27 Sin respuestas
E l cuerpo de Louise Bennett yacía tendido al pie de la escalinata principal de la antigua escuela parroquial en unas condiciones impactantes.
George pensó que el asesino se había ensañado con la víctima de una manera que traspasaba los límites de la crueldad humana.
Echó un vistazo alrededor y advirtió la presencia de la prensa y también de algunos curiosos que se asomaban por la reja desde el exterior con el único fin de satisfacer el morbo.
La cinta amarilla delimitaba el perímetro mientras varios agentes se movían con cautela sobre el terreno, buscando evidencia y evitando alterar lo que aún debía ser examinado.
―Esto se está saliendo de control ―dijo George en voz baja.
El cuidador del recinto aguardaba a un costado, visiblemente alterado, abrazado a su chaqueta, una prenda demasiado delgada para el frío de la mañana. Un oficial le tomaba declaración.
George cruzó el cordón policial junto a Montes sin dejar de observar cada detalle.
Su mirada recorrió primero la fachada del edificio, deteniéndose un instante en la puerta principal cerrada con cadenas oxidadas, antes de descender lentamente hasta el cuerpo.
Se detuvo a pocos metros. Alrededor de la víctima había varias piedras dispuestas casi de manera artística.
Eran de tamaño irregular y no todas estaban manchadas con sangre.
―No la mató aquí ―dijo George con certeza―. Calculo que el cuerpo fue abandonado durante la noche, quizá desde las primeras horas de la madrugada.
―Tiene sentido ―murmuró Montes mientras recorría la escalinata con la mirada―. Si la hubieran atacado aquí, habría más sangre en los peldaños.
Louise Bennett yacía de espaldas, con el cuerpo torcido en un ángulo antinatural.
Parecía una muñeca desmadejada que había caído en cualquier posición.
El rostro estaba desfigurado, los golpes habían deformado sus facciones hasta convertirlas en una masa amoratada y rota.
La piel de los brazos mostraba heridas irregulares, profundas en algunas zonas, superficiales en otras, consecuencia de impactos repetidos y brutales.
Había sido apedreada hasta morir. George notó cómo Montes se estremecía al verla.
―La vistió como a las demás víctimas ―dijo ella.
George asintió y sacó fotografías con su cámara. Un técnico forense levantó con cuidado el borde inferior de la túnica y George leyó con claridad: «Santiago el Menor».
―Siempre llegamos cuando todo terminó ―comentó con frustración, luego de tomar una fotografía.
―Estamos siguiendo un protocolo. No somos adivinos, Hollywood. Si ya terminaste aquí, será mejor que vayamos a la casa de la víctima e interroguemos al esposo. El tiempo corre en contra nuestra .
George sostuvo su mirada y asintió. La inspectora había recuperado esa manera huraña de tratarlo y, de algún modo, lo prefirió. Pensó en la última frase que pronunció y se estremeció. «El tiempo corre en contra nuestra», había dicho. «Más bien en mi contra», reflexionó.
El trayecto hasta la vivienda de los Bennett transcurrió en silencio. George mantuvo la vista fija en la carretera mientras conducía, repasando mentalmente los detalles que ya conocían, intentando encajar piezas que todavía se resistían a ocupar el lugar que les correspondía.
Cuando finalmente llegaron a la casa de Louise Bennett, notaron que había dos vehículos estacionados.
―Ese debe de ser el automóvil del marido ―murmuró Montes.
George apagó el motor. Durante un instante, ninguno de los dos se movió.
―¿Te encuentras bien? ―preguntó él cuando la vio cerrar los ojos como si estuviera meditando.
―Lo estaré cuando terminemos con esto ―respondió, abriendo los ojos y clavando la mirada en la casa.
Descendieron del vehículo y caminaron hasta la puerta principal. Antes de que Montes pudiera llamar, la hoja se abrió desde el interior. Un hombre de mediana edad los miró con expresión desconcertada. Vestía una chaqueta oscura arrugada y traía flojo el nudo de la corbata.
―¿Sí? ―preguntó cauteloso.
Montes mostró su credencial con gesto sombrío .
―Soy la inspectora Montes y él es mi compañero, el inspector Callahan. ¿El señor Will Bennett?
El hombre asintió lentamente.
―Sí… acabo de llegar hace unos minutos. ¿Ocurre algo?
George miró a Montes. Fue ella quien tomó la palabra.
―Se trata de su mujer ―le advirtió.
―Lo siento, pero no se encuentra en casa ―informó―. Acabo de llegar de un viaje de trabajo, así que no sabría decirles dónde ha ido.
George y Montes intercambiaron miradas. Al parecer, Will Bennett parecía desconocer la situación de su mujer.
―¿Podemos pasar un momento para hacerle unas preguntas? ―pidió Montes.
―Claro… claro, adelante.
El interior de la vivienda estaba ordenado y en silencio.
George avanzó unos pasos y entonces notó la mesa dispuesta para dos.
Una botella de vino aún sin descorchar descansaba entre dos velas.
Se notaba que los cubiertos aún no se habían usado.
Es más, parecía como si la velada se hubiera congelado.
Montes también lo notó.
―¿Espera visitas, señor Bennett? ―preguntó ella con aparente neutralidad.
El hombre giró la cabeza hacia la mesa y frunció el ceño.
―No… ―titubeó―. La mesa estaba así cuando entré.
George lo observó con atención. No parecía estar fingiendo .
―Señor Bennett. Esta mañana fue hallado el cuerpo de una mujer en las inmediaciones de la antigua escuela parroquial.
El hombre frunció el ceño, confundido. George estaba atento a su reacción. Nada parecía indicar hasta ahora que Will Bennett sabía de lo que le estaban hablando.
―¿Y qué tiene eso que ver con nosotros?
Hubo un breve silencio.
―La mujer que apareció muerta fue identificada como Louise Bennett ―se explicó Montes―. Se trata de su esposa. Ha sido brutalmente asesinada.