26 Cuarto hallazgo
Eldren Vale, Oregon
V aleria Montes no podía quitarse la preocupación de encima luego de que Hayes se marchara a Portland tras recibir aquella llamada.
Se preguntó si su hijo estaría bien y si volvería a verlo.
No era un secreto que su exmarido no confiara en ella, pero tampoco era justo que, luego de llevar dos años sobria, él continuara castigándola.
Tenía que poner remedio a eso lo antes posible si quería recuperar a su hijo.
―Montes, ¿tienes algo? ―preguntó Callahan, devolviéndola al ahora.
Llevaba varios minutos inclinada sobre el escritorio, revisando por enésima vez la información que había recopilado de la familia de Ryan Murphy, el niño desaparecido en mil novecientos sesenta y siete, y había descubierto varias cosas que le habían llamado la atención.
―Ryan Murphy tenía un hermano mayor de dieciséis años llamado Kevin.
Vivía con su madre y se marcharon de la ciudad un año después de la desaparición de Ryan.
―Valeria lo miró mientras Callahan se llevaba una mano a la barbilla―.
He revisado sus antecedentes, y tanto él como su hermano desaparecido no eran precisamente jóvenes tranquilos.
Ambos acumulaban antecedentes por robos menores, peleas y otros incidentes que los mantenían constantemente bajo la mirada de la policía, en especial Kevin.
Necesitamos averiguar qué fue de él y de su madre.
―Sé exactamente con quién debemos hablar ―dijo Callahan.
Tomó el teléfono para marcar un número, pero la puerta del teniente Dempsey se abrió con brusquedad, alertándolos de que no tenía buenas noticias. El hombre se detuvo en el umbral con el ceño profundamente fruncido y la mandíbula tensa, recorriendo la sala como buscando un culpable.
―Montes, Callahan, Mallory. Vengan a mi oficina ―ordenó en un tono seco que no presagiaba nada bueno.
Intercambiaron miradas, intuyendo lo que venía a continuación y siguieron a Dempsey. Valeria cerró la puerta tras de sí y notó que el ambiente se había llenado de tensión. El teniente apoyó ambas manos sobre la superficie del escritorio mientras los observaba uno por uno con agudeza.
―Acaban de encontrar otro cuerpo ―dijo finalmente.
Nadie se atrevió a decir nada, esperando que se les entregara más información―.
La víctima es Louise Bennett y fue hallada hace una hora frente a la antigua escuela parroquial, tendida al pie de la escalinata principal.
El recinto permanecía cerrado y sin uso desde hacía tres años.
La encontró un cuidador. Su licencia de conducir estaba junto al cuerpo.
El primer agente en llegar confirmó su identidad por un tatuaje en la muñeca.
Habían sido pareja cuando eran adolescentes.
El silencio que siguió fue absoluto. Mallory frunció el ceño, visiblemente desconcertado, mientras Valeria intercambiaba una mirada rápida con Callahan.
El nombre de la víctima estaba en la lista, tal como habían determinado.
Eso demostraba que la teoría de Hayes, según la cual todo se trataba de una venganza contra los padres de las víctimas, tomaba más fuerza.
―Quiero que alguien me explique cómo demonios ocurrió esto mientras esa mujer estaba bajo nuestra protección ―bramó Dempsey, perdiendo la paciencia.
La pregunta quedó suspendida en el aire y nadie respondió de inmediato. Valeria observó con detenimiento a Mallory. Permanecía con la espalda rígida, apretando los labios.
―Teniente, la señora Bennett estaba bajo vigilancia por rondas periódicas, tal como se dispuso para el resto de los nombres de la lista ―respondió finalmente Mallory, revisando su libreta―.
La última ronda se realizó anoche a las veintidós treinta horas y no se detectó ninguna anomalía en ese momento.
Se me informó que la señora Bennett se encontraba en casa, al igual que su vehículo.
En ese período no se detectó ningún movimiento sospechoso en los alrededores.
El teniente se llevó ambos dedos a los ojos, intentando contener su ira, o quizás su desesperación. Valeria no lo tenía tan claro .
―¿Dónde está Whitaker? ―quiso saber Dempsey.
―En su casa, teniente ―respondió nuevamente Mallory. Lo estuve vigilando personalmente hasta altas horas de la noche y no salió en ningún momento.
―¿Estás seguro?
―Sí, señor ―afirmó con convicción―. Como se acordó, todas las personas de la lista están bajo vigilancia por rondas periódicas cada cuarenta y cinco minutos. Whitaker es el único bajo observación permanente y yo me encargué personalmente de él ayer.
―¿No sucedió nada fuera de lo común? ―insistió.
―No, señor. A eso de las quince cuarenta, observé a la esposa del señor Whitaker salir de la casa en la camioneta de su esposo. Iba con los niños.
―¿La vio regresar?
Mallory negó lentamente.
―No, teniente. Después el profesor recibió una visita a las dieciséis con veinte. Era un varón adulto, de cabello rubio y gran estatura. Traía varios libros en las manos. Llegó en un sedán. Se acercó a la puerta principal y Whitaker mismo le abrió. Conversaron unos segundos y luego lo dejó entrar.
―¿Cuánto tiempo permaneció dentro? ―interrumpió George.
―Unos quince minutos, tal vez menos ―respondió, encogiéndose de hombros―. Después se marchó solo. Whitaker jamás abandonó la casa. Estoy seguro .
El teniente Dempsey comenzaba a desesperarse. En tan solo diez días ya habían transcurrido cuatro muertes y todavía no tenían un sospechoso de peso.
―Montes y Callahan. Vayan a la escena del crimen y tráiganme algo con lo que podamos avanzar ―ordenó.
Valeria asintió. Mientras se apresuraban en abandonar el edificio, un murmullo colectivo se escuchó fuera y Valeria supo que lo que estaba pasando era algo más grande que solo la presión de la prensa.
La noticia de las muertes estaba causando conmoción en la ciudad y las calles se estaban inundando de personas que protestaban contra el Departamento de Policía, exigiendo respuestas inmediatas y la captura del asesino antes de que hubiera otra víctima.
Cuando empujaron las puertas principales, una marea humana se extendía frente a ellos, ocupando la acera y parte de la calle. Hombres y mujeres alzaban carteles mientras gritaban airadas.
―¡Hagan su trabajo!
―¡Queremos respuestas!
―¡Atrapen al asesino!
Los flashes de las cámaras comenzaron a estallar en cuanto los vieron aparecer.
Reporteros y camarógrafos se abrieron paso entre la multitud, extendiendo micrófonos hasta llegar a ellos.
Alguien la empujó con violencia y Callahan la protegió con su cuerpo.
En otras circunstancias le habría molestado ese gesto suyo, pero ahora tenía miedo, porque comprendió que aquello ya no era solo una investigación policial: era una ciudad entera paralizada por el terror, y el terror muchas veces generaba algo peor en las personas: el miedo colectivo.
No había nada más peligroso que el miedo colectivo.
Subieron al Ford Crown Victoria con rapidez y Callahan arrancó.
Cientos de palmas golpeaban el capó y el techo.
Callahan activó el altavoz y dio una orden breve para que despejaran el paso.
La multitud apenas se abría lo suficiente para permitirles avanzar, obligándolo a conducir lento hasta que, finalmente, lograron librarse del cerco humano.
El asesino no solo estaba matando, estaba sembrando el pánico en toda la ciudad.