72 horas. El juicio de los doce 32 El accidente
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32 El accidente

A Valeria le costaba ver a través de las ventanas del sedán a causa de la lluvia, y estaba demasiado entumecida como para bajarse y entrar en la casa.

Callahan había dejado el vehículo andando con la calefacción encendida.

Se inclinó para dirigir el aire hacia el parabrisas, ya que había comenzado a empañarse.

Fue entonces cuando notó algo extraño. Un hombre apareció en su campo de visión y estaba observando la casa de George.

El sujeto se giró para mirarla y se volteó con rapidez, como si no quisiera que ella lo viera, lo que le llamó la atención.

―Demonios, y con lo bien que estaba yo aquí ―se quejó, quitándose el cinturón de seguridad para ir a hablar con él.

Se bajó del automóvil y corrió hacia el sujeto que, al notar que ella se acercaba, también se echó a correr. Fue entonces cuando supo que no era un hombre cualquiera y que muy probablemente era el asesino.

―¡Deténgase! ¡Policía! ―gritó, sacando su arma mientras la adrenalina recorría su cuerpo y avanzaba tras él.

Pero el hombre era más rápido y se refugió en una camioneta blanca.

Encendió el motor y se largó. Valeria corrió de regreso hasta la patrulla y se subió con rapidez.

El asiento estaba demasiado atrás, tal como lo había dejado Callahan, y apenas alcanzaba los pedales.

Lo empujó hacia delante con un tirón brusco y aceleró tras el fugitivo.

―Maldito desgraciado. Esta vez no te me escaparás.

La camioneta tomó un desvío por un camino de tierra que conectaba con la carretera principal y que no estaba en tan buen estado.

Ella podía ver cómo el vehículo del fugitivo se desestabilizaba por el terreno irregular.

Valeria apretó los dientes y soltó una maldición, sujetando el volante con más fuerza.

Apenas podía ver debido a la lluvia, pero se negó a bajar la velocidad, hasta que llegó a una curva.

Derrapó.

―¡Mierda, lo voy a perder! ―gritó, frustrada.

El limpiaparabrisas se movía con violencia, pero apenas lograba despejar el agua que se acumulaba sobre el vidrio. El terreno era tan irregular que le costaba corregir el rumbo sin perder velocidad.

―¡¿Dónde estás?! ―bufó, tendiendo la mano derecha hacia el tablero para buscar a tientas la radio de la patrulla sin apartar la vista del camino.

―Central, aquí unidad dos―catorce. Estoy en persecución de un sospechoso en una camioneta Nissan blanca… repito, Nissan Hardbody blanca… rumbo norte por Old Mill Road. Estoy pasando por el viejo molino… necesito apoyo inmediato.

El vehículo dio un salto violento sobre un desnivel y la radio resbaló de sus dedos .

―Estúpida ―se maldijo en voz alta y volvió a sujetar el volante con fuerza.

―Unidad dos―catorce, recibido ―se escuchó―. Confirme ubicación actual y dirección de desplazamiento. Unidades en camino.

Como le era imposible conducir con una mano en las condiciones en que se encontraba el terreno, no fue capaz de tomar la radio otra vez. Sin embargo, la voz de la central se seguía escuchando entre interferencias.

―Unidad dos―catorce, ¿me copia? Repita ubi…

El resto de la frase se perdió con el golpe seco de un bache.

Al menos ya sabía dónde se encontraba y enviarían ayuda de inmediato.

Pensó en Callahan, que debía estar preguntándose dónde demonios se había metido.

Maldijo otra vez. Estaba rompiendo un protocolo de seguridad al dejarlo solo, lo sabía, pero tampoco podía permitir que ese infeliz se le escapara.

Las luces de la camioneta volvieron a aparecer con claridad cuando el fugitivo alcanzó la carretera.

Giró con brusquedad hacia la derecha, sin señalizar, y aceleró.

Valeria lo imitó sin vacilar. A esa hora, en aquel sector periférico del pueblo, no había tránsito ni luces cercanas, solo la línea interminable del camino bordeado de árboles y la silueta lejana de la camioneta que intentaba escapar.

Apretó el acelerador con más fuerza.

―Maldito bastardo… ―murmuró entre dientes.

La distancia entre ambos comenzó a reducirse poco a poco y por un instante creyó que lograría alcanzarlo antes de que abandonara la carretera.

La camioneta viró con brusquedad hacia un camino angosto, cerca del viejo molino, y entró en una propiedad.

Valeria reaccionó de inmediato y giró tras él.

Las ruedas volvieron a deslizarse sobre el barro antes de estabilizarse.

El lugar parecía un sitio abandonado y la camioneta blanca desapareció tras la construcción.

La perdió de vista, pero sabía que estaba ahí, escondida.

Valeria frenó con brusquedad a unos metros de distancia.

Dejó el motor encendido y, con el arma en la mano, se bajó, tratando de localizar cualquier movimiento o sonido.

Seguía lloviendo, pero no le importó. Caminó por el terreno embarrado, atenta a todo.

El corazón le latía con fuerza, pero su mente permanecía alerta, calculando distancias, posibles rutas de escape y puntos ciegos.

Se aproximó al costado de la estructura, intentando rodearla para encontrar la camioneta.

Tenía que estar allí. Se detuvo un segundo y ladeó la cabeza para mirar.

Entonces escuchó el rugido del motor. Giró con rapidez y vio la camioneta aparecer a gran velocidad directamente hacia ella.

No tuvo tiempo de reaccionar. Levantó el arma, pero, antes de apretar el gatillo, la camioneta la golpeó con brutalidad, lanzándola por el aire y haciéndola estrellarse contra un montón de chatarra.

Quedó atrapada entre un amasijo de fierros.

Ni siquiera llegó a sentir dolor. Todo se volvió difuso antes de que pudiera emitir un solo quejido.