72 horas. El juicio de los doce 30 Negación
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30 Negación

M ontes no apartó la mirada del rostro de Lily Whitaker. George sabía lo que estaba pensando tan solo observando sus ojos. No comprendía que una mujer engañada por su marido continuara a su lado.

―¿Desde cuándo lo sabe? ―preguntó ella con tono firme, casi despectivo.

Lily dudó apenas.

―Desde hace algunos meses ―respondió finalmente―. Lo descubrí por mi cuenta.

George observó que sus manos no dejaban de retorcerse y tuvo la certeza de que no solo había rabia en esa mujer, sino cansancio y vergüenza. Montes apoyó los codos sobre las rodillas y se inclinó ligeramente hacia adelante.

―¿Qué puede decirme de su relación?

―No sé los detalles ―respondió con voz apagada―. Solo sé que se veían, que hablaban y que él comenzó a distanciarse de nosotros. Nunca le confesé a mi marido que conocía su secreto.

George intercambió una mirada rápida con Montes y esta parecía cada vez más convencida de que aquella mujer ocultaba algo. Él, en cambio, no lo tenía tan claro. Había aprendido a distinguir entre la mentira y la vergüenza, y lo que veía en Lily Whitaker se parecía más a lo segundo.

―Señora Whitaker ―intervino George con tono sereno―, necesitamos preguntarle por Abigail Monroe. Era estudiante de Marcus ―dijo con cautela―. ¿Sabía usted si su marido mantenía algún tipo de relación personal con ella?

Lily negó con rapidez.

―No ―respondió con firmeza―. Marcus era su profesor, nada más. ¿Acaso creen que él tuvo algo que ver con su muerte?

Ninguno de los dos le respondió. Lily se levantó del sofá y comenzó a caminar de un lado a otro con nerviosismo. Su cuerpo revelaba que se negaba a creer que su esposo tuviera algo que ver con el destino de la chica.

―¡Eso no puede ser cierto! ―exclamó, llevándose una mano a la cabeza―. ¡Marcus jamás haría algo así! Estaba muy afectado cuando ella murió. ¿De verdad creen que mi marido es un monstruo capaz de hacer algo tan horrible?

―Muchos asesinos son personas que aparentan normalidad y llevan una doble vida ―aseguró Montes con dureza.

Lily la miró con indignación.

―No diga eso ―replicó con voz temblorosa―. Usted no conoce a mi marido.

Montes sostuvo su mirada sin titubear y George, al sentir la tensión creciendo entre ambas mujeres, decidió intervenir .

―Señora Whitaker ―dijo él, levantándose y avanzando hasta la mujer.

Metió ambas manos en los bolsillos de sus pantalones para mostrarse menos intimidante y más cercano.

De algún modo eso funcionó, porque Lily Whitaker se mostró mucho más vulnerable cuando lo miró a los ojos―, necesitamos saber si su marido mencionó algo inusual en los últimos días.

Algún comentario extraño. Alguna preocupación fuera de lo normal.

Los labios de Lily comenzaron a temblar y George notó que se estaba desmoronando, pero seguía sin poder pronunciar las palabras.

―Señora Whitaker ―insistió―, este es el momento de decirlo.

George pudo ver el instante exacto en que algo se activó en su memoria y ella decidió confiarles lo que sabía, porque respiró hondo y afirmó con la cabeza.

―Yo… encontré algo en el despacho de Marcus ―murmuró finalmente.

―¿Podría mostrarnos lo que encontró?

Ella asintió. La siguieron en silencio hasta la habitación. Empujó la puerta y los dejó pasar primero.

George recorrió el lugar con la mirada y observó que la biblioteca de Whitaker estaba rebosante de libros, ordenados de manera casi perfecta, al contrario del escritorio, donde una pila se había desmoronado en el centro, dejando varios ejemplares abiertos y torcidos, como si hubiesen caído de golpe .

―¿Usted ha movido algún objeto de lugar estos días? ―le preguntó George a Lily.

―No. Evito entrar aquí y tocar sus cosas, salvo para sacudir. A él no le gusta el desorden y prefiere hacerse cargo personalmente de la limpieza de su despacho.

Lily abrió la Biblia y sacó el papel doblado con cuidado. Después se lo entregó.

―Ábralo, inspector.

George desplegó el papel lentamente. Sus ojos recorrieron las primeras líneas y comprendió por fin la razón de aquel estado y por qué todo en ella había parecido a punto de quebrarse desde el primer momento.

Tenía miedo.