72 horas. El juicio de los doce 33 Nuevos datos
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G eorge frunció el ceño, extrañado. Se preguntó por qué rayos Montes se había largado, dejándolo solo en casa cuando ella sabía que debían ir al hogar de ancianos Saint Mary a hablar con el viejo sacerdote.

Tal vez había recibido una llamada del trabajo, o quizás le había sucedido algo a su hijo y no le dio tiempo de avisarle antes de marcharse.

Regresó al teléfono y tomó el auricular.

―Disculpa por hacerte esperar, papá ―dijo George, llevándose los dedos a los ojos por el cansancio―. Solo quería preguntarte si recuerdas a las familias del comité parroquial. Las que participaban en la iglesia en el año en que me secuestraron.

Su padre no tardó en responder.

―Cómo olvidarlas. Muchos de ellos eran grandes amigos nuestros. Estuvieron ayudándonos a buscarte cuando te secuestraron. ¿Por qué?

―Seguramente ya te has enterado por las noticias que tenemos un asesino suelto, el Apostólico .

―¿Y eso qué tiene que ver contigo? ―quiso saber, preocupado .

―Las víctimas que ese infeliz ha asesinado resultan ser hijos de los miembros de ese comité. ―Se hizo un silencio que no presagiaba nada bueno.

―¿Qué me estás queriendo decir? ―preguntó su padre al fin, con la voz más baja―. ¿Que tú podrías estar dentro de la lista de ese maniático?

George apretó la mandíbula, tenso.

―No, no es eso ―lo tranquilizó mientras se pasaba la mano por la cabeza―.

Mira, papá, no puedo darte detalles del caso.

Estoy bien, de verdad, pero necesito que me ayudes.

Quiero que me digas si recuerdas algo de esa época, cualquier cosa.

Personas, conversaciones, algo que haya parecido extraño.

Estoy intentando conectar los eventos con el asesino, eso es todo.

―Qué puedo decirte ―dijo soltando una exhalación―. No todos tenían hijos por ese entonces. Eldren Vale era un pueblo aún más pequeño todavía. No pasaba nada sin que el vecino se enterara a los diez minutos ―se explicó―. Con el tiempo perdí contacto con la mayoría.

―¿Recuerdas al otro niño? ―preguntó después―. ¿El que nunca apareció?

―Claro que lo recuerdo. Ryan Murphy ―respondió―. Ese muchacho, al igual que su hermano mayor, Kevin, no hacía otra cosa que meterse en problemas. Ambos vivían con su madre hasta que Ryan desapareció. Eran considerados por la gente «los hijos del mal».

―¿Qué tipo de problemas? ―insistió George, aferrándose a cualquier cosa, por mínima que fuera .

―Robaban, dañaban a los animales y destruían las imágenes de la iglesia.

También solían molestar a otro muchacho…

, ¿cómo se llamaba?, el acólito que tenía problemas mentales.

Dylan, así se llamaba. Lo acosaban con frecuencia.

Lamentablemente ese joven murió poco tiempo después de tu rescate. Se ahorcó.

George se quedó en silencio unos segundos, procesando la información. Seguramente se trataba del joven que aparecía en la foto que había visto colgada en el despacho del padre Nicholas cuando lo visitó con Montes. Tenía que investigarlo.

―¿Qué pasó con el otro hermano, el mayor?

―Se marchó del pueblo con su madre alrededor de un año después de la tragedia.

Era un joven inteligente, casi un genio, pero tenía el alma podrida y problemas con la autoridad.

Esos dos hermanos eran terribles. Nadie los quería cerca de sus hijos.

Se burlaban de Dylan, lo empujaban, lo acosaban. Vivía aterrado el pobre.

Su padre acababa de darle información muy valiosa. Revisaría los expedientes del caso. Estaba seguro de que, tal como decía Hayes, el objetivo no eran los hijos, sino los padres.

―Papá… ―añadió―. ¿Recuerdas a alguien llamado Marcus Whitaker?

―Sí, claro que sí ―respondió su padre al instante―. Es el hijo de un gran amigo nuestro. Entiendo que enseña Historia del Arte en la universidad. Hace años que no sé nada de su familia ¿Pasa algo con él ?

―No, nada. ¿Recuerdas algo más?

―No… ―respondió su padre, dudando―. Solo recuerdo que, después de tu secuestro, nos fue muy difícil seguir viviendo en ese lugar con tu madre, y cuando cumpliste diez nos mudamos a Portland.

Esos seis años no fueron más que un suplicio para ella.

Tenía pesadillas y ambos teníamos mucho miedo de dejarte solo.

El cielo estalló en un trueno ensordecedor y George se sobresaltó.

―Gracias, papá ―dijo finalmente―. Me has ayudado más de lo que crees.

―George… ―lo llamó su padre antes de colgar―. Ten cuidado. Sea lo que sea en lo que estés metido, no me gusta nada.

―No te preocupes, papá. Estaré bien.

Colgó despacio y permaneció unos segundos sin moverse, sosteniendo el auricular entre los dedos.

Dylan, Ryan y Kevin. Tres nombres que tendría que investigar lo antes posible. Era probable que todo estuviera relacionado. Algo le decía que sí, pero para desenterrar el pasado tendría que hablar con el padre Charles.

―Lo siento, Montes, pero no puedo seguir esperándote ―dijo, tomando su casco y las llaves de su moto. Se acababa el tiempo.

Encendió el motor y lo dejó rugir unos segundos bajo el cielo gris. No podía esperar más. Aceleró y partió directo hacia el hogar de ancianos Saint Mary.