. Esa mujer conducía como una condenada profesional y no tenía miedo.
Pocas veces antes se había topado con personas así de temerarias.
Se recriminó por su descuido, apretando el volante con más fuerza de la necesaria.
La lluvia golpeaba con furia el parabrisas, al igual que lo hacían los latidos de su corazón por la adrenalina. Tanto así que le temblaban las manos.
El golpe había sido brutal. Lo había sentido con claridad cuando arrolló a la inspectora con la cara frontal de la camioneta.
Su cuerpo había salido despedido con tanta fuerza que se perdió entremedio de la chatarra.
Se bajó del vehículo para asegurarse de que había acabado con ella y le bastó ver el fierro que la atravesaba por el costado para convencerse de que era así.
Y si estaba viva, no tardaría en morir desangrada.
Sonriendo con un alivio momentáneo, se subió a la camioneta y se marchó sin mirar atrás.
No lo necesitaba. Sin embargo, la tensión no tardó en regresar mientras avanzaba bajo la lluvia.
Inspiró hondo, intentando controlarla. No era miedo, sino rabia hacia sí mismo por haber permitido que algo tan insignificante como observar una casa se saliera de control.
La inspectora había estado demasiado cerca .
―¡Estúpido! ―se reprendió en voz alta.
La imagen regresó con nitidez: la mujer corriendo bajo la lluvia, directo hacia él, determinada. Había reaccionado rápido, más rápido de lo que esperaba. Lo había seguido sin vacilar y sin miedo. Ella era demasiado peligrosa para él y había hecho bien con quitarla de en medio.
Apretó los dientes. No contaba con que Callahan regresara a casa a esa hora.
Hasta el momento todos sus movimientos habían sido acertados, calculados con precisión durante años.
Conocía bien las vidas y rutinas de todas sus víctimas, cada detalle estudiado con una meticulosidad casi obsesiva, y llevaba esperando demasiado tiempo para vengar a su hermano como para permitirse cometer errores.
―¡Estúpido! ―volvió a reprenderse.
«¿Y si la inspectora estaba viva y lo había reconocido?» No. Tenía el rostro cubierto y era imposible sobrevivir a un impacto así. Si aún estaba con vida, no tardaría en morir. Eso era lo lógico, lo esperable en un accidente así, y la lógica nunca le había fallado.
Se relajó, aunque le costó hacerlo. Dobló a la derecha y se internó hasta llegar a la instalación subterránea que había servido como base para llevar a cabo su plan.
El sitio estaba abandonado desde hacía años y había servido como almacén para guardar municiones y depósitos militares en los años cuarenta.
Luego de sufrir inundaciones que dañaron gran parte de su estructura, el ejército lo declaró inutilizable y terminó por sellarlo.
Con el paso del tiempo, el lugar cayó en el olvido y nadie volvió a interesarse por él.
Había dado con su ubicación hacía muchos años, mientras revisaba documentos antiguos en la biblioteca del instituto.
Suspiró. Todo seguía su curso. Todo estaba ocurriendo como lo había previsto. Era un hombre ordenado, con una vida ordinaria que no llamaba la atención. Luego de que se marcharan de Eldren Vale con su madre, se propuso planificar su venganza. Había aprendido a esperar, a observar y a escuchar.
Ellos, los culpables, siguieron con sus vidas como si nada hubiera pasado.
Culpables. Todos eran culpables, empezando por el padre Charles, aquel infeliz que predicaba sobre misericordia y perdón hacia el más necesitado y que, cuando él le había pedido ayuda en el pasado, le cerró las puertas en las narices.
Culpable.
Ya había tenido su castigo. No merecía la muerte, sino una vida miserable.
Los demás siguieron adelante como si nada, sin mover un dedo cuando todo ocurrió.
Pero bastó con que el hijo del alcalde desapareciera para que el pueblo entero se movilizara en su búsqueda.
Esa diferencia era algo que jamás había olvidado.
Giró por un camino secundario, alejándose de las luces del pueblo.
El terreno se volvió irregular y la camioneta comenzó a sacudirse sobre el barro húmedo.
Las ruedas patinaban por momentos, pero conocía aquel trayecto de memoria.
Lo había recorrido tantas veces que podía hacerlo casi con los ojos cerrados .
La camioneta se detuvo. Desde fuera no parecía más que un terreno abandonado, cubierto de maleza y barro.
Nada llamativo. Nada que invitara a la curiosidad.
Apagó el motor y descendió con calma. Su respiración ya se había normalizado.
El aire frío le golpeó el rostro mientras caminaba hacia el punto exacto donde se ocultaba la entrada.
Apartó una cubierta metálica cuidadosamente disimulada y entró.
La oscuridad lo envolvió por un instante, pero encendió una lámpara a gas con una cerilla.
Una gotera caía con ritmo constante y su eco se perdía en la penumbra.
El olor a fierro del lugar le resultaba familiar, casi reconfortante.
Aquel espacio representaba años de preparación.
Avanzó con paso lento por el interior hasta llegar al cuarto donde yacía despierta su próxima víctima. Tenía las manos atadas a una mesa y las muñecas heridas de tanto forcejear. Temblaba de frío.
―Por favor… ―rogó, ronco por gritar pidiendo ayuda―. Déjame ir.
Lo ignoró y le acercó un recipiente con agua a los labios. Bebió con ansiedad, tragando con desesperación. Tenía sed. Cuando se la bebió toda, apartó el recipiente con un movimiento seco. Lo necesitaba vivo hasta el sábado por la noche.
―Ten piedad… ―sollozó, desesperado―. Haré lo que sea, pero por favor, déjame ir.
Había intentado resistirse al principio, como todos. Había gritado, suplicado, forcejeado con una desesperación inútil. Pero el tiempo, el cansancio y el miedo siempre terminaban imponiéndose.
Siempre.
Su víctima lo miró como si aún esperara reconocer en él algún rastro de humanidad. Se alejó, arrojó sobre su cuerpo una manta para que soportara el frío al menos unos días más, y después se marchó, esta vez en una moto que guardaba allí. Nadie encontraría ese lugar. Nadie llegaría hasta él.
Era una certeza.