72 horas. El juicio de los doce 24 Nuevo giro
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24 Nuevo giro

L uego de revelar la posibilidad de ser parte de la lista del asesino, George esperaba una reacción así.

No era de extrañar que los presentes necesitaran unos minutos para procesar lo que acababan de escuchar.

Mientras sostenía la hoja entre los dedos, fue consciente de que algunos se acomodaban en las sillas y lo miraban fijamente.

Había dicho aquello con calma, como si se tratara de un dato más dentro del informe, pero en su interior la sensación era distinta.

La idea de ser un posible objetivo no le agradaba en absoluto.

Hayes se llevó una mano a la barbilla y comenzó a caminar lentamente alrededor de la mesa.

―Esto cambia las cosas ―murmuró―. Todo indica que se trata de una venganza. Entonces necesitamos entender qué demonios ocurrió en esa época. ¿Qué pasó entre mil novecientos sesenta y seis y mil novecientos sesenta y ocho que pudiera haber desatado algo así?

George permaneció en silencio. Sabía que aquella pregunta era inevitable, y también que tarde o temprano alguien mencionaría lo que él había intentado mantener enterrado durante años: su secuestro.

Fue Montes quien habló .

―En mil novecientos sesenta y siete hubo un secuestro, el del hijo del alcalde, y también desapareció otro niño justo una semana antes ―dijo con voz firme―. Lo verifiqué hace unos días.

George apretó los dientes. Montes solo estaba cumpliendo con su deber, pero aun así le incomodaba que aquel capítulo sombrío de su vida quedara expuesto ante todos. Casi prefería el escándalo en el que se vio envuelto con su exmujer luego de su separación.

―Dame nombres, Montes. No me hagas perder el tiempo ―la regañó Hayes―. ¿El secuestro de quién?

―De George Callahan, cuando tenía cuatro años ―lo señaló ella con el mentón.

George permaneció inmutable, aunque un estremecimiento le recorrió la espalda. Montes explicó la situación con la mente fría, basándose no en lo que él le había confiado, sino en lo que había encontrado en la base de datos.

―Entonces ―preguntó el teniente Dempsey―, ¿podrían estar relacionados estos eventos con tu secuestro, George?

―No lo creo ―respondió, ocultando a la perfección sus emociones, como el buen actor que era―. Mi secuestrador murió durante el operativo y no tenía relación alguna con el niño desaparecido. Montes ya lo verificó.

La sala permaneció en silencio, pero la inspectora retomó la palabra.

―Al otro niño nunca lo encontraron y el caso se cerró poco tiempo después. Ryan Murphy tenía trece años cuando desapareció. Si revisamos los registros de esa época, esos fueron los únicos hechos realmente graves que ocurrieron en este pueblo durante ese año.

Hayes frunció el ceño, pensativo.

―Entonces no estamos hablando de coincidencias ―dijo lentamente―. Si esos fueron los únicos sucesos importantes, lo que está pasando ahora podría estar relacionado con aquello. Alguien está intentando hacer justicia o cobrando venganza, pero ¿por qué después de tantos años?

La idea quedó suspendida entre todos, la de una venganza incubada durante décadas. Hayes se llevó la mano a la frente y comenzó a dar órdenes con rapidez.

―Quiero rondas de vigilancia para todos los nombres de esa lista. Custodia discreta. Nada de alarmar a las familias ―ordenó―. Mallory, encárgate tú de eso.

―Entendido ―respondió él con un leve asentimiento.

―Con todo respeto, señor ―dijo George―. Yo no necesito que me cuiden.

―Lo siento, Callahan, pero no es negociable ―replicó Hayes sin darle tiempo a continuar―. Por eso mismo Montes no se va a separar de ti de ahora en adelante, ¿me oíste? Hasta que atrapemos a ese hijo de puta.

―Pero… ―replicó Montes.

―¡Es una orden! ―la cortó él.

Montes se contenía de gritar. Estaba furiosa. Además, a él tampoco le parecía buena idea pasar las noches juntos después de lo que había sucedido entre ellos .

―Teniente ―intervino George con calma―. Agradezco la preocupación, de verdad, pero sé cuidar de mí mismo.

No tendría sentido que la inspectora Montes permanezca conmigo todo el tiempo.

Durante el día estamos juntos en el departamento y en terreno.

Bastará con que se mantengan rondas cerca de mi domicilio durante la noche, igual que con el resto de los nombres de la lista. Eso será suficiente.

El teniente guardó silencio unos segundos, sopesando la información. Montes permanecía expectante y George casi podía jurar que internamente estaba rezando.

―¿Y cree que eso bastará? ―preguntó finalmente.

George sostuvo su mirada sin vacilar y asintió.

―He recibido entrenamiento suficiente para defenderme si alguien intenta algo. No voy a ponerme en riesgo innecesariamente, pero tampoco quiero convertir esto en un espectáculo. Bastará con las rondas, señor.

―Está bien ―gruñó―, pero si algo se sale del plan, Callahan, no vuelvas a discutir mis órdenes.

―Entendido, señor.

Los agentes se pusieron en movimiento y abandonaron la sala con rapidez, al tiempo que Montes recuperaba el color en las mejillas. Si las circunstancias hubieran sido otras, pensó George, hasta se habría reído de ella.

Un funcionario entró buscando a Hayes.

―Disculpe, teniente Hayes, pero tiene una llamada urgente desde Portland.

―Pasa la llamada ―ordenó. El funcionario asintió, y cuando sonó el aparato, contestó .

―Habla Hayes… Entiendo. ―Miró la hora de su reloj y frunció el ceño―. Bien, voy para allá.

Cortó la llamada con más fuerza de la necesaria y dirigió a Montes una mirada rápida, casi esquiva. George notó la tensión en ella. Le bastó percibir el cambio en su postura para entender que estaba pensando que algo pudo haberle ocurrido a su hijo.

―Tengo que salir ―anunció el teniente―. Es un asunto familiar.

Dempsey avanzó hacia el centro de la sala cuando Hayes abandonó el lugar.

―Muy bien ―dijo con tono firme, entrechocando las manos para captar su atención―. Quiero que investiguen todo lo relacionado con la familia del niño desaparecido.

―Jefe, ¿de verdad usted cree que podría estar vinculado ese suceso con lo que está pasando ahora? ―preguntó Montes, no muy convencida.

Dempsey sostuvo su mirada durante unos segundos. Su expresión era grave.

―Es lo único que tenemos ―respondió con firmeza―. Y hasta que demostremos lo contrario, vamos a trabajar bajo esa premisa.