28 Tensión
E l impacto de la noticia fue inmediato.
El rostro de Will Bennett perdió color y su mirada quedó suspendida en un punto indeterminado, como si todavía no consiguiera conectar la información en su cabeza.
Sus manos temblaron levemente. George observó cada gesto con atención, registrando la reacción con el mismo rigor con que habría examinado una evidencia física.
Cuando logró calmarse lo suficiente para asimilar la noticia, se dejó caer en el sofá con expresión ausente. No preguntó cómo había ocurrido ni quién había sido. Se limitó a mirar una y otra vez la mesa para dos.
―Señor Bennett ―dijo George con suavidad, captando su atención por una fracción de segundo―, sabemos que esto es bastante difícil para usted, pero necesitamos hacerle algunas preguntas para esclarecer los hechos.
No contestó. Su mirada continuaba fija en la mesa.
―Señor Bennett ―insistió George―, ¿cuándo fue la última vez que habló con su esposa?
―Anoche la llamé para avisarle que llegaría hoy por la mañana ―respondió, apretando los dientes.
―¿Recuerda a qué hora hizo la llamada ?
―A eso de las diez. Lo recuerdo porque había llegado recién al motel donde pasé la noche.
George asintió levemente, registrando la información en su cabeza.
―¿Notó algo extraño en la casa cuando llegó usted hoy? ¿Hay algún objeto que falte o algo que no esté en su sitio?
―La cama está sin hacer ―respondió, sin dejar de mirar la mesa―. A Louise eso no le gusta. Es extremadamente ordenada y detallista. Cuando llegué, eso me llamó la atención.
―Comprendo ―dijo George, notando que hablaba de ella como si aún estuviera viva―. ¿Su esposa le comentó si tenía planes para ayer por la noche? ―preguntó en un tono neutro.
El hombre no respondió de inmediato. Parecía una olla a presión que estallaría en cualquier momento, pero que se contenía apretando los dientes. El silencio se prolongó unos segundos más.
―Señor Bennett ―insistió Montes esta vez con impaciencia―. Responda la pregunta. ¿Sabía si su esposa iba a reunirse con alguien?
―Sí ―dijo finalmente―. Seguramente iba a reunirse con su amante.
Lo dijo con rabia, como si el decirlo en voz alta le permitiera descargar la humillación que llevaba dentro y aferrarse a la idea de que, en el fondo, ella había provocado todo aquello .
―¿Usted sabía que su esposa tenía una relación extramarital? ―preguntó Montes, ocultando su sorpresa.
El hombre dejó escapar una risa seca, sin humor.
―Claro que lo sabía ―respondió, sin apartar la vista de la mesa―. ¿Cree que uno no se da cuenta cuando su mujer empieza a mentirle? Seguro que iba a reunirse con él anoche ―añadió con amargura―. Lo tenía todo preparado.
George comprendió que Will Bennett estaba reaccionando así movido por el dolor.
Estaba en shock. Su respuesta ante la noticia que había recibido no era más que la consecuencia de su estado anímico.
Estaba enojado, muy enojado, y era probable que jamás se hubiera manifestado al respecto ante nadie.
Era evidente que tenía mucho con lo que lidiar dentro.
―¿Sabe quién es ese hombre? ―preguntó Montes.
―Un profesor ―dijo finalmente―. Un tal Marcus Whitaker.
Will los miró a ambos, todavía tenso, pero George seguía viendo en sus ojos irascibles las cicatrices de su dolor.
―¿Desde cuándo sabe usted que su mujer le era infiel? ―quiso saber Montes.
―Desde hace unos seis meses ―reconoció, herido en el orgullo―. Un día llegué antes de lo esperado a casa y los vi a través de la ventana. Jamás se lo confesé a mi mujer. Me di media vuelta y me marché.
Otro silencio. Fue Montes quien lo rompió.
―¿Podría indicarnos el motel donde pasó la noche ayer ?
―El Ridgeway ―respondió sin vacilar―. Pueden preguntar en recepción. Aquí está el comprobante de pago ―dijo sacando un papel del bolsillo de su pantalón.
George observó su expresión con atención y se convenció de que Will Bennett estaba diciendo la verdad.
―Verificaremos esa información. Un oficial se pondrá en contacto con usted para informarle de los pasos a seguir ―concluyó Montes.
El hombre no respondió. Volvió a mirar la mesa, como si aquella escena lo hubiera atrapado. George y Montes se pusieron de pie.
―Si no le importa, me gustaría echar un vistazo en su habitación ―pidió George con suavidad.
Will Bennett asintió y se quedó sentado en el sofá, mientras George se levantaba para revisar la casa y fotografiar la habitación.
Montes se quedó con él. George miró las sábanas arrugadas y al acercarse notó pequeñas gotas de sangre en la funda de la almohada.
No era demasiada. Parecía una mancha por una hemorragia nasal.
Quizás, pensó George, el asesino la golpeó cuando estaba acostada.
Sacó su radio y pidió que enviaran de inmediato un equipo forense para tomar muestras en la casa de la víctima.
Si Louise Bennett fue atacada allí, podría haber ADN de su agresor.
Cuando salió de la habitación, le informó a Bennett que un equipo iba a llegar a la brevedad para tomar muestras en la casa. El hombre apenas reaccionó. Permanecía sentado en el sofá, con la mirada fija en la mesa, como si todavía no lograra comprender del todo lo que acababa de ocurrir.
Quince minutos después, el equipo forense llegó a la vivienda. Un par de agentes ingresaron tras identificarse y comenzaron a desplegar su equipo y a dar órdenes. Montes intercambió una breve mirada con George y comprendió que era momento de marcharse.
―Por ahora eso será todo, señor Bennett ―dijo con tono sobrio―. Volveremos a contactarlo si necesitamos algo más.
El hombre no respondió. Ni siquiera levantó la vista. Continuó mirando la mesa dispuesta para dos, inmóvil, como si aquella escena lo hubiera atrapado en un pensamiento del que no lograba salir.
La inspectora se dirigió hacia la salida y George la siguió en silencio.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, Montes tomó una inspiración profunda.
Recién entonces notó sus ojeras, el cansancio que cargaba encima.
La comprendía bien. Él se sentía exactamente igual.
Hacía frío fuera, pero George agradeció que le diera el aire.
La tensión en la casa de los Bennett volvía el aire irrespirable.
No pronunciaron palabra hasta que estuvieron dentro del vehículo.
―Ese hombre está mintiendo ―dijo Montes.
―No lo creo.
―¿No viste cómo reaccionó? Estaba furioso. Acabamos de informarle que su mujer está muerta y él se limitó a reprocharle su infidelidad. ¿No te parece sospechoso ?
―Está dolido ―corrigió George con calma―. No es lo mismo.
Montes dejó escapar una exhalación impaciente.
―Sabía que su esposa lo engañaba. Tenía un motivo claro. Lo planificó todo, incluso planeó una coartada.
George negó levemente.
―Tenía rabia, sí. Pero también estaba en shock .
Un hombre que acaba de enterarse de que su esposa ha muerto no reacciona con lógica.
No estabas observando bien, Montes. No miraste sus pupilas dilatadas; se le desenfocaba la mirada por momentos.
Le temblaba el párpado y respiraba de manera irregular.
No estaba pensando con claridad. Estaba intentando sostenerse.
Montes frunció el ceño.
―También estaba furioso.
―Sí ―respondió George―. Porque estaba humillado y dolido. Conmocionado . Incluso puede que se sienta responsable porque no estaba en casa cuando pasó todo. Está enfrentando algo mucho peor que una traición.
Montes cruzó los brazos. Iba a replicar, pero su radio sonó y contestó con rapidez.
―Habla Montes. Cambio.
―Montes ―dijo Mallory con voz urgente―, no hay señales de Whitaker, y su esposa hoy reportó el robo de su camioneta. Cambio.
Su compañera lo miró, frunciendo el ceño.
―Al menos, ya sabemos dónde tenemos que ir primero ―murmuró ella, y George asintió con gravedad.