22 Remordimientos
Eldren Vale, Oregon
C uando Valeria abrió los ojos en la mañana, desconoció la habitación.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, tratando de orientarse, hasta que el olor a café recién hecho llegó a ella y terminó por sacarla del todo del aturdimiento.
Las imágenes de la noche anterior invadieron su mente sin pedir permiso, igual que una fuerza de la naturaleza que no espera antes de arrasar: los besos apasionados, las caricias desesperadas y el calor inesperado de otro cuerpo junto al suyo.
Suspiró.
Miró el lado vacío de la cama y notó la ropa arrugada. Había dormido allí con Callahan, y no solo eso. Se habían acostado dos veces: una en el sillón y luego en la cama.
―Estúpida ―se reprochó en un susurro tan bajo que apenas se escuchó su voz.
La había cagado en grande. Se pasó una mano por el rostro y dejó escapar otra exhalación.
No tenía claro si lo que la abrazaba era una sensación de arrepentimiento o de incomodidad.
En el fondo, sabía que aquello había sido un error, y no porque hubiera sido desagradable ―más bien todo lo contrario―, sino porque no soportaba la idea de traspasar la línea entre lo personal y lo profesional, y mucho menos con un sujeto que no le terminaba de agradar.
Lo que más le molestaba no era solo haber compartido la noche con él, sino reconocer, con cierta irritación, que no había sido una mala experiencia.
Todavía podía percibir el hormigueo en la piel con sus caricias, sus besos, la cercanía y la manera en que su cuerpo se había abandonado a las sensaciones placenteras, dejando a un lado sus problemas y sintiéndose, aunque fuera por una noche, distinta.
Deseada. Completa. Diferente de aquella figura rota que se ocultaba en el día a día tras una careta de estabilidad, seguridad y autosuficiencia.
Cerró los ojos un segundo, dejando escapar una larga exhalación. «No he hecho nada malo», intentó convencerse.
Se incorporó despacio y miró el reloj que descansaba sobre la mesa lateral.
Las agujas marcaban poco después de las siete de la mañana.
Maldijo en silencio. Tenía que levantarse si no quería llegar tarde, y lo último que necesitaba era darle a Hayes una razón más para mirarla como si fuera un bicho que debía aplastar.
Luego de asearse y vestirse en el cuarto de baño, apretó los dientes y caminó hacia la cocina, guiada por el aroma del café. Recién entonces fue consciente de las cajas sin desembalar apiladas en un rincón. No le extrañó. El trabajo no le había dado respiro a Callahan .
―Buenos días, Montes ―la saludó cuando la vio mientras vaciaba los huevos en dos platos y servía el café.
Callahan tenía el cabello húmedo y llevaba puesta ropa de trabajo.
Valeria apretó los labios, molesta por admitir en su fuero interno que ese hombre, que no le atraía ni un pelo, había sido atento, paciente y generoso en la intimidad de una forma que no recordaba haber experimentado, y que ahora incluso se preocupaba de servirle el desayuno.
Era extraño. Nadie había hecho eso por ella antes.
―Siento haberme quedado anoche ―dijo Valeria, acomodándose en el taburete―. Ni siquiera recuerdo en qué momento me dormí.
Callahan dejó la taza sobre la mesa y la miró, preocupado, con la expresión de alguien que se prepara para tratar un tema delicado.
―No tienes que disculparte ―respondió con voz tranquila―. Lo de anoche… Creo que deberíamos hablarlo.
Aquello le bastó para entenderlo todo. Callahan también parecía incómodo, y eso de algún modo la alivió, aunque no pudo evitar soltar una breve exhalación por la nariz.
Negó con la cabeza, más para sí misma que para él.
―Relájate, Hollywood ―dijo finalmente, con un tono que pretendía ser despreocupado―. No te pediré que te cases conmigo simplemente porque anoche nos revolcamos.
Callahan frunció apenas el ceño y apoyó las manos sobre la mesa .
―Valeria, no quiero que pienses que anoche me aproveché de ti ―dijo con seriedad―. Lo que pasó no fue algo que tomara a la ligera ni algo que haya hecho por impulso. Solo… no quiero que sientas que actué sin respeto o que me aproveché de que estabas vulnerable.
―Cálmate, Hollywood ―dijo, dando un sorbo corto al café―. Ya que eres actor, podrías disimular un poco mejor. Esa cara de preocupación no te favorece.
Lo dijo con una ironía que, más que herirlo, buscaba aliviar la tensión que flotaba en el ambiente desde que habían cruzado miradas.
Al parecer funcionó, porque Callahan se relajó.
En el fondo, Valeria reconocía que lo ocurrido era un desliz provocado por el cansancio, la rabia y la necesidad desesperada de sentirse acompañada, aunque fuera por unas horas.
Pero también sabía que no todo había sido negativo.
Había descargado un peso que llevaba tiempo arrastrando, y eso, aunque le molestara admitirlo, la hacía sentirse más liviana.
Por otra parte, Callahan arrastraba sus propios demonios. Se habían utilizado mutuamente.
―¿Estás bien? ―le preguntó él, tomándola por sorpresa.
¿Lo estaba? No lo tenía tan claro, pero de algún modo esa mañana se sentía mejor que el día anterior.
Valeria comprendió que George Callahan no era solo un compañero incómodo o un actor arrogante.
También era un hombre que sabía escuchar sin interrumpir, que no la había juzgado cuando se sinceró frente a él y que, pese a sus propias cargas, parecía sostenerse con una calma que a ella le resultaba desconcertante.
―Estoy bien, pero lo estaré más cuando atrapemos a ese infeliz hijo de puta ―expresó, dirigiendo la conversación a un terreno más seguro―.
Será mejor que nos apresuremos en ir a la oficina parroquial, Callahan.
Mientras antes encontremos ese punto en común entre los padres de las víctimas, más cerca estaremos de anticiparnos al siguiente movimiento.
Callahan asintió. Miró la hora de su reloj y se levantó.
―Bien, entonces andando ―dijo mientras tomaba las llaves―. Y con un poco de suerte, hoy no tendré que soportar otro de tus discursos sobre lo inútil que fui como actor.
Valeria lo miró de reojo, sorprendida por el comentario.
―No prometo nada, Hollywood ―replicó, sonriendo abiertamente―. Ya veremos si se te da mejor esto de ser policía que ser actor.
Aquel breve intercambio bastó para romper la incomodidad que todavía persistía entre ambos. El viaje transcurrió en un cómodo silencio y las tensiones por lo ocurrido habían quedado atrás.