25 Te estaba esperando
Eldren Vale, Oregon
L ouise Bennett se había enamorado de Marcus Whitaker como una adolescente.
No había otra forma de explicarlo, porque a su edad ya debería saber distinguir entre un capricho pasajero y un sentimiento poderoso, pero con él había perdido esa capacidad.
Todo había iniciado con una sencilla e inofensiva amistad durante la época escolar.
Por ese entonces, solían hablar de arte, de música o de cualquier trivialidad.
Lo que comenzó como una amistad circunstancial que se extendió por años terminó por transformarse en algo que ninguno de los dos había planeado, o al menos eso era lo que se repetía para no sentirse culpable: ella tenía marido y Marcus tenía mujer.
Su matrimonio, en cambio, llevaba años convertido en una rutina sin sentido.
Su marido pasaba largas temporadas fuera por motivos laborales y cuando estaba en casa parecía más preocupado por sus asuntos que por compartir tiempo con ella.
Las conversaciones se habían reducido a lo estrictamente necesario y prácticamente no tenían intimidad.
En muchas ocasiones Louise se preguntó si Will no tendría otra mujer.
Y para qué hablar de los afectos. Había dejado de esperar palabras que le recordaran que aún era deseada.
La casa, aunque pequeña y acogedora, se había vuelto demasiado silenciosa y fría, ubicada en un entorno que le recordaba a diario su soledad.
Fue precisamente esa soledad la que abrió la puerta a Marcus.
Al principio, lo invitaba a tomar café cuando sabía que su marido no regresaría hasta tarde. Se decía que no había nada de malo en compartir una conversación agradable, en reír un poco o en sentir que alguien la escuchaba con atención.
Pero una tarde todo cambió. Una mirada de él se prolongó más de lo debido, mientras una mano rozaba la suya de una manera que no podía interpretarse como casual.
A partir de entonces, los encuentros dejaron de ser inocentes y comenzaron a llenarse de momentos de pasión.
¿Remordimientos? Ninguno. Sin embargo, lo que nunca imaginó fue que terminaría enamorándose de él.
―Vayámonos lejos y seamos felices juntos ―le había dicho un día.
Pero él se había negado, escudándose en su paternidad y en sus responsabilidades.
―Ahora no puedo ―le respondió en voz baja, sosteniéndole el rostro entre las manos―. Tengo obligaciones que no puedo abandonar de un día para otro, pero te prometo que esto no será siempre así. Dame tiempo, y cuando todo esté en orden, dejaré a mi mujer y me iré contigo .
Entonces comprendió que los sentimientos que él albergaba por ella no se asemejaban a los suyos.
Él no dejaría a su mujer. Louise se había enamorado y eso lo complicó todo para ambos.
Aquello que antes había sido un refugio contra la soledad terminó convirtiéndose en una necesidad constante, en una ansiedad que crecía cada vez que Marcus mencionaba a su esposa o a sus hijos.
Los celos le arrebataban hasta la cordura.
La simple idea de que regresara a su hogar, de que compartiera con otra mujer lo que a ella le parecía propio, le provocaba una terrible amargura.
Más de una vez habían discutido por ese motivo, y en más de una ocasión él había intentado poner distancia, recordándole que aquello no podía ir más allá de lo que ya era, al menos de momento.
Pero Louise ya había cruzado un límite del que no sabía regresar.
Lo estaba perdiendo y no lograba aceptarlo.
Aquella noche de miércoles había decidido que todo sería distinto.
Después de la discusión que habían tenido días atrás, necesitaba reconciliarse con él y acortar la distancia emocional que se había instalado entre ellos.
Por eso había preparado la casa con un cuidado casi obsesivo, para que Marcus volviera a mirarla con la misma intensidad de antes.
La mesa del comedor estaba bellamente decorada.
Dos copas aguardaban junto a una botella de vino aún cerrada, mientras unas velas largas acentuaban el ambiente íntimo y erótico.
Había escogido una camisola de seda escotada que había comprado especialmente para seducirlo, una prenda suave y delicada que se ajustaba a su cuerpo y que sabía que a él le gustaría.
Se había perfumado y se había dejado el cabello suelto, tal como él prefería.
Louise no dejaba de mirar el reloj. Las siete con treinta de la tarde. «¿Y si todavía no se ha recuperado del todo?», pensó. No, le habría avisado que no asistiría si todavía estuviera enfermo. Estaba segura de eso.
Caminó de un lado a otro por la sala, comprobando por enésima vez que todo estuviera en orden, que ningún detalle hubiera quedado fuera de lugar. El nerviosismo la invadía de una manera casi infantil.
«Qué extraño», pensó, dejándose caer en la silla con abatimiento.
Marcus jamás se atrasaba tanto sin avisar.
La hora avanzó sin piedad y llegó la noche.
También su ánimo se había oscurecido. Se le llenaron los ojos de lágrimas cuando comprendió que él no iba a llegar.
Llevaba días planificando la velada. «¿Por qué no me ha avisado? », se preguntó en un doloroso silencio.
El teléfono sonó y corrió a contestar.
―¿Hola? ―dijo, intentando ocultar su ansiedad.
―Louise, soy yo.
Por un instante creyó reconocer otra voz, una que había estado aguardando durante horas, y la ilusión se desvaneció con la misma rapidez con que había surgido. No era Marcus. Era su marido.
―Ah… sí, dime ―respondió, esforzándose por sonar tranquila.
―Te llamo para avisarte que la reunión se suspendió y no quiero conducir de noche. Estoy cansado, así que voy a quedarme en un motel y saldré temprano en la mañana. Estaré en casa alrededor de las nueve.
Louise apretó el auricular con fuerza.
―Está bien ―murmuró finalmente―. Conduce con cuidado.
―Nos vemos ―dijo él.
―Sí… hasta mañana ―se despidió.
Se puso de pie para levantar la mesa. Debía borrar cualquier rastro de esa cena preparada para otro antes de que él regresara en la mañana.
Entonces escuchó a lo lejos el sonido de un vehículo aproximándose y su corazón dio un vuelco.
Dejó todo como estaba. Se acercó a la ventana y entreabrió la cortina apenas lo suficiente para observar el exterior.
La silueta de una camioneta se detuvo frente a la casa y, aunque la oscuridad de la noche impedía distinguir con claridad el interior, la forma del vehículo le resultó familiar. Se estremeció de placer.
Era él.
La emoción la invadió con tal intensidad que apenas pensó en lo que hacía.
Caminó rápidamente hasta la puerta principal, la dejó junta y corrió hasta su habitación.
Se recostó dentro de la cama y se acomodó con cuidado entre las sábanas.
Cerró los ojos y los cubrió con un pañuelo, conteniendo la risa nerviosa de la que fue presa.
A Marcus le gustaban los juegos eróticos.
Podía oír sus propios latidos desbocados, una respuesta anticipada de lo que sucedería después .
Escuchó la puerta al cerrarse y los pasos en su habitación. Louise contuvo la respiración, expectante.
―Tardaste en llegar ―le susurró, sonriendo.
Esperó. Él no dijo nada. El colchón cedió ligeramente cuando se sentó a su lado.
Un instante después, una mano se deslizó por su brazo, recorriendo su piel con una lentitud que la hizo estremecer.
Sin embargo, algo en aquel contacto le resultó extraño y se arrancó el pañuelo de los ojos con brusquedad. No tuvo tiempo de reaccionar.
Un golpe seco la sorprendió antes de que pudiera apartarse, y el dolor le nubló la visión. Intentó gritar, pero el sonido se ahogó en su garganta mientras el mundo comenzaba a girar a su alrededor. Lo último que percibió antes de perder el conocimiento fue el olor del perfume de Marcus Whitaker.