29 Lily Whitaker
E l trayecto hasta la residencia de los Whitaker se hizo en silencio. De vez en cuando, Valeria miraba de reojo a Callahan y podía notar la tensión en su mandíbula. No hacía falta preguntarle nada para entender que seguía repasando cada detalle del caso y que estaba frustrado con el resultado.
Valeria desvió la mirada hacia el camino y se frotó las manos para desentumecer sus dedos.
Agradecía en silencio que entre ellos, luego de haber pasado una noche juntos, no hubiera quedado suspendida esa incomodidad que tantas veces se instalaba después de cruzar un límite personal.
Cada uno cargaba con asuntos demasiado complicados como para detenerse a analizar lo ocurrido.
Además, el ritmo frenético con que atacaba el asesino ni siquiera les permitía un respiro.
Se preguntó si su compañero estaría arrepentido de haber dejado la actuación para venir a trabajar a un pueblo perdido en donde todo se había salido de control.
Tampoco debía ser fácil saber que su nombre figuraba en una lista que lo podría convertir en un objetivo.
No hacía falta preguntárselo para entender que esa idea debía acompañarlo minuto a minuto.
Volvió a mirarlo de reojo. Nunca había sido buena ofreciendo consuelo, y tampoco estaba segura de que él lo necesitara.
Lo único que sabía era que, en medio de aquel caso que parecía enredarse más con cada hora que pasaba, trabajar con Callahan no resultaba tan desagradable como había supuesto en un inicio.
Él no intentaba imponerse ni competir con ella; tampoco la trataba con condescendencia ni hacía diferencias por el hecho de que fuera una mujer.
Simplemente hacía su trabajo con una templanza que, incluso ahora, la impresionaba.
Y ella no se impresionaba con facilidad.
―Llegamos ―anunció su compañero.
Valeria se bajó del sedán apenas Callahan se detuvo frente a la casa del profesor Whitaker.
Miró el cielo y notó que las nubes se habían oscurecido y que el viento anunciaba que pronto se largaría a llover.
Exhaló más para infundirse ánimos que porque realmente estuviera nerviosa.
El ritmo vertiginoso al que los había sometido el asesino durante esos días la tenía física y emocionalmente agotada.
Lo único que ansiaba era llegar temprano a casa y dormir, aunque eso era imposible.
Caminó junto a Callahan por el sendero que conducía a la entrada. La grava crujía bajo sus pasos.
―Estoy cansada de perseguir sombras ―murmuró con la voz cargada de una rabia que no se molestaba en disimular.
―No son sombras ―respondió Callahan con esa calma tan propia de él―. Es un hombre, y los hombres cometen errores .
―Pues este hombre debe llevar mucho tiempo estudiando a sus víctimas y su entorno como para no dejar rastro. Aún no se ha equivocado.
Callahan frunció el ceño. Después levantó la mano y golpeó la puerta. La esposa de Whitaker la abrió casi de inmediato, con expresión visiblemente alterada. Tenía los ojos enrojecidos y cargaba a uno de sus niños en brazos.
―Señora Whitaker, soy la inspectora Montes y él es mi compañero, el inspector Callahan. ¿Podríamos hacerle unas preguntas?
La mujer vaciló un instante antes de responder.
―¿Esto tiene algo que ver con la desaparición de la camioneta de mi marido? ―preguntó con nerviosismo.
Valeria asintió y ella los hizo pasar al interior de la casa. Una mujer que debía de ser su madre los saludó y se llevó a los niños al dormitorio, intuyendo que se trataba de algo serio, como para justificar la presencia de dos policías allí.
―Tomen asiento ―les indicó la mujer―. ¿Desean beber algo?
―Estamos bien, muchas gracias ―respondió Callahan.
Lily se sentó frente a ellos, entrecruzando sus dedos con nerviosismo. Su actitud era la de alguien que está a punto de un colapso nervioso, lo que la hizo pensar que quizás estaba escondiendo algo.
―Señora Whitaker ―dijo Valeria―, ¿cuándo fue la última vez que vio a su marido ?
―Ayer, antes de llevar la camioneta al taller mecánico para la mantención ―explicó con calma―. Después visité a mi madre y, cuando regresé a casa, él ya no estaba.
El silencio que siguió fue profundo. Valeria intercambió una mirada rápida con Callahan.
―¿Intentó comunicarse con él después de eso? ―preguntó Valeria.
Lily asintió con rapidez.
―Sí… llamé a la universidad y también a uno de sus colegas cuando se hizo tarde ―respondió, retorciendo los dedos entre sí―. Nadie supo decirme nada. Anoche no llegó a dormir.
Lo dijo como si quisiera ocultar su vergüenza. Valeria mantuvo la vista fija en ella con la intención de intimidarla. Quería respuestas y las quería ya.
―¿Tiene idea de dónde pudo haber ido? ―preguntó con tono directo.
Lily negó lentamente.
―No… ―respondió con un hilo de voz―. Se estaba recuperando de un resfrío fuerte, pero cuando llegué y él no estaba, pensé que quizás tenía trabajo pendiente y había regresado a la universidad.
Se hizo un silencio breve. La mujer tragó saliva, visiblemente alterada. Valeria observó el temblor en sus manos y lo interpretó como señal de tensión. Algo estaba ocultando y sus respuestas le estaban colmando la paciencia.
Carraspeó, intentando controlarse .
―Señora Whitaker ―continuó con firmeza―, necesitamos que sea completamente honesta con nosotros. ¿Notó algo extraño en el comportamiento de su marido durante los últimos días?
Lily dudó antes de responder.
―Estaba… distante ―admitió finalmente―. Nervioso, tal vez. Pasaba mucho tiempo en su despacho. Pensé que se trataba de asuntos del trabajo.
Valeria se inclinó apenas hacia adelante.
―¿Sabe si esperaba a alguien en casa ayer?
―No lo sé.
Callahan asintió levemente, registrando la información en su cabeza y se preparó para hablar:
―Señora Whitaker, hay algo que debemos informarle ―dijo con gravedad.
Lily frunció el ceño, confundida.
―¿Qué ocurre?
Valeria apretó los dientes, impaciente. Sin embargo, agradecía la intervención de Callahan en esos momentos en que ella lidiaba con tanto estrés. Tenían que hacerla hablar y su actitud no los estaba favoreciendo.
―Su marido, en este momento, es considerado una persona sospechosa dentro de una investigación por homicidio.
El impacto fue inmediato.
―¿Qué…? ―susurró Lily, sacudiendo la cabeza―. No… eso es imposible. Debe tratarse de un error .
Callahan moderó su tono de voz, intentando tranquilizarla.
―Comprendemos que esto puede resultar difícil de aceptar, señora Whitaker, pero hemos encontrado evidencia que podría vincularlo con la muerte de una mujer hallada recientemente.
Lily abrió los ojos con espanto.
―¿Una mujer…? ―titubeó―. ¿Quién?
Valeria continuó, sin suavizar el golpe.
―Su nombre era Louise Bennett. El cuerpo fue encontrado esta mañana. Necesitamos saber si su marido conocía a esta persona ―insistió, mostrándole la fotografía de la víctima―. ¿Sabe usted si existía algún tipo de relación entre su marido y esta mujer?
El silencio que siguió fue pesado. Lily se conmocionó. No pudo ocultar el impacto que esa noticia le causó. Sus dedos comenzaron a temblar con mayor intensidad y, finalmente, asintió con la cabeza mientras cerraba los ojos con fuerza.
―Sí, lo sé ―suspiró con frustración―. Esa mujer es la amante de mi marido.