23 Investigación estratégica
L a sala de reuniones olía a café y a desesperación.
El tiempo avanzaba y prácticamente no tenían nada.
George permanecía apoyado contra el respaldo de una silla, observando en silencio mientras Hayes caminaba de un lado a otro frente a la pizarra.
Había tensión, aunque George no sabía si se debía a la situación en sí misma o al hecho de que Montes y su exmarido compartieran la misma habitación.
Cada vez era más evidente que el teniente Hayes no confiaba en ella y que buscaba apartarla del caso, lanzando comentarios calculados, como si esperara que en algún momento perdiera los estribos y le faltara el respeto.
Las fotografías de Andrés Dalton, Abigail Monroe y Steven Parker estaban sujetas con imanes en el extremo izquierdo de la tabla que había hecho George y que ya todos conocían de memoria.
George cruzó los brazos y desvió la mirada hacia los nombres escritos en la pizarra.
―Bien ―dijo Hayes finalmente, rompiendo el silencio―. Si seguimos la teoría de los apóstoles, ¿qué viene ahora?
George pensó en lo obvio: otro cuerpo iba a aparecer.
Se separó lentamente de la silla y se acercó a la pizarra.
Tomó la tiza y trazó una línea horizontal bajo los nombres ya conocidos.
Mientras escribía, podía sentir las miradas de los demás sobre su espalda, incluida la de Montes, cuya presencia era fácil de detectar incluso sin mirarla.
―Ya se cumplieron tres de los doce ―dijo con voz calmada. Se detuvo un segundo y observó la lista incompleta. Luego comenzó a escribir―. Si el patrón continúa, el próximo podría estar relacionado con uno de estos martirios:
Pedro ― crucificado boca abajo
Santiago el Menor ― apedreado
Felipe ― crucificado o colgado
Bartolomé ― desollado
Mateo ― apuñalado
Simón ― serrado
Judas Tadeo ― golpeado con mazo o hacha
Matías ― lapidado
Judas Iscariote ― ahorcado
George dejó la tiza sobre la bandeja del pizarrón y se volvió hacia los demás. Hayes apoyó ambas manos sobre la mesa.
―Entonces necesitamos anticiparnos ―dijo el teniente―. ¿Qué tenemos sobre las familias?
Fue Montes quien respondió. George la observó de reojo mientras hablaba. Su voz era firme, precisa, completamente centrada en el trabajo.
―Por la mañana revisamos los registros parroquiales y encontramos coincidencias entre los padres de Dalton, Monroe y Parker, así que hicimos una lista de las personas que conformaban el comité de apoyo a la iglesia entre los años mil novecientos sesenta y seis y mil novecientos sesenta y ocho, que es el período en que coinciden.
Hayes soltó una exhalación corta por la nariz, como si aquello no fuera suficiente.
―Eso ya lo sabemos, inspectora ―replicó con tono seco―. Lo que necesito es información útil, no un resumen de lo que hicieron hoy antes de venir aquí.
George notó cómo los hombros de Montes se tensaban apenas, aunque su expresión permaneció imperturbable.
―Precisamente eso es lo que estoy explicando, teniente ―respondió ella, conteniendo su malhumor―. A partir de esos registros identificamos a las familias que aún no han sido atacadas, pero por ese entonces muchos de ellos aún no tenían hijos. De hecho, ninguna de las víctimas había nacido.
Hayes entrecerró los ojos.
―Gracias por la aclaración, Montes. Estaba preocupado de que nos estuviéramos adelantando demasiado… ya veo que seguimos igual de perdidos.
George intervino antes de que la tensión escalara.
―Tenemos una lista con nombres de los hijos de aquellas familias, las que coincidieron entre esos años ―explicó, señalando los documentos sobre la mesa―.
Si el objetivo del asesino es llegar a los padres a través de los hijos, necesitábamos identificar a todos los posibles blancos.
La mayoría son estudiantes universitarios, jóvenes dentro del mismo rango de edad que ya habíamos establecido como patrón, salvo tres de ellos, cuyos padres también coincidieron en ese período.
Hayes levantó la mirada.
―¿Quiénes son esos tres?
George tomó una hoja y la sostuvo frente a él.
―El primero es el profesor Marcus Whitaker ―dijo finalmente―. Está fuera del rango de edad y sus padres figuran en los registros parroquiales. Tenía por entonces cerca de once años.
―¿Quién más? ―preguntó Hayes, cruzándose de brazos.
―La segunda es una mujer, Louise Bennett, de treinta y un años.
Hayes tamborileó los dedos sobre la mesa, impaciente.
―¿Y el tercero?
George dudó apenas un instante antes de responder. Miró a Montes, que lo observaba con el ceño fruncido y evidente confusión.
―El tercero soy yo.
El ambiente se enrareció; el aire se volvió pesado, al menos para George, y nadie habló durante varios segundos.
Mallory, el teniente Dempsey y otros agentes cruzaron miradas sin poder ocultar su confusión.
Intentaban encontrar una explicación. Incluso Hayes pareció quedarse sin palabras por un instante, algo que no era habitual en él.
―¿Tú? ―murmuró finalmente Hayes, con el ceño fruncido―. ¿Por qué demonios estarías en esa lista?
George sostuvo su mirada .
―Porque mis padres formaban parte de ese comité ―respondió con calma―. Y si nuestra teoría es correcta, eso me convierte en un posible objetivo.