Semillas del mal
Eldren Vale, Oregon
Veinticuatro años atrás
L os hermanos Murphy eran considerados los «hijos del mal», y no había familia en la ciudad que quisiera tenerlos cerca de sus hijos.
Kevin, el mayor, a pesar de sus buenas notas en la escuela y su gran inteligencia, no era querido por sus profesores.
Trataba mal a sus compañeros; solía desafiar a la autoridad, cometer pequeños robos y meterse constantemente en peleas.
Era, por así decirlo, un matón que parecía deleitarse infundiendo miedo en los demás.
Tenía dieciséis años, pero se comportaba como si fuera un adulto.
Bebía alcohol, fumaba hierba y se metía con prostitutas.
Y por las tardes trabajaba como ayudante en un aserradero, apilando madera y limpiando el aserrín.
Eso le permitía obtener un poco de dinero para sostener sus vicios.
Kevin vivía con su madre soltera y su hermano menor, Ryan, quien tenía trece años, pero, al igual que él, se comportaba como un verdadero patán.
Juntos solían ponerse de acuerdo para hacer bromas pesadas, robar pequeñas cosas en las tiendas del barrio o molestar a quienes consideraban más débiles.
Sin embargo, Ryan, pese a su corta edad, mostraba una malicia que incluso superaba la de su hermano.
Disfrutaba provocar daño y, en más de una ocasión, había sido visto atormentando animales sin mostrar el menor remordimiento.
Kevin se reía de esas conductas y, lejos de corregirlo, las celebraba, como si fueran pruebas de valentía.
Los hermanos Murphy encontraron en el joven acólito un blanco fácil con el que entretenerse: lo molestaban, lo provocaban y se burlaban de sus limitaciones.
Sin embargo, dos días después de una de aquellas burlas, Ryan dejó de aparecer por casa.
Al principio, Kevin no le dio mayor importancia.
Su hermano solía desaparecer durante horas y regresar cubierto de barro con alguna excusa torpe que lo justificara.
Pero las horas pasaban y comenzó a preocuparse por él. Decidió que lo buscaría él mismo.
Mientras recorría las calles de Eldren Vale, notó que las personas cruzaban la vereda para no toparse directamente con él. Eso, en vez de molestarlo, le causaba satisfacción. Divisó a Dylan caminando con la cabeza gacha, ensimismado, y echó a correr hacia él.
―¡Oye, imbécil! ―le dijo, plantándose enfrente―. ¿Has visto a mi hermano?
Dylan palideció como si hubiera visto a un fantasma, y negó con la cabeza, evitando mirarlo a los ojos. Aquella actitud le resultó extraña. El acólito siempre había reaccionado con miedo o torpeza frente a sus provocaciones, pero nunca con ese aire de culpa tan evidente.
―Si me estás mintiendo, te daré una paliza, ¿me escuchaste ?
Dylan no le respondió. Echó a correr asustado hasta refugiarse en el interior de la iglesia. Kevin lo siguió, decidido a encontrar respuestas.
Empujó la pesada puerta de madera con impaciencia y avanzó por el pasillo central hasta toparse con el sacerdote cerca del altar. Dylan se encontraba detrás de él, escondido, con el rostro pálido y la cabeza gacha.
Kevin frunció el ceño.
―Busco a mi hermano ―dijo, intentando aparentar indiferencia―. ¿Lo ha visto por aquí?
El sacerdote lo observó con calma, pero su postura era la de alguien que se pone a la defensiva.
―No ―respondió con voz firme―. Tu hermano no ha pasado por aquí. Si te vuelvo a ver a ti o ese mocoso molestando a Dylan, tomaré medidas, jovencito ―advirtió con un dedo acusador.
Kevin entrecerró los ojos y desvió la vista hacia el acólito, que evitó mirarlo.
―Seguro que sí ―ironizó.
―Tu hermano solo viene a la iglesia para hacer fechorías ―le dijo con rudeza―. Si no está en casa, probablemente esté escondido en algún sitio, haciendo de las suyas como acostumbra.
Kevin miró nuevamente a Dylan, que permanecía disminuido, tembloroso, incapaz de sostenerle la mirada. Después centró su atención en el sacerdote.
―Usted sabe algo, padre ―murmuró en voz baja, cargada de sospecha―. Sé que él estuvo con mi hermano .
El cura endureció el gesto.
―Tu hermano no ha estado aquí ―respondió con frialdad―. Vuelve a tu casa.
Kevin permaneció inmóvil unos segundos más, observándolos a ambos con desprecio.
Allí solo encontró evasivas, respuestas vacías.
Notó la incomodidad del sacerdote. Estaba evitándolo, no quería ayudar y sabía que eso no encajaba.
No había interés real en encontrar a su hermano.
Más bien todo lo contrario. Sus respuestas fueron cortantes y su actitud era la de un hombre que no tenía tiempo que perder.
Kevin ni siquiera se despidió. Se marchó a casa con la sensación de que algo no andaba bien y, por primera vez, se angustió por su hermano, la única persona en su vida que le importaba de verdad.
Al día siguiente, al todavía no aparecer Ryan, su madre acudió a la policía y también a la iglesia en busca de apoyo para encontrarlo, pero no recibió la respuesta esperada.
―Debe estar haciendo de las suyas en algún pueblo cercano ―le dijo el policía de turno en la comisaría―. La última vez que desapareció, según recuerdo, se escondió en un camión que cargaba manzanas, y no pudo bajarse hasta que el vehículo llegó a su destino, a varios kilómetros de la ciudad.
¿Qué podía rebatir la mujer si el hombre tenía razón?
Kevin acompañó entonces a su madre a la iglesia y encontró a la comunidad de padres reunida en el salón parroquial con el sacerdote.
Pensó que, al estar la esposa del alcalde presente en esa reunión, tal vez la ayuda sería mejor.
Sin embargo, los miraron como si fueran escoria, basura que debía limpiarse, y después de cerrarles la puerta en la cara, madre e hijo se marcharon cabizbajos a casa.
Pasó una semana desde que había desaparecido Ryan, y la policía no tenía respuestas. La familia, marcada por la pobreza y el desprestigio, quedó sola, abandonada. Sin embargo, ocurrió otro evento que alertó a la población: había desaparecido otro niño, pero esta vez todo fue distinto.
Era un niño de cuatro años, hijo del alcalde, y el pueblo por completo se movilizó; la prensa llegó y la iglesia lideró campañas de búsqueda organizadas.
Los mismos padres que se habían reunido en el salón parroquial y que les habían negado ayuda a su madre y a él para buscar a Ryan, ahora salían a las calles para ayudar a encontrar a ese niño.
Aquel contraste lo quebró. Comprendió que su hermano no importaba, que su desaparición no merecía el mismo esfuerzo y que había vidas que valían más que otras en Eldren Vale.
El dolor se convirtió en rabia y después en algo más oscuro. No volvería a confiar en nadie. Y tampoco iba a olvidar.