72 horas. El juicio de los doce 35 Entre la vida y la muerte
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35 Entre la vida y la muerte

C uando George entró en el departamento de policía, lo primero que le llamó la atención fue el rostro preocupado de prácticamente todos los que trabajaban allí. Supo que algo malo había sucedido al mirar a Mallory.

―¡Callahan!, ¿dónde diablos te habías metido? ―lo increpó su compañero, avanzando hacia él.

George frunció el ceño, desconcertado por el tono.

―En el hogar Saint Mary ―respondió, seco―. Le pedí a Montes que me acompañara a casa un momento. Tenía que verificar una información antes de ir a entrevistar al padre Charles, pero ella se fue. Así que fui solo.

Mallory lo miró como si no diera crédito a lo que escuchaba.

―¿Te dejó solo? ―replicó, incrédulo―. Si ella se marchó sin ti es porque algo pasó y no tuvo tiempo de avisarte. Estaba sola cuando la hallaron.

―¿Hallaron? ―preguntó George, con la voz endurecida―. ¿Dónde está Montes?

―En el hospital ―dijo finalmente―. La atropellaron. La encontraron tirada entre un montón de chatarra en un recinto abandonado cerca del viejo molino. ―Mallory suspiró con preocupación―. Apenas está con vida, Callahan. La están operando y la cosa no pinta nada bien.

―¿La atropellaron? ―preguntó, sobresaltado―. ¿Cómo que la atropellaron? ¿Quién?

Mallory se encogió de hombros, negando con la cabeza.

―Ella llamó a la central hace un rato para pedir refuerzos. Perseguía a un sospechoso que conducía una camioneta Nissan Hardbody blanca. Cuando llegó la ayuda, la camioneta no estaba, pero Montes estaba inconsciente y muy malherida ―se explicó con pesar―. Está mal, Callahan.

El estómago se le contrajo con fuerza. George comenzó a recrear en su mente cuando hablaba con su padre por teléfono en medio de la lluvia, y recordó el momento en que escuchó el chirrido de los neumáticos y el motor alejándose con brusquedad.

En ese instante le había parecido extraño que Montes saliera con tanta rapidez, pero jamás pensó que se tratara de una persecución.

Es más, creía que se trataba de un arrebato de malhumor que de otra cosa.

Por eso no prestó atención suficiente y continuó hablando con su padre.

Respiró profundo, intentando quitarse de encima la incómoda presión en el pecho que lo abrazó.

Ahora todo cobraba sentido y se recriminó internamente por no verlo.

¿Habría estado el asesino acechándolo a él?

Concluyó que sí, que era lo más probable, ya que de otro modo su testaruda compañera no lo habría dejado sin escolta.

―¿Quién está con ella? ―quiso saber George.

―El teniente Hayes acababa de llegar cuando nos avisaron, y ha ido de inmediato a acompañarla .

George se estaba dando la vuelta para ir al hospital cuando la puerta de la oficina del teniente Dempsey se abrió con brusquedad.

―¡Callahan, ven aquí! ―rugió su jefe. George apretó la mandíbula con fuerza.

―¡Y tú también, Mallory!

Entró en la oficina a regañadientes. Lo único que quería era largarse de allí para ir a acompañar a Montes.

Además, estaba cabreadísimo con todo. Mallory cerró la puerta tras de sí cuando entró.

Permanecieron de pie mientras el teniente se acomodaba en su silla, dejando caer todo el peso de su cuerpo de una sola vez.

Estaba preocupado, y muy enfadado también.

―¡Quiero saber por qué demonios Montes no estaba contigo como le ordené!

―Estaba recabando información cuando la inspectora se retiró, señor. Pensé que regresaría de inmediato.

―Maldita seas, Montes ―bufó Dempsey, llevándose la mano a la cabeza con exasperación―. Esta mujer siempre actúa por su cuenta.

―Con todo respeto, señor, pero creo que no le dio tiempo de avisarme. No creo que haya querido marcharse sin mí. Es más, insistía en no dejarme solo porque eso era lo que le habían ordenado hacer ―la defendió George.

―No la justifiques, Callahan. De cualquier forma, Montes está en quirófano y la situación es crítica. Escúchame bien ―ordenó con firmeza―. A partir de ahora, Mallory estará a cargo del caso y tú trabajarás bajo su supervisión. Tienes prohibido desplazarte sin que él te acompañe. ¿Has entendido?

―Sí, señor. ¿Ya puedo irme? Quiero ir al hospital.

Dempsey levantó una mano, deteniéndolo.

―No olvides que la investigación para detener al Apostólico sigue activa. No puedes desaparecer cuando te dé la gana, Callahan. A Montes la están operando y el hecho de que estés aquí o allá no cambiará en nada el resultado de la cirugía.

George tensó la boca.

―Teniente, ahora mismo lo único que me importa es saber si va a sobrevivir.

El teniente iba a replicar, pero Mallory intervino a tiempo.

―Señor, yo acompañaré a Callahan al hospital y después lo traeré de vuelta para que continuemos con la investigación. Queremos acompañar a Montes, aunque sea unos minutos.

Dempsey los observó a ambos con dureza, pero algo en su expresión se suavizó apenas y suspiró.

―Vayan ―gruñó finalmente―. Pero no se queden allá todo el día. Cuando salgan del hospital, vuelven aquí y se ponen a trabajar. ¿Entendido?

―Sí, señor ―respondieron al unísono.

George se dio media vuelta sin añadir nada más y Mallory lo alcanzó en el pasillo.

El trayecto hasta el centro asistencial se le hizo interminable, a pesar de que el hospital se hallaba a solo un par de kilómetros de allí.

Ninguno de los dos habló. Mallory parecía perdido en sus propios pensamientos mientras en él una sola idea martillaba su mente: que Montes siguiera con vida.

La lluvia golpeaba con fuerza el parabrisas cuando Mallory detuvo la patrulla frente a la entrada del hospital. La temperatura había descendido unos cuantos grados y recién fue consciente de que tenía frío. De todos modos, eso le daba igual.

Se acercó al mostrador y una enfermera, al reconocerlo, le sonrió con nerviosismo. En otras circunstancias quizás le habría sonreído con amabilidad, pero toda la educación de la que George hacía gala desde pequeño se esfumó por causa de la urgencia por saber del estado de su compañera.

―La paciente Valeria Montes ―dijo, sin preámbulos―. La trajeron hace un rato. ¿Podría indicarnos dónde está?

La recepcionista asintió y miró el monitor antes de teclear con rapidez.

―Está en cirugía ―respondió finalmente―. El área de quirófanos está en el segundo piso. La sala de espera, al fondo del mismo pasillo.

George se limitó a asentir y se giró de inmediato para buscar las escaleras.

―Ahí está el teniente Hayes ―dijo Mallory.

Estaba sentado con el cuerpo inclinado hacia delante y los codos apoyados sobre las rodillas. Tenía las manos entrecruzadas y la mirada fija en el suelo.

―Teniente Hayes ―dijo George, sacándolo de su ensimismamiento―. ¿Cómo está Montes ?

Cuando Hayes levantó la vista y los vio allí, se levantó con lentitud, negando con la cabeza.

―Mal. Tiene múltiples fracturas, y algunas de ellas muy graves ―se explicó, demasiado conmocionado con la situación―. Con el impacto, un fierro la atravesó de lado a lado en el costado. Es un verdadero milagro que siguiera con vida cuando llegó la ambulancia.

Mallory se movió con inquietud, intentando contener su rabia, y luego comentó:

―Por la manera en que la encontraron, se determinó que el desgraciado que la atropelló quería matarla y que lo más probable era que pensara que lo había conseguido por las condiciones en que quedó su cuerpo.

George se sentó en la silla y se restregó los ojos. De pronto fue consciente de que todo era su responsabilidad. Si no se hubieran detenido en su casa, Montes estaría bien.

―Es mi culpa ―dijo George―. No hice lo que me ordenó. Ella no quería que me desviara hacia mi casa y, sin embargo, no le obedecí.

―No te culpes, Callahan ―dijo Hayes―. De todos modos, ella siempre fue así: terca, impulsiva y odiosa. Yo también me siento responsable. Llevo tanto tiempo castigándola por su pasado que ella se ha vuelto cada vez más temeraria.

George lo miró.

―Lleva dos años sobria ―dijo con firmeza―. ¿Lo sabía?

―Ahora lo sé ―respondió, dolido.