72 horas. El juicio de los doce 31 Intuición
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31 Intuición

L a lluvia comenzó a caer justo cuando cruzaron el umbral de la casa de Lily Whitaker, con una insistencia que parecía querer desquitarse con ellos.

George alzó el cuello de su abrigo mientras descendía los escalones del porche y respiró el aire frío.

No dijo nada. Tampoco Montes. El silencio se había instalado entre ellos de una manera que sofocaba.

Caminaron hacia el automóvil bajo la lluvia, que ya golpeaba con fuerza suficiente como para hacer vibrar el metal del techo cuando cerraron las puertas. George encendió el motor.

―El asesino no es Whitaker ―dijo él, mirándola fijamente.

―¿Por qué defiendes a ese desgraciado?

―No lo estoy defendiendo, Montes. Estoy diciendo que él no es nuestro hombre ―aseguró―. Algo pasó en su casa ayer, porque el escritorio estaba desordenado de una manera extraña que no cuadra con alguien con sus características.

George condujo por la calle y dobló a la derecha en la esquina.

Detuvo el vehículo en el semáforo en rojo y vio el videoclub abierto, con las luces encendidas para el arriendo de películas.

En el vidrio principal, un cartel gigante lo mostraba en la película Fuego cruzado , donde aparecía levantando un arma, hombro a hombro con Demi Moore.

Se quedó mirando la imagen unos segundos más de lo necesario, recordando con claridad los días del rodaje.

No estaba arrepentido de su pasado como actor, pero sabía que esa vida ya no era el camino que quería seguir.

―¿Extrañando los viejos tiempos, Hollywood?

―No exactamente ―respondió sin entrar en mayores detalles―. Quiero pasar por casa antes de ir a visitar al padre Charles Mitchell.

Montes se giró con rapidez hacia él.

―No es buena idea ―respondió con firmeza―. No puedes estar solo, Callahan.

George no dijo nada. Se limitó a dejar escapar un suspiro de irritación, aunque esa irritación no era hacia su compañera, sino hacia sí mismo.

La impotencia de no poder dar con más pistas lo estaba desesperando, y se aferraba a la posibilidad de obtener, aunque fuera a migajas, alguna información que les permitiera evitar llegar a las setenta y dos horas del terror.

Continuó conduciendo hacia su casa para llamar a su padre. Mientras no resolviera las inquietudes que rondaban por su cabeza, no podría ir a ningún lugar.

―Pero… ¿qué demonios…? ―se quejó Montes cuando se dio cuenta de que George tomaba un desvío.

―Necesito hacer una llamada urgente ―insistió―. Solo será un momento. Después iremos a ver al sacerdote.

―¿Un momento? ―repitió Montes con incredulidad, girándose hacia él, con la mandíbula tensa―.

Llevamos días corriendo detrás de un asesino que no nos da tregua y justo ahora decides que tienes que seguir un impulso.

¿Siempre trabajas así, Callahan, o es solo conmigo?

Porque empiezo a tener la impresión de que haces exactamente lo que se te da la gana, sin importar quién esté al mando.

George ni se inmutó. Sabía que ella iba a molestarse, pero algo le decía en su fuero interno que ese era el camino para descubrir la verdad.

―No es un impulso ―dijo con calma―. Es intuición. Y pocas veces me ha fallado.

Montes soltó una breve risa sin humor.

―Claro, tu intuición ―murmuró, clavando la vista en el camino. Lo que pasa contigo, Hollywood , es que no te subordinas, tienes problemas con la autoridad. ¿Te cuesta mucho obedecerme?

―Solo serán cinco minutos, Montes.

La inspectora bufó, exasperada. George ya le había cogido la medida y no estaba dispuesto a echarse para atrás.

Mientras conducía, el ritmo constante del agua contra el vidrio comenzó a infiltrarse en sus pensamientos, ordenándolos poco a poco, empujándolo hacia un lugar que llevaba tiempo evitando: el pasado.

―Ya se han largado los periodistas ―comentó George cuando se estacionó―. Seguro que ya se enteraron de que apareció un cuarto cadáver.

―Apresúrate. Te espero aquí.

George asintió. Se bajó del vehículo y corrió hacia la puerta .

Montes suspiró.

Hacía frío en el interior de la casa. Al entrar, lo primero que vio George fueron las cajas arrinconadas sin desembalar.

Avanzó hacia una de ellas y la abrió. Dentro había otra caja de cartón, envejecida por el paso del tiempo.

La sostuvo entre las manos durante unos instantes, buscando una pista, algo que lo llevara a entrelazar los eventos del pasado con los de la actualidad.

La dejó sobre la mesa y levantó la tapa.

Sacó recortes de periódicos amarillentos y fotografías viejas.

También había un informe policial. Lo leyó.

Todo aquello había permanecido intacto durante años, guardado con un cuidado que parecía más cercano al temor que a la nostalgia.

George tomó uno de los recortes y lo sostuvo frente a sus ojos.

La imagen mostraba su rostro infantil. Tardó un segundo en reconocerse a sí mismo en aquella fotografía antigua.

El titular hablaba de su desaparición con letras grandes y rojas.

Un recuerdo de las luces de las cámaras fotográficas y los gritos de los periodistas abalanzándose sobre él lo acechó sin piedad.

Una presión incómoda se instaló en su garganta.

Había pasado gran parte de su vida evitando mirar esos documentos, convencido de que remover el pasado solo reabriría heridas que el tiempo había logrado sellar con esfuerzo. Sin embargo, ahora era necesario.

Decidido, tomó el teléfono y marcó el número de memoria. La voz de su padre respondió tras el tercer tono.

―¿George? ¿Estás bien?

Escuchar su voz en parte lo alivió, aunque también lo inquietó. Sabía que a su padre no le gustaba recordar los eventos de su secuestro, pero tenía que hacerle preguntas si quería resolver el caso antes de que ocurriera otro crimen.

―Hola, papá. Estoy bien. Necesito preguntarte una cosa ―dijo finalmente―. ¿Podemos hablar?

―¿Ha pasado algo?

―Estoy trabajando en un caso y creo que podría tener relación con lo que ocurrió cuando era niño.

El silencio que siguió fue ominoso, incluso a través de la distancia. Lamentaba hacerlo, pero necesitaba información.

―Han pasado muchos años desde aquello ―murmuró su padre―. Pensé que ya no volveríamos a hablar de ese tema.

George apoyó el recorte sobre la mesa y observó nuevamente la fotografía.

―Lo sé, pero si no lo resuelvo pronto, alguien va a morir, papá, y se me está acabando el tiempo.

No le dijo que él era una de las posibles víctimas del Apostólico . Iba a hacerle una pregunta cuando escuchó el chirrido de las ruedas y el automóvil arrancar a gran velocidad.

―Dame un momento, papá ―dijo, dejando el auricular en la mesa y corriendo hacia la ventana.

Montes se había largado, pero ¿por qué?