72 horas. El juicio de los doce 34 Hogar Saint Mary
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34 Hogar Saint Mary

L lovía de lado y el agua fría se colaba por el cuello de George mientras avanzaba en su moto a gran velocidad contra el viento. Era casi mediodía, pero Eldren Vale parecía un pueblo abandonado con el cielo así de oscurecido. Se avecinaba un temporal.

George llegó empapado al hogar Saint Mary. El edificio no se encontraba lejos de la iglesia principal, pero la fuerza con que caía el agua era suficiente como para mojar la tela de sus pantalones en un trayecto incluso menor del que había recorrido.

Apagó el motor, observó con rapidez la fachada antigua e imponente del edificio y se quitó el casco mientras se dirigía a la puerta principal.

De pronto, al entrar al vestíbulo y percibir el olor a cera en los muebles y la calidez de la habitación, un recuerdo de la infancia acudió a su mente.

Había estudiado en un colegio católico muy parecido y atribuyó a ello aquella sensación familiar.

George se acercó al mostrador. La religiosa levantó la mirada de su cuaderno y le sonrió con amabilidad.

―¿Puedo ayudarlo en algo ?

―Buenos días, madre ―saludó él, quitándose los guantes y ordenándose el pelo con los dedos―. Me gustaría visitar al padre Charles.

La mujer frunció ligeramente el ceño, evaluándolo.

―¿Es familiar?

―No. Soy policía ―dijo mostrando su placa.

―Ah, entiendo. El padre Charles no recibe muchas visitas ―explicó, comprensiva―. Su estado es delicado.

George sostuvo su mirada.

―Solo serán unos minutos. Es importante.

La religiosa dudó, pero finalmente suspiró con resignación.

―Está bien ―contestó la mujer, poniéndose de pie para conducirlo por un pasillo―. Es la segunda puerta a la derecha. Al padre le cuesta hablar, así que no sé si podrá conseguir mucho de él ―le informó mientras caminaba a su lado―. Lleva dos años así, luego de que lo atacaran mientras dormía.

―¿Lo atacaron?

―Fue un golpe brutal en la cabeza ―se lamentó la religiosa―. Quedó con daño cerebral permanente. Entiende bien lo que le dicen, pero tiene dificultades para expresarse y moverse.

―¿Atraparon a su atacante?

―No. Nunca lo encontraron ―respondió con pesar―. Dijeron que había sido un robo, pero nunca faltó nada, salvo su Biblia personal .

George asintió sin decir nada más. De algún modo sabía que el ataque del sacerdote estaba relacionado con el asesino.

Tenía que estarlo. Si el padre Nicholas estaba vivo, era porque lo había planeado así.

También el hecho de que se llevara su Biblia daba a entender que todo era parte de un macabro plan, una venganza que, si no se equivocaba, había comenzado muchos años atrás.

Por otra parte, la muerte del acólito no dejaba de darle vueltas en la cabeza.

La madre se detuvo frente a la puerta y le hizo un gesto con la mano para que entrara.

Una chimenea encendida calefaccionaba la habitación mientras las religiosas acompañaban a los ancianos que miraban la televisión.

Estaban dando Súperman . George se quedó quieto en el umbral, recorriendo con los ojos la sala para dar con el sacerdote.

Lo divisó a los pocos segundos y su imagen le impactó.

No era el hombre que recordaba. Lo conoció cuando era un niño y, aunque siempre lo vio como alguien mayor, ahora le parecía una figura deteriorada y frágil, con el rostro demacrado y cansado.

Estaba atrás, en un rincón junto a la ventana, y sostenía un rosario en la mano que temblaba con movimientos irregulares.

George se le acercó. Los ojos del sacerdote se movieron lentamente desde la ventana hasta dar con los suyos. Tenía la mirada vacía, como si no se encontrara allí.

―Padre Charles… ―dijo con suavidad―. Soy George Callahan, ¿me recuerda?

El sacerdote intentó responder. Notó en sus ojos un atisbo de reconocimiento. Sus labios se movieron con esfuerzo, pero el sonido que salió fue apenas un quejido incomprensible. La mano temblorosa se agitó un poco más sobre la manta, aunque el movimiento resultó torpe y descontrolado.

A George se le formó un nudo en el estómago.

―Necesito hacerle unas preguntas, padre ―continuó en voz baja―. Es sobre algo que ocurrió hace muchos años… en 1967. ¿Recuerda usted que fui secuestrado ese año?

El anciano asintió con dificultad mientras balbuceaba un «sí» arrastrado.

―Quiero preguntarle por un muchacho ―añadió―. Un acólito.

La reacción fue inmediata. Los ojos del sacerdote se abrieron un poco más y el temblor en su mano aumentó de manera visible. George percibió hasta en su propia piel la tensión del anciano.

―D… D… ―balbuceó, sin lograr formar la palabra.

―Dylan ―lo ayudó a completar él―. ¿Dylan le dijo algo antes de morir, algo que lo inquietara?

Los ojos del sacerdote se llenaron de lágrimas y su expresión era de absoluta desesperación. George no entendía si eso se debía al gran afecto que le guardaba al muchacho o al hecho de que no podía hablar para contarle lo que sabía.

El inspector miró sobre una mesa y divisó un cuaderno y un lápiz. No lo pensó. Lo tomó sin pedirlo prestado y acomodó el lápiz en la mano del sacerdote y el cuaderno sobre su rodilla.

―Escríbalo, padre, lo que sea .

El anciano bajó la mirada hacia el papel y con mucha dificultad, comenzó a trazar.

―Acci… den… te… R…. ―Soltó el lápiz, agotado y tembloroso a más no poder.

George lo recogió del suelo con rapidez y, con el corazón latiendo a mil, volvió a ponerlo entre sus dedos, pero el anciano ya no podía cogerlo. Temblaba demasiado.

―Padre, ¿qué quiere decir con «accidente», y qué es la «R»?

El padre no contestó. Mientras más intentaba hablar, peor eran los temblores de su cuerpo.

―Padre, por favor, una última pregunta ―comentó en tono templado, ocultando su ansiedad―. ¿Recuerda a Ryan Murphy? ¿El niño que desapareció una semana antes de mi secuestro?

Bastó con pronunciar ese nombre para que el sacerdote literalmente tuviera un colapso emocional. Una de las religiosas se percató y caminó hacia ellos con el rostro tenso.

―¡¿Qué está haciendo?! ―exclamó al ver la escena.

George dio un paso atrás.

―Solo intentaba hablar con él… ―se explicó, disculpándose con la mujer. En tanto, el padre intentaba balbucear una palabra, repitiéndola una y otra vez: «culpa… culpa».

―¡No puede alterarlo así! ―interrumpió la mujer, tomando la silla de ruedas para llevarlo fuera de la habitación―. ¡Su estado es muy delicado!

―Lo siento. No era mi intención ―se disculpó .

Otra mujer entró, se le acercó y le pidió en tono seco:

―Es mejor que se vaya.

George retrocedió lentamente y salió al pasillo, todavía intentando encajar las palabras en este rompecabezas para que tuvieran sentido.

Dylan. El sacerdote había reaccionado al escuchar ese nombre.

No había sido una coincidencia. Estaba seguro de que el padre quería revelarle algo importante que había ocurrido en el pasado, pero su incapacidad no se lo permitía.

Pensó en las palabras «accidente» y «culpa», y se preguntó qué rayos quería decir con eso. Y esa «R». ¿Acaso sería por Ryan?

Suspiró, frustrado, y abandonó el edificio unos minutos después, con la mente envuelta en una inquietud creciente.

Seguía lloviendo y la temperatura había descendido notoriamente, pero no le importó.

Ahora lo urgente era volver al departamento de policía y continuar con la investigación.

Pensó en su compañera, la que seguía sin aparecer, y bufó, exasperado.

―¡¿Dónde demonios te metiste, Montes?!

Se puso el casco y giró la llave de la moto. El motor rugió igual que rugían sus pensamientos.